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Irak y la ira ‘La ira del hombre no
obra la justicia de Dios.’ (Santiago 1:20) Los recientes
atentados de Nasiriya, contra las tropas italianas estacionadas
en esa población iraquí, y de Estambul, contra
dos sinagogas, podrían simbolizar los dos polos
que suscitan el odio entre los más fanáticos
dentro del Islam: Occidente e Israel. Desgraciadamente
no son episodios aislados sino eslabones en una larga cadena
que seguramente continuará alargándose. La
fulgurante caída de Bagdad meses atrás parecía
ser el inicio de una nueva etapa; el régimen de
Sadam cayó como un castillo de naipes y la población
salió a las calles para festejar el cambio. Pero
en realidad las cosas eran más complicadas de lo
que en principio parecían y de hecho la misma facilidad
con la que se tomó Bagdad sólo fue un espejismo
engañoso que provocó la euforia de la embriaguez
por la victoria.
Pero tras poco tiempo, pasada
la resaca, nos despertamos para comprobar que, con la sombra
de Sadam todavía planeando sobre Irak, no había
ningún motivo para alegrarse ni para lanzar las
campanas al vuelo, más bien todo lo contrario. Tal
vez la imagen del soldado italiano con la mano en la cabeza
en gesto de abatimiento, haciendo guardia ante un montón
de escombros que horas antes eran el flamante edificio
que albergaba a los carabinieri sea el mejor símbolo
que expresa todo el patetismo ante la desolación
y la tragedia en Irak. Hay dos ingredientes, a mi entender, que pueden explicar
lo que está pasando en Irak; uno es el ingrediente
patriótico, nacionalista, que es común a todos
los pueblos: Nadie quiere tener a un ejército de ocupación
extranjero en su tierra y mucho menos cuando no ha sido invitado
o requerido. Salvo casos contados, nadie desea que extraños
se instalen en la casa de uno para arreglarle las cosas,
especialmente si esos extraños son además el
adversario por excelencia. Exceptuando a los kurdos, si tomáramos
a aquellos iraquíes que detestan a Sadam y les diéramos
la opción de escoger entre él y Bush no creo
que tuvieran dudas al respecto. Después de todo, la
maldad consanguínea es siempre preferible a la hipotética
bondad forastera y ante dos enemigos, me quedo con el de
mi propia etnia. El otro factor determinante en esta crisis
es el religioso. Si las razones patrióticas apelan
a los más profundos sentimientos de las personas,
las religiosas aun más, especialmente cuando estamos
hablando de Irak. Aunque para los europeos las cuestiones
religiosas quedaron relegadas al ámbito de lo privado
desde 1648, no ha sido así y no es así para
los musulmanes y especialmente para los chiítas e
Irak es la tierra santa de los chiítas. En mi opinión,
nada ni nadie, ni siquiera con las armas más sofisticadas,
logrará parar a esas gentes en su exaltada concepción
religiosa que trasciende el ámbito de la mezquita.
Es decir, el cóctel que tenemos en este caso es uno
que combina elementos patrióticos con elementos religiosos ¡Casi
nada! Mucho de lo que aprendí sobre el chiísmo se
lo debo a mi maestro de árabe que me enseñó los
rudimentos de esa hermosa lengua, quien era él mismo
chiíta, y por el cual pude captar la diferencia entre
un musulmán sunita y un musulmán chiíta.
Su convicción, fuerza y celo eran dignos de encomio,
lástima que estuvieran desenfocados; ojalá muchos
cristianos tuvieran sólo la mitad de tales cualidades,
pues de ser así seguramente el mundo ya habría
sido evangelizado por completo. Era un hombre sencillo, un
relojero, profundamente apegado al Corán y casado
con una española convertida al Islam. Mis conversaciones,
en medio de nuestras clases, para tratar de hablarle del
evangelio a veces terminaban en tormentosas discusiones sobre
la Trinidad o la divinidad de Cristo. Allí fue donde
aprendí que esa es la última manera para acercarse
a un musulmán, pero el mío era el error del
principiante. Su odio hacia Occidente era patente y salía
a relucir en cada una de nuestras charlas; pero no sólo
hacia Occidente: También hacia los líderes árabes
que habían traicionado, según él, los
preceptos y enseñanzas del Islam. Los improperios
que lanzaba contra ellos y los calificativos que les dedicaba
no son para ponerlos aquí por escrito. La otra fuente que me sirvió para entender al chiísmo
fue un libro de viajes. Lo compré en una librería
cerca de la calle Atocha en Madrid hace unos 20 años
en unas rebajas de saldo por 50 pesetas; lo que me animó a
comprarlo fueron dos cosas: el precio y el título;
no miré quien era su autor ni tampoco su contenido,
simplemente era muy barato y se titulaba ‘Por tierras
de la Biblia’. Pues bien, creo que es uno de los libros
que con más placer he leído reiteradas veces
a lo largo de estos años. Es sabido que un buen libro
de viajes puede recrear en la página impresa lo que
el autor ha visto y hacer que el lector se transporte, desde
el sofá donde está sentado, hasta el tiempo
y el lugar narrado. Pues eso es lo que ha conseguido H.V.
Morton, que ese es el nombre de su autor, en su obra. Él
fue un periodista, hijo de periodista, incansable viajero
y autor de varios éxitos editoriales en los que quedó patente
su talento como escritor de libros de viajes. Recorrió Egipto,
Palestina, Siria e Irak durante la década de los años
30 del siglo pasado, vertiendo todo ello en el libro antes
mencionado y poniendo ante nuestra imaginación de
manera magistral personajes, costumbres y comunidades. Uno
de los capítulos más impresionantes es la descripción
de su visita a Bagdad y el relato que hace de los flagelantes
con sus torsos desnudos y sangrantes durante los diez primeros
días del mes de Muharram, aniversario de la muerte
de Husein en Karbala. ‘Contemplándolos –dice
Morton- comprendí cómo en los tiempos pasados
un sacrifico humano despejaba el ambiente; porque estos chiítas,
fueran o no conscientes de ello, necesitaban sangre.’ No estoy seguro de si los aliados calcularon bien el precio
a pagar con la invasión de Irak y si eran totalmente
conscientes del terreno que estaban pisando, pues hace falta
algo que más armamento material para desarraigar lo
que está tatuado en el corazón de las personas,
porque la raíz del conflicto no es militar sino ideológica,
es decir, espiritual. Por esa misma razón, los chiítas,
con sus coches-bombas y sus ‘mártires’,
están también abocados al fracaso. Hoy, más que nunca, en que el futuro de este mundo
pasa por cuestiones religiosas y en las que el nombre de
Dios se usa y abusa como pretexto para cualquier carnicería,
es preciso aprender la lección que nos da el texto
bíblico arriba citado. Es el texto que fue escrito
hace casi 2.000 años en Oriente Medio y que en Oriente
Medio es donde menos ha penetrado.
Wenceslao Calvo es conferenciante
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2003, Madrid, España. |