| Encuentro
personal con Dios:
razón y sentimiento Los cristianos debemos tener mucho
cuidado de no caer en la vivencia de un cristianismo estrictamente
racional, así como deberíamos evitar también
el vivirlo desde planteamientos estrictamente sentimentales
que más parezcan fenómenos psicológicos
que se dan en personas propensas a sugestionarse. Quizás
algunos dirían que debemos separarnos de la vivencia
de un cristianismo que, desde puntos de vista filosóficos
o teológicos, no ve la posibilidad de tener ese encuentro
personal con Dios, como algo que podemos experimentar en el ámbito
personal, quizás alegando que el Dios inabarcable nunca
puede ser objeto de nuestra experiencia. Pero otros también
alegarían que no es positiva la vivencia de un cristianismo
que se concrete sólo en explosiones de sentimentalismo
que haga sospechar y desconfiar a los más racionalmente
críticos. Pero, independientemente de estos dos posicionamientos, ¿Es
necesario un encuentro personal con Dios para ser cristiano?
Hoy en día se podrían encontrar en el mundo a
muchas personas que se declararían creyentes del Dios
verdadero, pero si se les preguntara si habían tenido
algún encuentro personal con él o alguna experiencia
de la divinidad, dirían que no. Incluso, los más
suspicaces podrían responder que ni siquiera desean
ese tipo de experiencias religiosas de la divinidad. Pero hay
que tener cuidado, porque el riesgo que se corre es el reducir
la fe a un mero acto intelectual que ve como posible la existencia
de Dios, un mero conocimiento de datos, aunque estos sean extraídos
de las Sagradas Escrituras, un bagaje intelectual que hemos
acumulado a lo largo de esta vida en contacto con las lecturas
y conocimientos, a los cuales damos nuestro asentimiento intelectual
y los aceptamos, pero que no pasan a ser vida en nosotros.
Yo creo que se necesita esa experiencia personal que completa
los conocimientos. Se necesita, además de los conocimientos,
la experiencia de lo religioso, la apertura al misterio,
a lo numinoso, la experiencia profunda e íntima de
Dios en nuestras vidas... el encuentro personal con Dios.
Encuentro al que aludimos tantas veces los evangélicos
en nuestras conversaciones evangelísticas. Hay muchos
que, creyendo intelectualmente en Dios, nunca han tenido
una experiencia de la divinidad en sus vidas. Nunca se han
abierto al hecho de que, además de nuestro entendimiento,
dejemos que sea el Espíritu mismo quien dé testimonio
a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Este
es un paso imprescindible para podernos llamar realmente
cristianos, para la transformación de la vida, para
que se pueda dar en nosotros esa renovación que se
puede mostrar con la expresión bíblica de “nuevo
nacimiento”, la transformación, el cambio, el
ser una nueva criatura, el haber muerto al hombre viejo y
nacido al nuevo hombre, tan y como le gustaba decir al apóstol
San Pablo. Por eso ser cristiano no es cuestión de afiliaciones,
ni de haber nacido en uno u otro país, ni de asumir
intelectualmente ciertos posicionamientos o verdades. No
es cuestión de calentar los bancos de las iglesias
y estar dispuesto a escuchar lo que la iglesia tiene que
decirnos... no es cuestión de golpes de pecho o de
cargar con los pasos de las procesiones. Es, de alguna manera, el contacto con la divinidad que te
cambia y te transforma en una nueva criatura, es poder ver
a Dios en tu vida y en los avatares diarios de tu historia
personal. No es haberlo conocido de oídas como le ocurría
a Job antes de la dura intervención de Dios en su vida,
sino el haberle visto con los ojos de la fe y el haber tenido
una experiencia real de Él... y seguirle en el camino
del “ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí”. Juan
Simarro Fernández, licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana
de Madrid.
© J. Simarro, 2003, Madrid, España. |