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Número 14 - 2 de diciembre, 2003
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JUan simarro

Ser cristiano en la sociedad secular

Para muchos cristianos no es fácil comunicar su fe en medio de una sociedad secularizada. Incluso para muchos pastores y sacerdotes, entre otras cosas, porque en muchos ambientes secularizados se da un rechazo del profesional de la religión. De ahí la importancia de la concienciación de los laicos para la evangelización en la sociedad secularizada. La sociedad cuestiona cada vez más los discursos religiosos y los cuestiona con su simple pasividad e indiferencia ante ellos. Y no todo es culpa del receptor. Gran parte del problema proviene también de los cristianos que quieren comunicar a la sociedad su vivencia de la fe. Mucho del discurso de la Iglesia y de los creyentes, es un discurso que queda en lo abstracto, en lo puramente teórico en un mundo que demanda compromisos prácticos. Por eso lo ven como ininteligible y como un discurso que no hace frente a los problemas profundos del hombre de hoy. De ahí que la Iglesia debería cambiar su discurso y que el cristiano debería reformular sus expresiones, sus ideas, sus conceptos e imágenes para que fuera un discurso acorde con las necesidades del hombre actual.

Aunque la palabra es tan importante en todo el contexto bíblico, hay que afirmar que no son sólo las palabras las que van a ir mostrando al Dios de la misericordia y de salvación, sino que el cristiano debe hacer vida en él estas palabras y convertirlas en convicciones que se encarnen en la realidad y que devengan en compromisos con el hombre mismo: compromisos de justicia, de solidaridad y de preocupación por el dolor de los hombres. Un discurso precioso sobre Dios, pero que esté de espaldas al dolor de los hombres, más puede alejar que acercar al hombre de la sociedad secular a la experiencia del Dios de la misericordia, del amor y del perdón. La práctica de la justicia y del compromiso con los débiles, son vitales para el testimonio cristiano. Tenemos que seguir los estilos de vida y las prioridades de Jesús, quien tanto se preocupó por los oprimidos y los que quedaban tirados de forma inmisericorde al margen de la sociedad. Él no sólo predicó una salvación escatológica, sino que se manchó las manos como buen samaritano.

De ahí que el campo de misión del cristiano no se encuentre solamente en el interior de las iglesias, sino que el cristiano debe estar allí donde está el conflicto, allí donde está la problemática social, allí donde mejor se expresan las profundas inquietudes del hombre de hoy. Los lugares donde se da la mayor fractura social deberían ser el campo de misión prioritario de los creyentes. Y aquí el laico solidario y evangelizador podría tener una ventaja tremenda. El laico, más que como un profesional de la religión, se puede pasear como un hombre en compromiso, un agente de liberación en medio de un mundo en conflicto. De ahí que los pastores y sacerdotes deberían aceptar como misión preferente y prioritaria, la formación de laicos que puedan ser agentes de evangelización comprometida en los lugares de conflicto, así como en los centros de trabajo y allí donde por su formación y profesión pudieran abarcar diferentes campos o áreas sociales donde mostrar un cristianismo en acción. Nuestra acción debe desenvolverse allí donde luchan y sufren las personas a las que queremos servir y comunicar un mensaje de esperanza.

Nadie se atrevería a negar, leyendo a los profetas y reflexionando sobre la vida de Jesús, que la denuncia de la maldad y de la opresión, así como la lucha por la justicia y el servicio a los marginados y excluidos de la historia, es parte integrante del anuncio del Evangelio.

De ahí que yo a veces diga que la Evangelización comporta tres facetas igualmente importantes: el anuncio, la denuncia y la acción social evangelizadora en busca de la justicia y de la dignificación de las personas.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2003, Madrid, España.
  

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