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El
mes de la muerte
Continuamos
en el mes de noviembre y se me ha ocurrido otro artículo,
no sobre los muertos, como hice en el anterior, sino sobre
la muerte como tal. Porque noviembre, mes de difuntos,
de las hojas caídas, de los días cortos y
del invierno en puertas -dice Sánchez Aliseda- tiene
para la gente un carácter funerario, un olor a muerte.
A
veces decimos de una persona muy enferma que lleva la muerte
escrita en la frente. Todos somos
portadores de esta marca. Los enfermos y los sanos. Llevamos
la muerte no sólo en la frente, la llevamos en las
vísceras interiores, en nuestras entrañas.
La llevamos desde que nacemos. De tal manera que a la muerte
no deberíamos llamar muerte, sino terminar de morir.
Porque a morir empezamos desde que salimos del vientre materno. La
poetisa francesa Ausone de Chancel tiene unos versos que
en cuatro líneas nos conduce de la cuna a la tumba:
On entre, on crie,
et c´est la vie ;
on crie, on sort,
et c´est la mort.
Traducidos, leemos así :
Entramos, gritamos,
y es la vida;
gritamos, salimos,
y es la muerte.
Nuestra vida transcurre entera entre
dos gritos; el grito del nacer y el grito del morir. Lo
demás,
como en las coplas de Jorge Manrique, no es otra cosa que
un continuo
andar desde que nacemos hasta llegar al tiempo que fenecemos.
La
negrura que puede tener la muerte cambia de color cuando
la contemplamos a la luz de las enseñanzas de Cristo.
No puedo amontonar textos del Nuevo Testamento, pero me queda
espacio para algunos: "el que cree en mi, tiene vida
eterna" (Juan 6:47). "El que oye mi palabra y cree
al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a
condenación, mas ha pasado de muerte a vida" (Juan
5:24). "Yo soy la resurrección y la vida; el
que cree en mi, aunque está muerto vivirá" (Juan
11:25).
Cristo ofrece vida eterna, existencia
celestial, continuidad espiritual después de la materia, resurrección
del cuerpo en el día final, seguridad en la inmortalidad,
en la existencia sin fin.
Juan Ramón Jiménez imaginó otra brisa
más pura cuando el vendaval humano arrastre nuestros
cuerpos a la tierra madre:
Mi cuerpo se estará allí,
y por la abierta ventana
entrará una brisa fresca
preguntando por mi alma.
Federico García Lorca escribió que sólo
un bizco puede ver el alma con tonos invertidos. Presintiendo
la inmortalidad del espíritu quería ventilación
y puertas al viento. Pide en su "Despedida":
Si muero,
dejad el balcón abierto.
Lorca no niega la muerte.
No puede. Tampoco la recrimina, como era costumbre en Unamuno.
Lorca quiere que tras su muerte
dejen las ventanas abiertas a lo posible, a lo probable,
a la esperanza cristiana que se materializa tras la muerte
del cuerpo.
© J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com,
2003 (España) |