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Fantasmas
de Sábana Santa
“El milagro no produce
la fe, es la fe lo que produce el milagro”
Fiodor Dostoievski
Todos desearíamos que Dios
manifestase su existencia de forma indiscutible y empírica.
Nos da rabia pensar que la Divinidad podría revelarse
en medio del Estadio Santiago Benabéu durante un
Real Madrid-Barcelona, mostrándose como una columna
de fuego de cuatrocientos metros de altura por treinta
de diámetro mientras emite una potente voz llamando
al arrepentimiento. Nos fastidia que no lo haga y al final
acabamos como Jacob para continuar la rabieta contra el Ángel
de Yavé. Deseamos milagros y nos frustramos cuando
recordamos al Jesús sobrenatural. Tal es el deseo
del Dios milagroso que lo queremos tener tangible, en carne
y hueso.
La noticia de los grupos que desean
clonar a Jesucristo a través del ADN alojado en la
sangre de la Sábana Santa de Turín sorprende
más por lo fútil del esfuerzo que por lo exótico
del suceso, ¿acaso no se han dado cuenta que el posible
resultante nunca será la persona clonada? No hay posibilidades
técnicas ni biológicas de realizarlo, como
tampoco hay posibilidades de heredar la personalidad del
clonado, y menos aún el conocimiento y experiencia
de vida del modelo a copiar, imaginar otra cosa es simplemente
absurdo. El especialista en microbiología, Leoncio
Garza-Valdés no tiene ningún fundamento para
referirse a “la sangre de Cristo” cuando habla
del ADN alojado en el sínodo turinés. Lo más
que se podría certificar es que se trataría
de la sangre de un crucificado del siglo primero con los
mismos síntomas físicos de la muerte de Cristo,
pero nunca se podrá rescatar el DNI, ni el nombre
y apellidos de la persona (si es que la hubo) que grabó su
imagen en la venerada sábana.
En este asunto da igual
el sinsentido que lo rodea, porque lo que subyace es el deseo
perennemente insatisfecho de lo
sobrenatural. Queremos que los efectos especiales de la
todopoderosa divinidad nos endulcen los sentidos. Nos molesta
acudir a
aquello que llamamos fe, a pesar de que al Jesús que
anduvo por Palestina tampoco le daba por hacer tantos milagros
como a veces pensamos. Para ser quien es hizo pocos, poquísimos
actos sobrenaturales y muchos a escondidas; “no contéis
nada de esto a nadie” dijo en alguna ocasión.
Jesús hacía milagros por pura misericordia
y para dar evidencias de quien era, pero se resistía
a darlos continuidad. “Generación malvada y
adúltera” llegó a espetar el maestro
a quienes le pedían más milagros. Él
pudo haber sanado a todos los enfermos de su época,
y no sólo en Palestina sino también en África,
La India, Groelandia, Malta, Las Islas Canarias, América… y
sin embargo no lo hizo. Los pudo hacer ante Pilatos, en Getsemaní,
en el desierto, en el Gólgota.... pero tampoco los
hizo.
Llegará el día en que todas las piezas encajen
en su sitio, llegará el momento en que los milagros
dejarán de existir porque el milagro será ya
la normalidad. En el Tetris divino no encajan las piezas
de la injusticia y por eso la Palabra promete un lugar donde “ya
no habrá más lloro”. Pero de momento
los milagros escasean, aunque haberlos haylos a montones,
pero nos duelen aquellos que no se producen. Y aunque a veces
nos moleste, lo cierto es que la prioridad del toque de Cristo
se centra primeramente en la sanidad del alma, de la culpa
y del sin sentido. Por eso Dios no es Harry Potter ni el
Genio de Aladino, ni depende de la revitalización
de sangre adherida a un trapo de envolver muertos. Nuestro
Dios hace lo que quiere, que es simplemente lo correcto,
hace lo mejor porque es probable que si viésemos más
milagros retirásemos la vista del propio hacedor.
Y entonces ya no habría fe, ni esperanza... ni milagro.
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Luis Marián trabaja en Madrid
como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado al
diálogo con los no creyentes. |
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