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Número 14 - 5 de diciembre, 2003
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dLirios y troyanos
LUIS MARIÁN

Habel: todo es Vanidad

 

Hebel es el nombre artístico de un querido músico y amigo. Su apodo, además de sonar bien, no es otra cosa que un término hebreo con varios significados, a saber: vapor, vanidad, neblina, suspiro, sin sentido. Como se observa, todos los conceptos poseen algún tipo de relación. Y es que decir que la vanidad es una reacción vacía no sorprende a nadie. Pero curiosamente, ninguno nos salvamos de agarrarnos en mayor o menor medida al humo de lo presuntuoso, pues el desear que los demás nos admiren, halaguen, idolatren o simplemente lean nuestros artículos sobre la vanidad no deja de ser algo muy nuestro.

Nos podemos volver avaros, deshonestos, malvados (me refiero a convertirnos en algo peor aún de lo que ya somos), o hasta traidores y embusteros con tal de poseer una imagen molona. Todos sabemos de lo que hablo, pues estas actitudes nos resultan tan cotidianas que en ocasiones me planteo si no será el deseo de ser reconocido el motor que mueve el mundo. Es una duda… Pero de lo que sí estoy seguro es que ese orgullo destructor nos puede llevar también a ser caritativos, eruditos, pastores o intercesores entre otros nobles menesteres. Podemos convertirnos en todas estas cosas tan loables tan sólo para reforzar una falta de autoestima que quizás debería haber mamado más de lo que Dios dice de nosotros en lugar de entregarnos al poder corrosivo del “que dirán”.

Sí había algo que enfurecía al Cristo de los evangelios era precisamente el hacer el bien por vanidad religiosa: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha” (Mateo 6, 1-3). La religión esclaviza, pero la religión por vanidad esclaviza cien veces.

Y es que a pesar de las nítidas palabras de Jesús seguimos buscando el reconocimiento de los otros, como si la nueva vida que emana de la redención fuese un desfile de modelos. Pero en el extraño Reino de Dios no existen políticos que besan niños ante las cámaras, ni famosos que visitan hospitales con un séquito de fotógrafos. No, aquí no hay nada de eso. O al menos no debería haberlo, pues así de raro es el evangelio. Un estilo de vida donde sólo el reconocer a otros (sin el “NOS” delante) es fuente de bendición. Pues la vanidad como fin se convierte precisamente en eso… en nuestro fin.

Como en una de las canciones de Hebel, al dar rienda a nuestro oscuro “yo”, de repente se corta el río de la unción y “la muerte empieza a morar en tu interior y un gran muro oculta la fealdad y pestilencia de un corazón que se pierde sin ver la luz, encerrado en el calabazo donde no hay lugar para la inocencia”. La vanidad es traidora porque se disfraza de identidad cuando sólo es vapor de corrupción, o dicho en palabras de Jesús: “todo el que quiere salvar su vida, la pierde; y todo el que pierde su vida por mí y el evangelio, la salva”(Marcos 8, 35). Lo que el Maestro está diciendo es que lo único que puede hacernos libres de verdad es Dios mismo. Nada más.

El caminar cristiano es una consecuencia de la redención y nunca un instrumento para nada. Mírate y evalúa si hay algo de esto en ti. Yo en mí si lo veo, y quiero seguir viéndolo para poder quitármelo de encima. Porque el asqueroso humo de la vanidad no se evapora cerrando los ojos ni tampoco con caretas antigás.

No podrás arreglarlo lanzándote al suelo porque enseguida la habitación se llenará de gases tóxicos y habrás perdido tu existencia en una condición de probrecillo. Sólo decidiendo creer lo que Dios dice de ti podrás “besar las nubes, besar el cielo y volar, surcar los aires, unirte al cielo y escapar” (Hebel). Sólo así.

 

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Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con los no creyentes.

 
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