| Las
canciones gospel de Dylan Los principales artistas de la música gospel afroamericana
se han reunido para interpretar las canciones que Bob Dylan
hizo para los discos que publicó tras su conversión al cristianismo
a finales de los años setenta, Slow train coming (El
lento tren que viene) y Saved (Salvado). Su
título nos recuerda que todos servimos a alguien, Gotta
serve somebody. Al final el propio Dylan canta a dúo
con su amiga Mavis Staples, su deseo reiterado de querer
cambiar su forma de pensar (Gotta change my way of
thinking).
Su aparición coincide con el sorprendente anuncio de que
este reservado artista ha aceptado finalmente que el director
Todd
Haynes ruede una película sobre su vida, algo a lo que el
cantante siempre se ha resistido.
Su discográfica ha llamado para esta ocasión a músicos
como Aaron Neville, el gran vocalista de Nueva Orleans, para
recrear estas canciones. Todo por supuesto con la bendición
de Dylan, que ha tenido siempre mucho aprecio por estos temas.
De hecho cuando el presidente Clinton le entregó en 1997
el Premio Kennedy, Dylan escogió Gotta serve somebody, para
que Shirley Caesar cantara en la ceremonia. Es esa versión gospel la
que abre este disco, acompañada por la misma banda de aquellos
años. Aquí están desde los Mighty Clouds of Joy, con
su peculiar estilo shout, al toque rural de los Fairfield
Four (conocidos por la banda sonora de O´Brother),
pasando por el sonido masivo de un coro de Chicago, hasta
la voz desnuda de Rance Allen. La gran noticia estos días ha sido también su autorización
para el rodaje de una película, basada en su biografía, ya
que Dylan ha mantenido siempre un hermetismo total sobre
su vida. El director escogido, Todd Haynes, es el autor de
una extraña película llamada Lejos del cielo, que
ha recreado con extraordinaria fidelidad el espíritu de los
años cincuenta en Estados Unidos. Dylan acaba de participar
de hecho en una banda sonora de una historia sobre la primera
mitad de la guerra civil americana, Dios y generales, para
la que el artista interpreta una balada folk. Él mismo
actúa también en otro film que no ha sido estrenado
en España, Enmascarado y anónimo, en el que tiene
como compañera de reparto a Penelope Cruz, cuyo personaje
muestra una curiosa religiosidad. Es un relato bastante apocalíptico,
algo que siempre ha interesado a Dylan. El difícil carácter de Robert Zimmerman (Duluth, 1941),
que es como se llama en realidad Dylan, ha puesto a prueba
a menudo a sus seguidores. Pero ninguno de sus bandazos,
desde la electrificación de su banda en 1965 hasta su giro
al country el año 69, es comparable a su chocante
inmersión en el cristianismo a finales de 1978. Tras una
gira agotadora por todo el mundo, Dylan había tenido una
frenética actividad, por la que intentaba huir del fracaso
de su matrimonio con Sara. Se casó con ella en secreto en
1965, tuvieron cuatro hijos (cinco, con otro que tenía ya
ella), y aunque se separaron en 1974 (la época de Blood
on the Tracks), se habían vuelto a reconciliar
al año siguiente (cuando hizo Desire). Pero
su divorcio el año 77 abre una larga lucha por la custodia
de sus hijos, que han sido siempre muy importantes para él.
Muchas de sus canciones describen en realidad esa historia
de amor y odio, que es su matrimonio con Sara. Dylan se sentía tan infeliz entonces, que había llegado
a considerar seriamente la posibilidad del suicidio. Algo
insólito en él, que suele ser más agresivo que desesperado.
