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Número 13 - 28 de noviembre, 2003
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dLirios y troyanos
LUIS MARIÁN

Fantasmas de Sábana Santa

“El milagro no produce la fe, es la fe lo que produce el milagro”
Fiodor Dostoievski

Todos desearíamos que Dios manifestase su existencia de forma indiscutible y empírica. Nos da rabia pensar que la Divinidad podría revelarse en medio del Estadio Santiago Benabéu durante un Real Madrid-Barcelona, mostrándose como una columna de fuego de cuatrocientos metros de altura por treinta de diámetro mientras emite una potente voz llamando al arrepentimiento. Nos fastidia que no lo haga y al final acabamos como Jacob para continuar la rabieta contra el Ángel de Yavé. Deseamos milagros y nos frustramos cuando recordamos al Jesús sobrenatural. Tal es el deseo del Dios milagroso que lo queremos tener tangible, en carne y hueso.

La noticia de los grupos que desean clonar a Jesucristo a través del ADN alojado en la sangre de la Sábana Santa de Turín sorprende más por lo fútil del esfuerzo que por lo exótico del suceso, ¿acaso no se han dado cuenta que el posible resultante nunca será la persona clonada? No hay posibilidades técnicas ni biológicas de realizarlo, como tampoco hay posibilidades de heredar la personalidad del clonado, y menos aún el conocimiento y experiencia de vida del modelo a copiar, imaginar otra cosa es simplemente absurdo. El especialista en microbiología, Leoncio Garza-Valdés no tiene ningún fundamento para referirse a “la sangre de Cristo” cuando habla del ADN alojado en el sínodo turinés. Lo más que se podría certificar es que se trataría de la sangre de un crucificado del siglo primero con los mismos síntomas físicos de la muerte de Cristo, pero nunca se podrá rescatar el DNI, ni el nombre y apellidos de la persona (si es que la hubo) que grabó su imagen en la venerada sábana.

En este asunto da igual el sinsentido que lo rodea, porque lo que subyace es el deseo perennemente insatisfecho de lo sobrenatural. Queremos que los efectos especiales de la todopoderosa divinidad nos endulcen los sentidos. Nos molesta acudir a aquello que llamamos fe, a pesar de que al Jesús que anduvo por Palestina tampoco le daba por hacer tantos milagros como a veces pensamos. Para ser quien es hizo pocos, poquísimos actos sobrenaturales y muchos a escondidas; “no contéis nada de esto a nadie” dijo en alguna ocasión. Jesús hacía milagros por pura misericordia y para dar evidencias de quien era, pero se resistía a darlos continuidad. “Generación malvada y adúltera” llegó a espetar el maestro a quienes le pedían más milagros. Él pudo haber sanado a todos los enfermos de su época, y no sólo en Palestina sino también en África, La India, Groelandia, Malta, Las Islas Canarias, América… y sin embargo no lo hizo. Los pudo hacer ante Pilatos, en Getsemaní, en el desierto, en el Gólgota.... pero tampoco los hizo.

Llegará el día en que todas las piezas encajen en su sitio, llegará el momento en que los milagros dejarán de existir porque el milagro será ya la normalidad. En el Tetris divino no encajan las piezas de la injusticia y por eso la Palabra promete un lugar donde “ya no habrá más lloro”. Pero de momento los milagros escasean, aunque haberlos haylos a montones, pero nos duelen aquellos que no se producen. Y aunque a veces nos moleste, lo cierto es que la prioridad del toque de Cristo se centra primeramente en la sanidad del alma, de la culpa y del sin sentido. Por eso Dios no es Harry Potter ni el Genio de Aladino, ni depende de la revitalización de sangre adherida a un trapo de envolver muertos. Nuestro Dios hace lo que quiere, que es simplemente lo correcto, hace lo mejor porque es probable que si viésemos más milagros retirásemos la vista del propio hacedor. Y entonces ya no habría fe, ni esperanza... ni milagro.

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Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con los no creyentes.

 
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