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Pablo:
cita en el areópago
(Hechos
17, 22-31)
El discurso del Apóstol
Pablo en el areópago de Atenas tiene un valor simbólico
simplemente apabullante. El lugar donde se desarrolla el
acontecimiento es todo un lujo y en cierta manera representa
el encuentro de dos mundos; el griego y el cristiano. Allí los
padres de occidente son presentados formalmente entre sí,
cortejados por risas escépticas y conversiones profundas.
Y es que de algún modo era una cita anunciada, y
que por esos caprichos que tiene la historia ya había
tenido su antesala a mediados del siglo V a.C., tiempo
en el cual, paralelamente se edificaron dos inmutables
símbolos del espíritu humano: el segundo
templo judío y el Partenón de Atenas. Sabiduría
humana y sabiduría divina (o algo así) en
el que a pesar de los miles de kilómetros de distancia
se gestaba una travesía destinada a confluir en
algún tiempo y lugar. Y esto sucede cientos de años
más tarde en un discurso breve pero intenso.
¿Y cómo afronta Pablo
este reto? Pues a diferencia de muchos predicadores modernos
el apóstol se mete en la piel de los oyentes para
hacer lo más impactante y comprensible posible su
mensaje. Muchos de nosotros evangelizamos soltando citas
de Isaías o Jeremías a troche y moche como
si al oidor de la España de 2003 el susodicho profeta
le supusiese algún tipo de autoridad cuando es evidente
que no suele ser así. Sin embargo, Pablo no lo hace.
No comienza a soltar bibliazos a aquellos idólatras.
Tampoco les empieza a relatar los horrores del infierno destinado
para los que practican sus costumbres. Para mostrarles la
verdad de Dios Pablo cita a Pausanias y Filóstrato,
dos de los filósofos griegos más conocidos
por el auditorio. Repito: Muchos debemos tomar nota y ponernos
en los zapatos de nuestros oyentes; si son griegos, zapatos
griegos; si son estadounidenses, zapatos estadounidenses
y si son españoles, zapatos españoles. Porque
cada pueblo y cada civilización tienen su particular
forma de percibir el mundo, la vida y la necesidad de redención,
si es que creen necesitarla. Algo evidente, pero que todavía
supone una asignatura pendiente para la joven iglesia evangélica
española.
Pero ya va siendo hora que cojamos
el toro (símbolo
de nuestra nación) por los cuernos y que sobre todo
los jóvenes sepamos emanciparnos de nuestros “padres”,
esos amados misioneros que han puesto la semilla de centenares
de congregaciones en nuestra vieja Iberia y que a menudo
han hecho mucho bien. Pero ya es tiempo de dejar fuera estructuras
de pensamiento ajenas a la realidad que aquí nos rodea
(folletos insulsos, libros sobre respuestas a preguntas que
nadie se hace, estudios bíblicos sin rigor, cancionero
infantilizado). España es España y no otra
cosa.
Conociendo a Jesús y a nuestros semejantes podemos
realizar, al igual que Pablo con los atenienses, un encuentro
histórico entre los conocedores y desconocedores de
la vida que Cristo ofrece. Sepamos lo que leen, escuchan,
piensan, observan, hacen, dudan, critican, anhelan, ignoran...
Fomentemos entre todos una actitud donde la vida de los que
están con nosotros se sienta desafiada desde sus propios
conceptos, prejuicios y pretensiones.
Merece la pena el esfuerzo
de ser autocríticos, buscar
la renovación y penetrar en el corazón helado
del indiferente. Donde el fuego sea fuego, la verdad tenga
algo que decir, y donde ese “Dios desconocido” que
buscan sin saberlo pueda ser hallado. España no rechaza
a Cristo, simplemente no se ha percatado de quién
es. Cuando tomemos conciencia de ello, algo va a suceder,
nueva vida va a brotar. De nosotros depende, y si no es así,
ocurrirá como en el dicho aquel de “a Dios rogando
(por avivamiento) y con el mazo (de la desconexión)
dando”.
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Luis Marián trabaja en Madrid
como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado al
diálogo con los no creyentes. |
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