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En
la ciudad: todos tenemos secretos “Todos tenemos secretos”, dice la
publicidad de la nueva película que ha dirigido el catalán Cesc
Gay, En la ciudad. Las vidas de una docena de
personajes se entrecruzan en Barcelona con lazos de amistad
y traición, en una historia donde nadie dice realmente lo que
piensa, ni hace lo que siente. Esta película astuta. inteligente,
y hasta enigmática, crea una extraña desazón, al vernos identificados
con personas que no son lo que aparentan. “Todo el mundo esconde
algo”, dice Gay. Pero la cuestión es ¿qué hacemos ello?, ¿cómo
cargar con semejante peso, a solas, en nuestro interior?, o
¿es acaso posible dejar de tener una doble vida?. La gente que vive En la ciudad son más bien de clase
media, sin grandes apuros económicos, la mayor parte de ellos
con profesiones liberales: un arquitecto (Eduard Fernández),
que vive con una figurinista de teatro (Vicenta Ndongo), una
fotógrafa casada (Mónica López), un músico separado (Alex
Brendemühl), que tiene una relación con una alumna suya adolescente,
o una dependienta soltera de una librería (María Pujalte),
un profesor de filosofía y hasta un controlador aéreo. Son
vidas más o menos grises, parecidas a la de tantos millones
de seres humanos, pero que alcanzan a penetrar en el ánimo
del espectador, llegando a conmovernos en ocasiones. Su existencia
refleja las vivencias de toda una generación que ha descubierto
a los 30 años que no son más felices, ni libres, que lo eran
sus padres. Cesc Gay (Barcelona, 1967) debutó con una extraña película,
rodada en una habitación de un hotel de Estados Unidos, Hotel
Room (1998). Algo así como un experimento, ya que
estaba hecha con poquísimos medios y en blanco y negro. Su
siguiente largometraje fue una adaptación de una obra de teatro
bastante más popular, en torno a la sexualidad y la adolescencia,
llamada Krámpack (2000). Pero ha sido En la ciudad
la que ha despertado un gran entusiasmo en todos los medios,
a raíz de su presentación en el Festival de Cine de San Sebastián.
Es un guión sabiamente escrito, que narra con elegancia las
peripecias de un conjunto de personajes que se encuentran
y desencuentran, con una puesta en escena que va más allá
de lo habitual en el cine español, en el uso de elementos
como el plano secuencia. Su cuidada construcción muestra de
hecho una sutileza tal, que nos recuerda a las grandes películas
corales que desde los setenta han hecho autores como Robert
Altman o Alan Rudolph, cuyos imitadores parece que se han
multiplicado estos últimos años. En la ciudad es una historia de vidas cruzadas, que
va construyendo un relato fragmentario, que muestra todo un
catálogo de situaciones personales, que van permitiendo multiples
variaciones combinatorias. Así los personajes se encuentran
y rehuyen en una Barcelona de diseño, en la que sin embargo
late de repente la verdad de una réplica, una mirada, un gesto
o un silencio, que muestra el singular valor de una emoción.
Este puñado de amigos y conocidos, tomados de dos a dos inicialmente,
o sea por parejas, se irán desenvolviendo en un cuadro urbano
marcado por las relaciones sentimentales. No hay aquí por
lo tanto problemas laborales, económicos o familiares, pero
sí la realidad de una soledad, que esconde grandes secretos.
Los protagonistas de estas historias recurren a muchas mentiras
para disfrazar una realidad que les resulta poco atractiva.
Pero la verdad es que todos llevamos máscaras en esta vida
para intentar ocultar aquellas cosas que nos disgustan. Lo
hacemos de diferente forma. Algunos aparentan autosuficiencia,
otros buscan compasión. Unos se esconden bajo una supuesta
frialdad intelectual, otros bajo un aspecto físico imponente.
Muchos dan la impresión de divertirse siempre, y otros de
profunda indiferencia. Y hay quien ha desarrollado tal esquizofrenia
que asume diferentes personajes según el lugar o la persona
con que se encuentre... Queremos ser libres, pero no nos atrevemos a mostrarnos tal
y como somos. ¿Por qué? La realidad es que no nos gusta cómo
somos, porque muchas veces hacemos lo que no debiéramos, pero
no queremos renunciar a nuestras ilusiones sobre nosotros
mismos. Preferimos pensar que tenemos un gran corazón, aunque
nuestros mejores deseos estén podridos de egoísmo. Creemos
ser libres, pero estamos esclavizados por tantas cosas que
nuestra libertad no es sino una ilusión. Jesús cuenta una historia sobre alguien que deja su casa
buscando libertad. Quiere lo que su padre le da, pero le molesta
su presencia tanto, que le gustaría que estuviera muerto.
Por eso reclama su herencia para irse lejos. Allí pierde todo
lo que tiene, y siente hambre, pero entonces ya nadie le da
nada. Descubre que la libertad se acaba en manos de los intereses
de otros.. En la soledad de esta ciudad a veces sentimos nostalgia
de esea casa, y la libertad que viene cuando confias en una
persona a la que realmente importas. Toda nuestra búsqueda del amor apunta a esa realidad última
de una relación profunda y verdadera que nos haga verdaderamente
libres. Pero el único que puede dar significado a nuestra
vida es Aquel que nos ha creado. El filosofo ateo Sartre decía:
“No puedo dudar que Dios no exista, pero todo mi ser clama
al Dios que no puedo negar”. Al reconocer que estamos perdidos,
nos damos cuenta quiénes somos en realidad. Y ese es el primer
paso para conseguir la verdad que nos hará libres, de la que
nos habla Jesús. Nadie quiere reconocer su culpa, pero al querer vivir independientemente
de las reglas de Dios no incumplimos una serie de leyes impersonales,
sino que ofendemos a Aquel que nos ama tanto que ha dado
lo que más quería por nosotros: su propio Hijo. Ese es el
misterio de la cruz, algo tan extraño como aquel padre que
corre loco de amor y compasión hacia el que ha roto su corazón.
Sus brazos abiertos de aceptación incondicional nos ofrecen
la libertad de no tener que aparentar nunca más lo que somos.
Es así como el Padre nos acepta en su familia y en su fiesta,
cuando nos presentamos ante él tal y como somos. Y la sorpresa
es que el no nos va a hacer entonces pagar por todo lo que
hemos hecho, como en una historia parecida que Buda cuenta,
sino que por Cristo nos recibe en su misericordia, dándonos
la vida y la justicia que nosotros no tenemos, como un regalo
inmerecido. Nuestra libertad tiene un precio, pero la buena noticia es
que Alguien lo ha pagado por nosotros. Agradecidos a Él, queremos
vivir por eso una vida diferente. No ya para ganar su favor,
sino en reconocimiento a tanto amor como de Él hemos recibido.
Seguimos viniendo a Él, a pesar de todos nuestros fallos,
sabiendo que Él nos recibe, aunque tantas veces fracasamos.
Porque Él nos conoce, y sabe de nuestras debilidades, pero
en Cristo Jesús nos acepta. La fe no nos hace así esclavos
de las apariencias, sino que nos da la libertad de vivir como
hijos de un Padre amante.
José de Segovia Barrón
es periodista, teólogo y pastor en Madrid.
© J. de Segova, I+CP, 2003. I+CP (www.ICP-e.org) |
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