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Excomunión
Me llega una
carta de México, distrito federal. La firma una
joven de 19 años. Toda la carta es un llanto hacia
la interioridad. Entre otras cosas, me dice: “Estoy
viviendo días muy amargos. Los Ancianos de mi iglesia
me han excomulgado porque tengo un novio a quien no le
interesa la religión. Me quiere mucho, y yo a él.
Es el primer novio que tengo. Mi papá ha hablado
con los Ancianos, pero dicen que no me quitarán
la excomunión hasta que deje a mi novio”. ¿Puede
usted hacer algo, hermano Monroy?
No. Yo no puedo hacer nada. Ni quiero.
Es imposible razonar con gentes tan cerradas. Me repelen.
Evito el contacto con estos opresores de la conciencia ajena.
Explico:
en una congregación de la Iglesia de Cristo
ANCIANO no significa hombre viejo. Es el cargo de máxima
autoridad en la iglesia local. Puede ser Anciano un hombre
que ande por los 45 años.
Explico más: Conozco desde hace algunos años
a la chica que me escribe y a su familia. Sus padres, dos
hermanos y una hermana, son miembros de la iglesia. Ella
ha sido, desde la adolescencia, una muchacha muy consagrada.
Firme en sus creencias y fiel a la iglesia a la que pertenece.
También conozco a los Ancianos que la rigen. Cuatro
hombres que mentalmente viven en la edad de piedra, aferrados
como pulpos a la letra de la Biblia –no a toda la letra-.
Bloquean cualquier iniciativa que parta de otros, temerosos
de ver reducidas sus pequeñas reservas de poder, a
la que se agarran, dicen, en nombre de Dios. ¿De qué Dios?
Ni siquiera lo conocen, aunque tengan su nombre en los labios
constantemente.
Parece que la excomunión, excluir a una persona de
la comunidad religiosa temporal o definitivamente, se practicaba
en el judaísmo y en algunos sectores de la Iglesia
primitiva. Pero ¿se debe excomulgar a una mujer de
19 años porque el amor la empuje hacia un hombre que
no participa de su misma fe, sólo por eso?
• Entonces tendríamos
que excomulgar a Eva
por haber dado entrada al Diablo.
•
Tendríamos que excomulgar a Adán
por haberse
rebelado contra la voluntad de Dios.
•
Tendríamos que excomulgar a Abraham
por adulterar
con Agar y engañar al Faraón haciéndole
creer que su esposa era su hermana.
•
Tendríamos que excomulgar a Isaac
por imitar uno de
los delitos que cometió el padre, decir que su mujer
era su hermana para evitar que lo mataran.
•
Tendríamos que excomulgar a Jacob,
el personaje más
intrigante del Génesis, mentiroso, tramposo, usurpador
de los derechos ajenos.
•
Tendríamos que excomulgar a Moisés
por haber
matado a un egipcio.
•
Tendríamos que excomulgar a David
por aceptar conducir
a una pandilla de bandoleros. Y por tantas otras cosas.
•
Tendríamos que excomulgar a Jeremías
por maldecir
el día en que nació.
•
Tendríamos que excomulgar a Juan el Bautista
por dudar
del mesianismo de Jesús, cuando estaba en la cárcel.
•
Tendríamos que excomulgar a Juan y a Santiago
por
querer demandar fuego del cielo para arrasar a los habitantes
de una aldea de Samaria.
•
Tendríamos que excomulgar a Pedro
por haber cometido
el más horrible de los pecados: negar a Cristo.
•
Tendríamos que excomulgar a Pablo
por sus peleas con
Pedro, con Marcos, y por más razones.
En fin, tendríamos que excomulgarnos todos nosotros,
unos a otros, porque según Salomón el justo
peca siete veces al día. Jesús dice que más:
Setenta veces siete. Y no hay justo ni aún uno. Entonces, ¿qué?.
© J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com,
2003 (España) |