| Las
vanguardias: el lado oscuro Varios libros han coincidido últimamente
en desvelar una cara bastante poco conocida de los vanguardismos
artísticos. Así el historiador argentino Juan José Sebreli hace
una impresionante lectura de estos movimientos en una obra publicada
por la editorial Sudamericana de Madrid sobre
Las aventuras de la vanguardia. Su visión desmitificadora
concuerda con el testimonio de primera mano que nos da Claire
Goll, en las memorias que ha traducido Pre-Textos,
A la caza del viento, con algunos recuerdos sobre
algunos de los más importantes artistas del siglo XX. Otra escritora
alemana, la hispanista Mechtill Albert ha estudiado a cuatro
Vanguardistas de camisa azul en un riguroso y
documentado libro que ha hecho Visor sobre la
relación de la literatura española con la Falange. Lo que caracteriza para Sebreli a la vanguardia, es su aprecio
por lo efímero y lo oscuro. Son corrientes para él condenadas
al olvido, ya que desprecian, “no sólo a quienes comprenden
únicamente lo superficial, sino a todos aquellos que pretenden
racionalmente entender lo que es profundo”. La valiente obra
de este estudioso argentino nos muestra la necesidad de un
mayor sentido crítico al considerar la historia de las artes
plásticas y la cultura en general. Su lectura es francamente
demoledora, ya que aunque no te aclara en ningún momento lo
qué es el arte hoy, te quita muchas dudas sobre lo qué desde
luego no lo es. En este libro hay páginas estremecedoras,
que te dan una visión terrible sobre algunas figuras míticas
de las vanguardias del siglo XX. Así vemos a Gauguin, prisionero
de su propia leyenda, moribundo en una choza de Tahití, rodeado
de estampas de Rafael, Holbein o Rembrandt, sin poder regresar
a Europa, por consejo de su marchante, mientras pinta su último
cuadro sobre una aldea nevada en Francia. A uno le cuesta imaginar que textos como De lo espiritual
en el arte de Kandinsky, que difundieron la abstracción
más aún que sus pinturas, no fueran en realidad más que un
“pasaporte a los museos norteamericanos”, basado en unas cuantas
“trivialidades sacadas de la teosofía”. Pero es cierto que
no faltan referencias al ocultismo, desde Yeats hasta Pessoa,
los dos en relación con esa oscura figura que dió lugar al
satanismo moderno llamada Aleister Crowley. Pero hay algunas
preguntas que te vienen una y otra vez a la cabeza al leer
estas biografías: ¿se puede juzgar finalmente una obra por
la ideología del autor?, o ¿es que no se puede hacer gran
arte con ideas perversas y dañinas?. Yo, la verdad es que nunca me había preguntado quién diseñó
el campo de concentración de Auschwitz. Pero es increíble
saber que fue un profesor de la Bauhaus, la escuela
de arquitectura que nació para defender el derecho de todo
ser humano a una vivienda digna. Y es que una cosa son los
ideales, y otra son los hechos... Por un lado, Sebreli reconoce
que “los muralistas mexicanos eran buenos pintores”, pero
por otro no hay duda que era “malas personas”. De hecho dice
que “con los mejores sentimientos suele hacerse, con frecuencia,
arte malo”. Su perspectiva de la escena contemporánea no puede
ser por eso más desoladora. Para él, tras la exposición del
urinario de Duchamp todo vale en arte. Desde obras con humo
a construcciones con grasas. Lo mismo sirven cadáveres que
automutilaciones, o hasta excrementos. El único valor es la
sorpresa, y el problema es que ésta por su propia naturaleza
es breve. Si hay una mujer que estuvo en primera línea de las vanguardias
artísticas no hay duda que fue Claire Goll (1891-1977). Sus
memorias A la caza del viento presentan toda una galería
de monstruos que representan lo más granado de la cultura
europea del pasado siglo. A pesar de todo resentimiento o
interpretación interesada, hay una verdad evidente en todo
lo que ella cuenta, que nadie puede negar. Su narración en
este sentido, independientemente de los detalles, resulta
convincente, ya que nos muestra el lado humano de unos artistas
cuyo ego y vanidad les llevó a un desprecio tal de su prójimo,
que la vida en torno a ellos fue un verdadero infierno. Aparecen
aquí por eso sorprendidos en su intimidad con una mirada implacable,
que nos muestra cómo fueron en realidad aquellos hombres cuyos
nombres han pasado ahora a la Historia del Arte. Según Goll, era un tormento convivir con Rilke, de quien
llegó a estar embarazada. Odia por eso también a Joyce, del
que su marido Yvan fue secretario (antes que Beckett, que
trata más compasivamente). El cuadro que nos hace de Chagall
es de un auténtico tacaño miserable. Algo más misericordiosa
se muestra con Mayakovski, pero describe con tremenda crueldad
a Alma Mahler. Vemos aquí el carácter repulsivo de Lacan y
Henry Miller, así como denosta a Dalí, aunque sin embargo
le admira por su talento comercial. Más fuerte aún reacciona
a la rapacidad de mujeres como Gala, ya que éste es un libro
apasionado, lleno de temperamento, pero que resulta fascinante
porque descubre las facetas ocultas de esas figuras turbias
que llamamos genios. La obra de Albert (1956), aparecida en alemán en 1996, ha
precedido en realidad a otros estudios, como los del profesor
Domingo Ródenas, que muestran la influencia fascista en la
vanguardia literaria española entre 1925 y 1940. Según esta
catedrática alemana, la evolución ideológica y estética de
autores como Ernesto Giménez Caballero (1899-1988) les lleva
en un momento de crisis a la Falange. Este movimiento
ofrece a un hombre desarraigado un proyecto comunitario, que
presenta todo un sistema redentor de valores. Hombres como
Tomás Borrás (1891-1976) desarrollan de esa forma toda una
“estética de la crueldad, que constituye su aportación específica
al lenguaje de la modernidad”. Autores más jóvenes como Ximénez
de Sandoval (1903-1978) o Samuel Ros (1904-1945) representan
toda una generación que buscó compensar “la pérdida de un
sistema de orden, la fragmentación de la realidad y el cuestionamiento
del principio de identidad”, mediante “la búsqueda de una
alteridad capaz de constituir un nuevo yo y de fundamentar
un nuevo sentido existencial”. Cuando uno lee estos libros descubre que el arte no puede
ser neutral, porque nada en esta vida lo es. Las normas que
sirven para el arte no deben ser diferentes a las que rigen
el resto de nuestra vida, porque la verdad tiene que ver con
toda la realidad. No puede haber libertad sin amor, igual
que no hay pecado sin esclavitud (Romanos 7:2; 2 Pedro
2:19), pero Jesús ha venido a este mundo para hacernos
verdaderamente hombres. El arte no puede salvarnos, pero Dios
puede producir un nuevo hombre dentro de nosotros (Romanos
6), con una belleza que sea fruto de su Espíritu. Es así
como el arte nos ayuda a buscar la verdad, ya que nos lleva
de lo superfluo a la realidad de una vida, que sólo tiene
sentido a la luz de Cristo Jesús. Ya que no nos engañemos,
fuera de Él todo es oscuridad.
José de Segovia Barrón
es periodista, teólogo y pastor en Madrid.
© J. de Segova, I+CP, 2003. I+CP (www.ICP-e.org) |