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Número 12 - 21 de noviembre, 2003
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Wenceslao Calvo

Atentados: Irak y la ira

‘La ira del hombre no obra la justicia de Dios.’ (Santiago 1:20)

Los recientes atentados de Nasiriya, contra las tropas italianas estacionadas en esa población iraquí, y de Estambul, contra dos sinagogas, podrían simbolizar los dos polos que suscitan el odio entre los más fanáticos dentro del Islam: Occidente e Israel. Desgraciadamente no son episodios aislados sino eslabones en una larga cadena que seguramente continuará alargándose. La fulgurante caída de Bagdad meses atrás parecía ser el inicio de una nueva etapa; el régimen de Sadam cayó como un castillo de naipes y la población salió a las calles para festejar el cambio. Pero en realidad las cosas eran más complicadas de lo que en principio parecían y de hecho la misma facilidad con la que se tomó Bagdad sólo fue un espejismo engañoso que provocó la euforia de la embriaguez por la victoria.

Pero tras poco tiempo, pasada la resaca, nos despertamos para comprobar que, con la sombra de Sadam todavía planeando sobre Irak, no había ningún motivo para alegrarse ni para lanzar las campanas al vuelo, más bien todo lo contrario. Tal vez la imagen del soldado italiano con la mano en la cabeza en gesto de abatimiento, haciendo guardia ante un montón de escombros que horas antes eran el flamante edificio que albergaba a los carabinieri sea el mejor símbolo que expresa todo el patetismo ante la desolación y la tragedia en Irak.

Hay dos ingredientes, a mi entender, que pueden explicar lo que está pasando en Irak; uno es el ingrediente patriótico, nacionalista, que es común a todos los pueblos: Nadie quiere tener a un ejército de ocupación extranjero en su tierra y mucho menos cuando no ha sido invitado o requerido. Salvo casos contados, nadie desea que extraños se instalen en la casa de uno para arreglarle las cosas, especialmente si esos extraños son además el adversario por excelencia. Exceptuando a los kurdos, si tomáramos a aquellos iraquíes que detestan a Sadam y les diéramos la opción de escoger entre él y Bush no creo que tuvieran dudas al respecto. Después de todo, la maldad consanguínea es siempre preferible a la hipotética bondad forastera y ante dos enemigos, me quedo con el de mi propia etnia. El otro factor determinante en esta crisis es el religioso. Si las razones patrióticas apelan a los más profundos sentimientos de las personas, las religiosas aun más, especialmente cuando estamos hablando de Irak. Aunque para los europeos las cuestiones religiosas quedaron relegadas al ámbito de lo privado desde 1648, no ha sido así y no es así para los musulmanes y especialmente para los chiítas e Irak es la tierra santa de los chiítas. En mi opinión, nada ni nadie, ni siquiera con las armas más sofisticadas, logrará parar a esas gentes en su exaltada concepción religiosa que trasciende el ámbito de la mezquita. Es decir, el cóctel que tenemos en este caso es uno que combina elementos patrióticos con elementos religiosos ¡Casi nada!

Mucho de lo que aprendí sobre el chiísmo se lo debo a mi maestro de árabe que me enseñó los rudimentos de esa hermosa lengua, quien era él mismo chiíta, y por el cual pude captar la diferencia entre un musulmán sunita y un musulmán chiíta. Su convicción, fuerza y celo eran dignos de encomio, lástima que estuvieran desenfocados; ojalá muchos cristianos tuvieran sólo la mitad de tales cualidades, pues de ser así seguramente el mundo ya habría sido evangelizado por completo. Era un hombre sencillo, un relojero, profundamente apegado al Corán y casado con una española convertida al Islam. Mis conversaciones, en medio de nuestras clases, para tratar de hablarle del evangelio a veces terminaban en tormentosas discusiones sobre la Trinidad o la divinidad de Cristo. Allí fue donde aprendí que esa es la última manera para acercarse a un musulmán, pero el mío era el error del principiante. Su odio hacia Occidente era patente y salía a relucir en cada una de nuestras charlas; pero no sólo hacia Occidente: También hacia los líderes árabes que habían traicionado, según él, los preceptos y enseñanzas del Islam. Los improperios que lanzaba contra ellos y los calificativos que les dedicaba no son para ponerlos aquí por escrito.

La otra fuente que me sirvió para entender al chiísmo fue un libro de viajes. Lo compré en una librería cerca de la calle Atocha en Madrid hace unos 20 años en unas rebajas de saldo por 50 pesetas; lo que me animó a comprarlo fueron dos cosas: el precio y el título; no miré quien era su autor ni tampoco su contenido, simplemente era muy barato y se titulaba ‘Por tierras de la Biblia’. Pues bien, creo que es uno de los libros que con más placer he leído reiteradas veces a lo largo de estos años. Es sabido que un buen libro de viajes puede recrear en la página impresa lo que el autor ha visto y hacer que el lector se transporte, desde el sofá donde está sentado, hasta el tiempo y el lugar narrado. Pues eso es lo que ha conseguido H.V. Morton, que ese es el nombre de su autor, en su obra. Él fue un periodista, hijo de periodista, incansable viajero y autor de varios éxitos editoriales en los que quedó patente su talento como escritor de libros de viajes. Recorrió Egipto, Palestina, Siria e Irak durante la década de los años 30 del siglo pasado, vertiendo todo ello en el libro antes mencionado y poniendo ante nuestra imaginación de manera magistral personajes, costumbres y comunidades. Uno de los capítulos más impresionantes es la descripción de su visita a Bagdad y el relato que hace de los flagelantes con sus torsos desnudos y sangrantes durante los diez primeros días del mes de Muharram, aniversario de la muerte de Husein en Karbala. ‘Contemplándolos –dice Morton- comprendí cómo en los tiempos pasados un sacrifico humano despejaba el ambiente; porque estos chiítas, fueran o no conscientes de ello, necesitaban sangre.’

No estoy seguro de si los aliados calcularon bien el precio a pagar con la invasión de Irak y si eran totalmente conscientes del terreno que estaban pisando, pues hace falta algo que más armamento material para desarraigar lo que está tatuado en el corazón de las personas, porque la raíz del conflicto no es militar sino ideológica, es decir, espiritual. Por esa misma razón, los chiítas, con sus coches-bombas y sus ‘mártires’, están también abocados al fracaso.

Hoy, más que nunca, en que el futuro de este mundo pasa por cuestiones religiosas y en las que el nombre de Dios se usa y abusa como pretexto para cualquier carnicería, es preciso aprender la lección que nos da el texto bíblico arriba citado. Es el texto que fue escrito hace casi 2.000 años en Oriente Medio y que en Oriente Medio es donde menos ha penetrado.


Wenceslao Calvo es conferenciante y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2003, Madrid, España.
  

 
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