| Magia
y fe La magia es una práctica históricamente
arraigada en la Historia de los pueblos. En términos
sencillos, puede definirse como la posesión de una serie
de rituales y, sobre todo, frases que permiten al que las utiliza
cambiar la realidad con la que se enfrenta. Así, la
realización de algunos movimientos con las manos o el
cuerpo, la repetición de ciertas palabras o incluso
una peculiar entonación de la voz resultan inherentes
a la magia. Dado que en ocasiones el mago - o brujo o hechicero
- se encuentra con un obstáculo mayor del esperado todos
esos comportamientos deben acentuarse para obtener su fín.
La fe, tal y como aparece descrita en la Biblia, es radicalmente
opuesta a la práctica de la magia. No depende del conocimiento
de determinadas frases o gestos y en ningún caso deposita
un poder transferido para siempre como en el caso de la magia.
Por el contrario, exige un enfrentarse a cada situación
sin saber a ciencia cierta si Dios actuará en ella entre
otras cosas porque, a menos que se nos revele, ignoramos cuál
es Su voluntad en cada caso concreto. La fe es uno de los pilares
en los que debe asentarse la vida cristiana. La magia es, como
mínimo, una superstición infantil que permite
creer al que la utiliza que está dotado de unos extraordinarios
poderes espirituales y, como máximo, una artimaña
diabólica que convierte al que la usa en un instrumento
de Satanás aún sin darse cuenta de ello.
De la fe no tengo inconveniente en aceptar que no es de
las cualidades que más se perciben a simple vista
en la vida de la iglesia. De la magia debo constatar que
es practicada con auténtica fruición en numerosos
cultos presentándose además como un ejercicio
de fe, una manifestación de poder del Espíritu,
una prueba de unción divina o una señal de
superioridad espiritual. Sin embargo, el chillido como arma
utilizada contra el Diablo, la repetición minuciosa
de ciertos pasos para obtener la prosperidad espiritual,
el repetir en voz alta lo que se desea como una "confesión" que
se cumplirá inevitablemente no es fe sino magia desnuda. Imagino que alguien objetará que mi punto de vista
es extremo y que no tiene en cuenta, por ejemplo, que a los
supuestos practicantes de la magia no se les cae el nombre
de Jesús de la boca. Quien diga tal cosa al parecer
ignora que el mismo Nuevo Testamento recoge casos de personas
que practicaban la expulsión de demonios en el nombre
de Jesús y no por eso superaban la categoría
de brujos vulgares. También pasa por alto que durante
veinte siglos la utilización del nombre de Jesús
en amuletos o conjuros ha sido una característica
continuada de la magia. Lo que, al fín y a la postre,
permite establecer si determinadas conductas son o no de
Dios es la manera en que se corresponden con Su Palabra y
no su espectacularidad, su capacidad para provocar entusiasmo
o incluso sus logros materiales incluida la prosperidad económica
del predicador. Volvamos a la Palabra en serio y dejémonos de practicar
la magia si no queremos, a fín de cuentas, recibir
las consecuencias de una conducta semejante.
César Vidal Manzanares es
un conocido escritor, historiador y teólogo.
© C. Vidal, Libertad digital, Protestante Digital, 2003. |