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Número 13 - 28 de noviembre, 2003
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La voz
César vidal manzanares

Magia y fe

La magia es una práctica históricamente arraigada en la Historia de los pueblos. En términos sencillos, puede definirse como la posesión de una serie de rituales y, sobre todo, frases que permiten al que las utiliza cambiar la realidad con la que se enfrenta. Así, la realización de algunos movimientos con las manos o el cuerpo, la repetición de ciertas palabras o incluso una peculiar entonación de la voz resultan inherentes a la magia. Dado que en ocasiones el mago - o brujo o hechicero - se encuentra con un obstáculo mayor del esperado todos esos comportamientos deben acentuarse para obtener su fín.

La fe, tal y como aparece descrita en la Biblia, es radicalmente opuesta a la práctica de la magia. No depende del conocimiento de determinadas frases o gestos y en ningún caso deposita un poder transferido para siempre como en el caso de la magia. Por el contrario, exige un enfrentarse a cada situación sin saber a ciencia cierta si Dios actuará en ella entre otras cosas porque, a menos que se nos revele, ignoramos cuál es Su voluntad en cada caso concreto. La fe es uno de los pilares en los que debe asentarse la vida cristiana. La magia es, como mínimo, una superstición infantil que permite creer al que la utiliza que está dotado de unos extraordinarios poderes espirituales y, como máximo, una artimaña diabólica que convierte al que la usa en un instrumento de Satanás aún sin darse cuenta de ello.

De la fe no tengo inconveniente en aceptar que no es de las cualidades que más se perciben a simple vista en la vida de la iglesia. De la magia debo constatar que es practicada con auténtica fruición en numerosos cultos presentándose además como un ejercicio de fe, una manifestación de poder del Espíritu, una prueba de unción divina o una señal de superioridad espiritual. Sin embargo, el chillido como arma utilizada contra el Diablo, la repetición minuciosa de ciertos pasos para obtener la prosperidad espiritual, el repetir en voz alta lo que se desea como una "confesión" que se cumplirá inevitablemente no es fe sino magia desnuda.

Imagino que alguien objetará que mi punto de vista es extremo y que no tiene en cuenta, por ejemplo, que a los supuestos practicantes de la magia no se les cae el nombre de Jesús de la boca. Quien diga tal cosa al parecer ignora que el mismo Nuevo Testamento recoge casos de personas que practicaban la expulsión de demonios en el nombre de Jesús y no por eso superaban la categoría de brujos vulgares. También pasa por alto que durante veinte siglos la utilización del nombre de Jesús en amuletos o conjuros ha sido una característica continuada de la magia. Lo que, al fín y a la postre, permite establecer si determinadas conductas son o no de Dios es la manera en que se corresponden con Su Palabra y no su espectacularidad, su capacidad para provocar entusiasmo o incluso sus logros materiales incluida la prosperidad económica del predicador.

Volvamos a la Palabra en serio y dejémonos de practicar la magia si no queremos, a fín de cuentas, recibir las consecuencias de una conducta semejante.



César Vidal Manzanares es un conocido escritor, historiador y teólogo.
© C. Vidal, Libertad digital, Protestante Digital, 2003.
  
 
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