| Niños
de ayer y de hoy En el transcurso de nuestra existencia
todo cuanto nos rodea efectúa constantes transformaciones.
Las cosas se deterioran o mejoran según qué manos
las toquen, pero siempre están en continuo cambio. Son
raras las escenas que permanecen inalterables al paso de los
años, incluso algunos paisajes sucumben a esa inevitable
metamorfosis a la que los doblega el tiempo. Las modas cambian,
los hábitos de hoy y los de ayer en ocasiones son muy
distintos. Resulta curioso encontrar prácticas de antaño
que sigan ejerciéndose en el presente; pero es grato
descubrir cómo algunas de ellas son llevadas a cabo
por los niños supermodernos del siglo XXI.
De visita a la nueva casa de unos amigos muy queridos, estos
me enseñan todas las reformas que le han efectuado,
dándome un claro ejemplo del buen gusto y armonía. Al
llegar a la habitación su hija, me encuentro con
un montón de chicos pegados en la pared, pósters
de grupos de moda que a la pequeña Mariluz le encantan.
Nos reímos sanamente al comprobar como la pared se
ha convertido en un gran mural donde se exhiben caras bonitas.
De manera instantánea recordé cuando tenía
14 años y me enamoré por vez primera. Fue un amor al que nadie se opuso, a pesar de que el chico
era diez años mayor que yo, vestía chupa de
cuero, montaba en una Harley y conducía peligrosamente
coches de carreras. A nadie le importó que aquella
chiquilla se enamorara de un actor que hacía muchos
años había muerto. Llené las paredes
de mi habitación con mil fotos suyas. Vi una y otra
vez sus únicas tres películas. Y soñé,
como suelen soñar las chicas a esa edad, que algún
día encontraría a un hombre parecido a James
Dean y junto a él compartiría el resto de mis
días. Cuando el tiempo te da la lucidez suficiente para ver que
la vida se compone de realidades más o menos hermosas,
encuentras entre tus viejos recuerdos acciones añejas,
cosas que al ser lamidas por el tiempo pierden la importancia
que poseían. Se destiñen los sueños,
y a veces, con dolor, pasan a formar parte de ese espacio
nebuloso donde se cobija el pasado. Estuve enamorada de aquel actor unos años, comprando
póster que cambiaba de vez en cuando para verlo en
diferentes poses. Pero un día, James Dean dejó de
ser el protagonista de mi habitación quedando relegado
a una pequeña foto que aún conservo con cariño.
Ahora, mientras escribo acerca de aquello, una gama de olores
me sacude la memoria, percibiendo con añoranza, como
aquellos años estuvieron teñidos de una ingenuidad
y ternura que a veces hecho en falta en los niños
de hoy. Sin embargo, me alegra que ciertas costumbres, como el hecho
de colgar póster, sigan estado vigentes. Que prácticas
sanas como esas no queden vetadas en la cultura de este siglo.
Que los juegos de ayer, se pongan de moda hoy, que las niñas
salten a la comba, mientras los niños cambian cromos
de jugadores de fútbol, o que juntos jueguen a la
comba y coleccionen cromos, pero que no sucumban en el olvido
los saludables hábitos que pudimos disfrutar aquellos
que ya no somos tan niños.
Yolanda Tamayo es colaboradora de
la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2003, España
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