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Número 12 - 18 de noviembre, 2003
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Manuel Suárez

La pasión, según Bach

Salía de viaje algo tarde para mi congreso, nervioso y con prisa pero dispuesto a disfrutar por una vez de la música que más me gusta, sin mi prole de bárbaros que me imponen sus estruendosas depravaciones musicales en los viajes. Escuchaba “La Pasión según S. Mateo”, de J. S. Bach; me la sé casi de memoria, pero cada vez que vuelvo a ella me trae un nuevo mensaje, una nueva riqueza. De repente, para mi desesperación, vi que el tráfico estaba cortado; dos coches habían chocado frontalmente.

Me paré en el arcén y fui a ayudar. Varias chicas estaban temblando de nervios, pero nadie tenía nada grave; su coche había salido de una casa cercana, un prostíbulo, y no habían visto al otro coche. Eran todas extranjeras; una de ellas tenía una contusión en un hombro; mientras la atendía, pensaba en la odisea que habría recorrido hasta aquí, qué situación habría dejado en su país, qué esperanza habría puesto en este lado del mundo, me preguntaba si habría iniciado su actividad aquí engañada o bien consciente de lo que le esperaba; seguí pensando en la miseria de quienes compran la dignidad de una chica por precio, o de quienes se lucran de esto; tampoco, pensé, podría aprobar la decisión de esta chica, me acordaba de las palabras de Jesús a la adúltera: “ni yo te condeno”, pero también “no peques más”.

A las chicas se les veía incómodas de que la gente que se acercaba las identificase con el club cercano. Cuando llegó la guardia civil, su nerviosismo fue en aumento; pensé que podría ser porque tenían problemas de papeles y, en efecto, les pidieron su identificación.

Seguía preguntándome qué historia tendría detrás la chica a la que estaba atendiendo; un guardia civil le pidió la documentación y, al abrir su cartera, se me abrió toda su historia: una foto menuda, un niño moreno, de mirada clara, su hijito. Una pequeña foto: todo un mundo.

Llegó una ambulancia y seguí mi camino. Seguía sonando “La Pasión” de Bach; otra vez me traía un nuevo mensaje: muchos compraban por precio la dignidad de aquella chica, muchos despreciaban su oscura vida, pero su dignidad y su vida no tenían precio, su coste era inmenso: toda la sangre de Jesús.

X. Manuel Suárez es médico y escritor
© X. M. Suáres, ProtestanteDigital.com, 2003, España

 
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