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Número 12 - 21 de noviembre, 2003
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yolanda tamayo

Niños de ayer y de hoy

En el transcurso de nuestra existencia todo cuanto nos rodea efectúa constantes transformaciones. Las cosas se deterioran o mejoran según qué manos las toquen, pero siempre están en continuo cambio. Son raras las escenas que permanecen inalterables al paso de los años, incluso algunos paisajes sucumben a esa inevitable metamorfosis a la que los doblega el tiempo. Las modas cambian, los hábitos de hoy y los de ayer en ocasiones son muy distintos. Resulta curioso encontrar prácticas de antaño que sigan ejerciéndose en el presente; pero es grato descubrir cómo algunas de ellas son llevadas a cabo por los niños supermodernos del siglo XXI.

De visita a la nueva casa de unos amigos muy queridos, estos me enseñan todas las reformas que le han efectuado, dándome un claro ejemplo del buen gusto y armonía.

Al llegar a la habitación su hija, me encuentro con un montón de chicos pegados en la pared, pósters de grupos de moda que a la pequeña Mariluz le encantan. Nos reímos sanamente al comprobar como la pared se ha convertido en un gran mural donde se exhiben caras bonitas. De manera instantánea recordé cuando tenía 14 años y me enamoré por vez primera.

Fue un amor al que nadie se opuso, a pesar de que el chico era diez años mayor que yo, vestía chupa de cuero, montaba en una Harley y conducía peligrosamente coches de carreras. A nadie le importó que aquella chiquilla se enamorara de un actor que hacía muchos años había muerto. Llené las paredes de mi habitación con mil fotos suyas. Vi una y otra vez sus únicas tres películas. Y soñé, como suelen soñar las chicas a esa edad, que algún día encontraría a un hombre parecido a James Dean y junto a él compartiría el resto de mis días.

Cuando el tiempo te da la lucidez suficiente para ver que la vida se compone de realidades más o menos hermosas, encuentras entre tus viejos recuerdos acciones añejas, cosas que al ser lamidas por el tiempo pierden la importancia que poseían. Se destiñen los sueños, y a veces, con dolor, pasan a formar parte de ese espacio nebuloso donde se cobija el pasado.

Estuve enamorada de aquel actor unos años, comprando póster que cambiaba de vez en cuando para verlo en diferentes poses. Pero un día, James Dean dejó de ser el protagonista de mi habitación quedando relegado a una pequeña foto que aún conservo con cariño. Ahora, mientras escribo acerca de aquello, una gama de olores me sacude la memoria, percibiendo con añoranza, como aquellos años estuvieron teñidos de una ingenuidad y ternura que a veces hecho en falta en los niños de hoy.

Sin embargo, me alegra que ciertas costumbres, como el hecho de colgar póster, sigan estado vigentes. Que prácticas sanas como esas no queden vetadas en la cultura de este siglo. Que los juegos de ayer, se pongan de moda hoy, que las niñas salten a la comba, mientras los niños cambian cromos de jugadores de fútbol, o que juntos jueguen a la comba y coleccionen cromos, pero que no sucumban en el olvido los saludables hábitos que pudimos disfrutar aquellos que ya no somos tan niños.



Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2003, España
  

 
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