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Número 14 - 5 de diciembre, 2003
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Wenceslao Calvo

En el corredor de la muerte

‘‘Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén. Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío. Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia; quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican.’ (Romanos 1:18-32)

La apelación del caso de Pablo Ibar, preso español sobrino del boxeador Urtain y condenado a la pena capital en EE.UU. por un triple asesinato, vuelve a poner sobre el tapete la cuestión de la pena de muerte. Actualmente, y según Amnistía Internacional, hay 84 países que retienen y utilizan la pena de muerte si bien el número de los que ejecutan presos durante un año concreto es mucho menor. De hecho, durante el año 2001 de las 3.048 ejecuciones contabilizadas en todo el mundo (aunque las cifras reales seguramente son más altas) el 90 por ciento de las mismas tuvieron lugar, por orden numérico, en China, Irán, Arabia Saudí y Estados Unidos. Concretamente en este último país se ejecutó en el año 2001 a 66 presos, habiendo actualmente 3.700 que están en el corredor de la muerte aguardando el momento o apelando su sentencia.


Cuando se mira la lista de países que en el año 2001 impusieron condenas a muerte, resalta en la misma el nombre de la nación norteamericana, que figura al lado de un cortejo de países cuyas garantías procesales y democráticas son en algunos casos nulas y en otros más que sospechosas. Es por esto por lo que EE.UU. está en el punto de mira de los abolicionistas, al ser la mayor democracia del planeta y la nación de referencia en muchos terrenos, incluido el de los valores ideológicos y morales. De lograrse que los EE.UU. abolieran la pena de muerte, esa lista no perdería simplemente un miembro sino que se convertiría automáticamente en una serie de nombres infames asociados con algo tenido por infame; en otras palabras, sería una lista que caería por su propio peso. Pero mientras el nombre de EE.UU. aparezca allí, eso siempre contribuirá a generar polémica sobre la legitimidad de la pena de muerte. Las razones que suelen esgrimir los abolicionistas son de dos tipos: uno de fondo y otra de forma. El argumento de fondo es que la pena de muerte es una violación de los derechos humanos, concretamente del derecho a la vida El argumento de forma es que se usa de manera indiscriminada: contra los más desfavorecidos económicamente, contra miembros de minorías étnicas o religiosas y contra adversarios ideológicos.

Personalmente creo que la pena de muerte tiene, en determinados casos, base moral, especialmente cuando se trata de asesinatos en los que concurren una serie de agravantes. Quitarle la vida al prójimo es un acto por el que, en principio, el asesino debe responder con su propia vida, porque responder con menos que eso supone una descompensación a la justicia. Es decir, no es justo que alguien cometa un delito de envergadura y que responda por el mismo de forma rebajada. La idea de justicia supone que hay una correspondencia entre la gravedad del hecho y la gravedad de la sentencia; la idea de responsabilidad infiere que hay una asunción de los actos que hago y las consecuencias que se desprenden de los mismos. Por eso no creo que las sentencias a muerte dictadas, por ejemplo, en Nuremberg en 1945 fueran desproporcionadas.

Pero dicho lo anterior, al mismo tiempo, estoy en contra de la pena de muerte por una sencilla razón: La justicia humana yerra y, desgraciadamente, yerra más de lo deseable. Y si el yerro es irreversible, como es el caso en la aplicación de la pena muerte, entonces es mejor no aplicar esa sentencia. De sobra son conocidos los casos de personas inocentes que han sido ejecutadas, siendo seguramente el de Sacco y Vanzetti en 1927, uno de los más famosos. Ahora bien, esto plantea otra dificultad: La abolición de la pena de muerte para no incurrir en errores irreversibles es una ventaja para los verdaderamente culpables, que se ven beneficiados por algo que no les corresponde. Con lo cual estamos ante algo también injusto: El criminal se favorece a causa de la previsión de los errores de la justicia humana. De manera que parece que no hay salida y se haga lo que se haga, no se hace lo que es justo: Si se aplica, porque a veces se aplica mal, y si no se aplica, porque debería haberse aplicado. ¿Qué es más injusto: Que un criminal no pague como debe por su delito o que un inocente pague por lo que no ha hecho? Este es el dilema. Si abominable es lo segundo también es indignante lo primero. Y en esta terrible coyuntura estamos los humanos.

Aunque de la lista de AI desapareciera un día el nombre de EE.UU., hay un código penal en el que la pena capital seguirá existiendo: es el código penal de Dios, en el que hay sentencia de muerte eterna para el pecador. De manera que esta vida es un corredor de la muerte en el que la raza humana espera, uno a uno, la ejecución de la sentencia. Aquí no hay errores ni parcialidades ni injusticias. El pecado merece la muerte en su doble vertiente, física y espiritual, tal como dice el texto bíblico arriba citado. Es una sentencia justa y si es justa es buena. Pero lo mejor es, y aquí está el evangelio, que Dios ha preparado una manera para exonerar, sin ser injusto, del castigo a los culpables y es mediante Jesucristo, quien ha cargado en la cruz con esas consecuencias y ha respondido por las mismas. Tú, que estás en el corredor de la muerte, ven a Él en arrepentimiento y fe.


Wenceslao Calvo es conferenciante y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2003, Madrid, España.
  

 
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