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Número 13 - 28 de noviembre, 2003
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JUAN ANTONIO MONROY

Excomunión

Me llega una carta de México, distrito federal. La firma una joven de 19 años. Toda la carta es un llanto hacia la interioridad. Entre otras cosas, me dice: “Estoy viviendo días muy amargos. Los Ancianos de mi iglesia me han excomulgado porque tengo un novio a quien no le interesa la religión. Me quiere mucho, y yo a él. Es el primer novio que tengo. Mi papá ha hablado con los Ancianos, pero dicen que no me quitarán la excomunión hasta que deje a mi novio”. ¿Puede usted hacer algo, hermano Monroy?

No. Yo no puedo hacer nada. Ni quiero. Es imposible razonar con gentes tan cerradas. Me repelen. Evito el contacto con estos opresores de la conciencia ajena.

Explico: en una congregación de la Iglesia de Cristo ANCIANO no significa hombre viejo. Es el cargo de máxima autoridad en la iglesia local. Puede ser Anciano un hombre que ande por los 45 años.

Explico más: Conozco desde hace algunos años a la chica que me escribe y a su familia. Sus padres, dos hermanos y una hermana, son miembros de la iglesia. Ella ha sido, desde la adolescencia, una muchacha muy consagrada. Firme en sus creencias y fiel a la iglesia a la que pertenece.

También conozco a los Ancianos que la rigen. Cuatro hombres que mentalmente viven en la edad de piedra, aferrados como pulpos a la letra de la Biblia –no a toda la letra-. Bloquean cualquier iniciativa que parta de otros, temerosos de ver reducidas sus pequeñas reservas de poder, a la que se agarran, dicen, en nombre de Dios. ¿De qué Dios? Ni siquiera lo conocen, aunque tengan su nombre en los labios constantemente.

Parece que la excomunión, excluir a una persona de la comunidad religiosa temporal o definitivamente, se practicaba en el judaísmo y en algunos sectores de la Iglesia primitiva. Pero ¿se debe excomulgar a una mujer de 19 años porque el amor la empuje hacia un hombre que no participa de su misma fe, sólo por eso?

• Entonces tendríamos que excomulgar a Eva
por haber dado entrada al Diablo.

• Tendríamos que excomulgar a Adán
por haberse rebelado contra la voluntad de Dios.

• Tendríamos que excomulgar a Abraham
por adulterar con Agar y engañar al Faraón haciéndole creer que su esposa era su hermana.

• Tendríamos que excomulgar a Isaac
por imitar uno de los delitos que cometió el padre, decir que su mujer era su hermana para evitar que lo mataran.

• Tendríamos que excomulgar a Jacob,
el personaje más intrigante del Génesis, mentiroso, tramposo, usurpador de los derechos ajenos.

• Tendríamos que excomulgar a Moisés
por haber matado a un egipcio.

• Tendríamos que excomulgar a David
por aceptar conducir a una pandilla de bandoleros. Y por tantas otras cosas.

• Tendríamos que excomulgar a Jeremías
por maldecir el día en que nació.

• Tendríamos que excomulgar a Juan el Bautista
por dudar del mesianismo de Jesús, cuando estaba en la cárcel.

• Tendríamos que excomulgar a Juan y a Santiago
por querer demandar fuego del cielo para arrasar a los habitantes de una aldea de Samaria.

• Tendríamos que excomulgar a Pedro
por haber cometido el más horrible de los pecados: negar a Cristo.

• Tendríamos que excomulgar a Pablo
por sus peleas con Pedro, con Marcos, y por más razones.

En fin, tendríamos que excomulgarnos todos nosotros, unos a otros, porque según Salomón el justo peca siete veces al día. Jesús dice que más: Setenta veces siete. Y no hay justo ni aún uno. Entonces, ¿qué?.

© J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com, 2003 (España)

 
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