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En
el corredor de la muerte ‘‘Porque la ira
de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e
injusticia de los hombres que detienen con injusticia la
verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto,
pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles
de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente
visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas
por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.
Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como
a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron
en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.
Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron
la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen
de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y
de reptiles. Por lo cual también Dios los entregó a
la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones,
de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos,
ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando
y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el
cual es bendito por los siglos. Amén. Por esto Dios
los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus
mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza,
y de igual modo también los hombres, dejando el
uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia
unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con
hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución
debida a su extravío. Y como ellos no aprobaron
tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente
reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados
de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia,
maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños
y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores
de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de
males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin
afecto natural, implacables, sin misericordia; quienes
habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican
tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen,
sino que también se complacen con los que las practican.’ (Romanos
1:18-32) La apelación
del caso de Pablo Ibar, preso español sobrino del
boxeador Urtain y condenado a la pena capital en EE.UU.
por un triple asesinato, vuelve a poner sobre el tapete
la cuestión de la pena de muerte. Actualmente, y
según Amnistía Internacional, hay 84 países
que retienen y utilizan la pena de muerte si bien el número
de los que ejecutan presos durante un año concreto
es mucho menor. De hecho, durante el año 2001 de
las 3.048 ejecuciones contabilizadas en todo el mundo (aunque
las cifras reales seguramente son más altas) el
90 por ciento de las mismas tuvieron lugar, por orden numérico,
en China, Irán, Arabia Saudí y Estados Unidos.
Concretamente en este último país se ejecutó en
el año 2001 a 66 presos, habiendo actualmente 3.700
que están en el corredor de la muerte aguardando
el momento o apelando su sentencia.
Cuando se mira la lista de países que en el año
2001 impusieron condenas a muerte, resalta en la misma
el nombre de la nación norteamericana, que figura
al lado de un cortejo de países cuyas garantías
procesales y democráticas son en algunos casos nulas
y en otros más que sospechosas. Es por esto por
lo que EE.UU. está en el punto de mira de los abolicionistas,
al ser la mayor democracia del planeta y la nación
de referencia en muchos terrenos, incluido el de los valores
ideológicos y morales. De lograrse que los EE.UU.
abolieran la pena de muerte, esa lista no perdería
simplemente un miembro sino que se convertiría automáticamente
en una serie de nombres infames asociados con algo tenido
por infame; en otras palabras, sería una lista que
caería por su propio peso. Pero mientras el nombre
de EE.UU. aparezca allí, eso siempre contribuirá a
generar polémica sobre la legitimidad de la pena
de muerte. Las razones que suelen esgrimir los abolicionistas
son de dos tipos: uno de fondo y otra de forma. El argumento
de fondo es que la pena de muerte es una violación
de los derechos humanos, concretamente del derecho a la
vida El argumento de forma es que se usa de manera indiscriminada:
contra los más desfavorecidos económicamente,
contra miembros de minorías étnicas o religiosas
y contra adversarios ideológicos. Personalmente creo que la pena de muerte tiene, en determinados
casos, base moral, especialmente cuando se trata de asesinatos
en los que concurren una serie de agravantes. Quitarle la
vida al prójimo es un acto por el que, en principio,
el asesino debe responder con su propia vida, porque responder
con menos que eso supone una descompensación a la
justicia. Es decir, no es justo que alguien cometa un delito
de envergadura y que responda por el mismo de forma rebajada.
La idea de justicia supone que hay una correspondencia entre
la gravedad del hecho y la gravedad de la sentencia; la idea
de responsabilidad infiere que hay una asunción de
los actos que hago y las consecuencias que se desprenden
de los mismos. Por eso no creo que las sentencias a muerte
dictadas, por ejemplo, en Nuremberg en 1945 fueran desproporcionadas. Pero dicho lo anterior, al mismo tiempo, estoy en contra
de la pena de muerte por una sencilla razón: La justicia
humana yerra y, desgraciadamente, yerra más de lo
deseable. Y si el yerro es irreversible, como es el caso
en la aplicación de la pena muerte, entonces es mejor
no aplicar esa sentencia. De sobra son conocidos los casos
de personas inocentes que han sido ejecutadas, siendo seguramente
el de Sacco y Vanzetti en 1927, uno de los más famosos.
Ahora bien, esto plantea otra dificultad: La abolición
de la pena de muerte para no incurrir en errores irreversibles
es una ventaja para los verdaderamente culpables, que se
ven beneficiados por algo que no les corresponde. Con lo
cual estamos ante algo también injusto: El criminal
se favorece a causa de la previsión de los errores
de la justicia humana. De manera que parece que no hay salida
y se haga lo que se haga, no se hace lo que es justo: Si
se aplica, porque a veces se aplica mal, y si no se aplica,
porque debería haberse aplicado. ¿Qué es
más injusto: Que un criminal no pague como debe por
su delito o que un inocente pague por lo que no ha hecho?
Este es el dilema. Si abominable es lo segundo también
es indignante lo primero. Y en esta terrible coyuntura estamos
los humanos. Aunque de la lista de AI desapareciera un día el
nombre de EE.UU., hay un código penal en el que la
pena capital seguirá existiendo: es el código
penal de Dios, en el que hay sentencia de muerte eterna para
el pecador. De manera que esta vida es un corredor de la
muerte en el que la raza humana espera, uno a uno, la ejecución
de la sentencia. Aquí no hay errores ni parcialidades
ni injusticias. El pecado merece la muerte en su doble vertiente,
física y espiritual, tal como dice el texto bíblico
arriba citado. Es una sentencia justa y si es justa es buena.
Pero lo mejor es, y aquí está el evangelio,
que Dios ha preparado una manera para exonerar, sin ser injusto,
del castigo a los culpables y es mediante Jesucristo, quien
ha cargado en la cruz con esas consecuencias y ha respondido
por las mismas. Tú, que estás en el corredor
de la muerte, ven a Él en arrepentimiento y fe.
Wenceslao Calvo es conferenciante
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2003, Madrid, España. |
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