| Especies
en extinción ‘Entonces dijo Dios:
Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra
semejanza; y señoree en los peces del mar, en las
aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra,
y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.’ (Génesis
1:26). ‘Aconteció que cuando comenzaron los hombres
a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron
hijas, que viendo los hijos de Dios que las hijas de los
hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres, escogiendo
entre todas. Y dijo el Señor: No contenderá mi
espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él
es carne; mas serán sus días ciento veinte
años. Había gigantes en la tierra en aquellos
días, y también después que se llegaron
los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron
hijos. Estos fueron los valientes que desde la antigüedad
fueron varones de renombre. Y vio el Señor que la
maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo
designio de los pensamientos del corazón de ellos
era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió el
Señor de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en
su corazón. Y dijo el Señor: Raeré de
sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde
el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del
cielo; pues me arrepiento de haberlos hecho. Pero Noé halló gracia
ante los ojos del Señor.’ (Génesis 6:1-8) Según
las últimas estimaciones de la Unión Internacional
para la Conservación de la Naturaleza y los Recursos
Naturales (UICN) el número de especies amenazadas
crece paulatinamente año tras año. Esta prestigiosa
institución se dedica a concienciar a la opinión
pública mundial sobre el riesgo de desaparición
que corren numerosas especies de animales y de plantas,
habiendo elaborado una denominada lista roja en la que
aparecen clasificados taxonómicamente los distintos
grupos de riesgo. Los divide, de acuerdo al nivel de gravedad,
en tres categorías: Especies críticamente
amenazadas, especies amenazadas y especies vulnerables,
llevándose la peor parte los mamíferos, de
los que una de cada cuatro especies está en alguna
de las tres categorías citadas, las aves, con una
de cada ocho especies y las plantas gimnospermas -orden
al que pertenecen las coníferas (abeto, pino, ciprés,
cedro, etc.)- con una de cada tres. En resumen, hay unas
doce mil especies de animales y plantas que están
en peligro de extinción, lo que contrasta con las
algo más de setecientas que se han extinguido definitivamente
desde el siglo XVI hasta ahora. Esto significa que el ritmo
de desaparición de las especies está dejando
de ser una progresión aritmética para convertirse
en una geométrica (la progresión aritmética
es una suma y la geométrica es una multiplicación).
Las causas de este estado de cosas, según el UICN,
son conocidas de todos y tienen que ver principalmente
con la actividad humana: Urbanización, agricultura,
sobrepesca y contaminación industrial.
Es indudable que todo lo que
suponga reducción de la variedad y riqueza de la
flora y fauna mundial es una pérdida en todos los
sentidos, pero si esa reducción alcanza niveles
alarmantes como los que se anuncian en estas cifras, ello
es un factor indicador de que algo no precisamente bueno
se aproxima. Si la diversidad es sinónimo de riqueza,
la uniformidad lo es de pobreza y parece que el planeta
se dirige hacia una uniformidad en todos los sentidos:
Ideológico, económico y cultural (mercado único,
aldea global, pensamiento único), habiendo medios
y tecnología para que esa uniformidad sea cada vez
más homogénea. Es decir, a la merma progresiva
de diversidad de la flora y fauna se une también
el menoscabo de la diversidad humana (hay tres mil grupos
etno-lingüísticos en peligro de desaparición).
En otras palabras: Hay una relación directa entre
el estado del ser humano y el estado del medio que nos
rodea, resultando el empobrecimiento nuestro en empobrecimiento
automático de esos co-habitantes nuestros que son
los animales y las plantas. No es casualidad, pues, que
la amenaza que se cierne sobre tres mil culturas y lenguas
de nuestro planeta vaya acompañada, al mismo tiempo,
de la amenaza a varias miles de especies de animales y
plantas. Creo que el reino del anticristo, reino de uniformidad por
antonomasia, será el más paupérrimo
de todos los reinos que nunca hayan existido; menos mal que
será transitorio, al contrario que el Reino de Dios,
donde en la unidad hay lugar para la diversidad, la peculiaridad
y la singularidad, como a gritos se encarga de anunciarnos
día a día toda la creación. Dios, dentro
de un orden, ama la diversidad y ella es sello del carácter
de Dios. Por eso también creo que todo racista es
un pobre de espíritu, que no es lo mismo que un pobre
en espíritu, no importa cuán abultada sea su
cuenta bancaria. La relación entre la humanidad y las criaturas inferiores
(animales y plantas) no sólo nos la enseña
la triste realidad que actualmente estamos viviendo en nuestro
mundo; también nos la enseña la Biblia en los
pasajes arriba citados. En el primero se introduce un principio
jerárquico (esto le duele mucho a los ecologistas
seculares) por el cual el ser humano es puesto como señor
de la creación. Ese señorío tiene varias
características:
- Es legítimo, pues no el ser humano el que se lo
arroga sino que le es otorgado por Dios, fuente legítima
de toda autoridad.
- Es condicional, en el sentido de que la bondad que
se desprende de su ejercicio depende del sometimiento del
ser
humano (el
señor con minúscula) al Señor por
excelencia. Si esa condición se rompe ese señorío
se desvirtúa.
- Es asociativo, lo que quiere decir que la suerte de
animales y plantas está asociada a la actuación
del que ha sido puesto sobre ellos, el ser humano, de la
misma
manera que el pasaje de un avión depende de lo que
haga el piloto de la nave.
Este principio asociativo es el que queda de manifiesto
en el segundo pasaje, el relato de los prolegómenos del
diluvio, donde la depravación progresiva de la raza
humana, que comienza con una codicia sexual desordenada por
parte del linaje santo (¡atención pueblo de
Dios!), conlleva una sentencia en la que los animales quedan
ligados a la misma, teniendo su contraparte en la preservación
de las especies gracias a la justicia de un hombre, Noé,
y a la salvación de Dios. Por lo tanto, hay una relación directa entre la condición
moral de los humanos y la suerte de la flora y fauna de nuestro
planeta. Si esto es así y estamos asistiendo a una
grave amenaza de su supervivencia, la razón de ello
no es otra que el desorden moral y espiritual progresivo
de la raza humana y, esto lo más terrible, del pueblo
de Dios. ¿Sabremos reaccionar? Tal vez hay tiempo
todavía.
Wenceslao Calvo es conferenciante
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2003, Madrid, España.
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