Algunos de los amigos y músicos de su banda se habían hecho
cristianos, tras los excesos de los años sesenta y principios
de los setenta, cuando muchos habían visto sus vidas arruinadas
por los abusos del alcohol y las drogas. Otros dicen que
Dylan tuvo una visión de Jesús como Rey de reyes, en un hotel
de Tucson (Arizona). Pero lo cierto es que la persona clave
en su conversión fue una mujer afroamericana llamada Mary
Alice Artes, que había llegado a formar parte de la Comunidad
de la Viña, una pequeña iglesia evangélica en el valle
de San Fernando de Los Angeles. Este grupo había sido fundado el año 74 por un pastor y
cantante de pasado luterano, Ken Gulliksen. Al ser una iglesia
pequeña, carecía de local propio, por lo que se reunían en
lugares alquilados o en la misma playa californiana. A principios
del 79 Artes puso en contacto a Dylan con dos pastores de
esta comunidad, llegando a entrar en una escuela de discipulado,
donde estudiaron la Biblia cada mañana durante más de tres
meses. Los dos fueron bautizados aquel mismo año. Un libro
clave para él entonces fue La gran agonía del planeta
Tierra, la particular visión apocalíptica de Hal Lindsay,
por la que Dylan entendió que estabamos al borde de la batalla
de Armagedón, un conflicto mundial que comenzaría después
que Rusia atacara Oriente Medio, y China se presentara allí con
un ejército de dos millones de soldados. Su nueva fe le empezó a inspirar canciones tan diferentes
que pensó en cedérselas a una de sus cantantes afroamericanas,
pero finalmente decide grabar Slow Train Coming en
1979, un disco que habla directamente de su
nueva relación con Jesucristo. Sus primeros conciertos en
San Francisco muestran a un Dylan diferente, que se niega
a cantar sus antiguas canciones, repitiendo las palabras
de Pablo a los Corintios: “Las cosas viejas pasaron;
he aquí todas son hechas nuevas”. Las actuaciones comenzaban
con temas gospel interpretados por las mujeres que
le acompañaban entonces, con las que parece que tuvo también
relaciones íntimas. Ya que lo sorprendente es que su fe no
ha demostrado tener demasiadas consecuencias en el terreno
de su moralidad sexual. Todas estas cantantes afroamericanas se consideraban por
supuesto cristianas. Bob oraba de hecho antes de los conciertos
con todos sus músicos, a los que se veía a menudo cogidos
de la mano en circulo. Vestido con su cazadora de cuero negra,
parecía un cantante de rock, pero hablaba como un
predicador. Por lo que sus sermones provocaban la respuesta
de los gritos de un público que no sabía cómo reaccionar
ante todo aquello. La mayoría de los críticos le ridiculizaron
entonces terriblemente. “Dívinamente horroroso”, titulaba
su crónica uno de los comentaristas. Otro decía: “Dylan ha
escrito algunas de las más banales canciones de toda su carrera,
carentes de toda inspiración e imaginación”. Y el principal
diario de San Francisco profetizaba de hecho que “años después,
cuando los historiadores sociales miren atrás hacía estos
años, la conversión de Dylan será una concisa metáfora del
inmenso vacío de esta época”. ¿Qué ha quedado entonces de su fe?. Muchos me han hecho
esta pregunta desde la monografía que hice sobre Dylan el
año 85 para Andamio. La verdad es que nunca he sabido
muy bien qué decir. Siempre ha sido muy difícil saber algo
con seguridad de esta leyenda viva de la música norteamericana.
Ya que sus entrevistas suelen basarse en lacónicas declaraciones,
apenas tiene vida social, y rara vez dice algo en medio de
las canciones de sus conciertos. Pero hay una nueva biografía
de Dylan que ha hecho el periodista londinense Howard
Sounes. Acaba de ser publicada ahora en castellano en una
edición de bolsillo, y en ella hay bastante información sobre
estos últimos años. Es evidente que Dylan estaba buscando algo que diera sentido
a su vida. Estaba angustiado e inquieto. Abusaba del alcohol,
y se sentía culpable y desorientado. Se encontraba tan bajo
de ánimo que necesitaba algo o alguien que le ayudara a levantarse. “No
podía hacerlo solo”, cantaba en Ángel precioso: “Tú me
mostraste que estaba ciego, / cuán débil era el fundamento
sobre el que me sostenía”. Y confiesa a la Mujer del Pacto: “He
sido roto / destrozado como una taza vacía / sólo espero
que el Señor me reconstruya y me llene”, una vez que ha encontrado “una
mujer temerosa de Dios”. Un periodista que ha escrito un
libro sobre aquella época, Paul Williams, reconoce que aunque él
no sea cristiano, “su gratitud a su Señor y a la mujer que
le mostró el camino, está expresada de un modo tan hermoso
y humilde, que aunque uno sea extraño a todo eso, no puede
menos que conmoverse”. En ¿Qué puedo hacer yo?, Dylan cantaba al Señor: “Tú me
has dado vida para vivir”. Y su oración era sincera. Podía
decir: “He escapado de la muerte tantas veces, que sé que
sólo vivo / por la gracia salvadora que está sobre mí”. Dylan
estaba verdaderamente agradecido. Souman cree que “Bob creía
de verdad lo que cantaba, y al final sufría por hacer pública
su fe”. Ese es el cuadro que hace también el pintor Francesco
Clemente en otro librito sobre aquellos días, en que parecía
tan empecinado e inamovible en sus creencias. Pero enseguida
descubrió otra realidad dentro de él: “Son los caminos de
la carne, / la guerra contra el espíritu, / 24 horas al día,
/ puedes sentirlo, puedes oírlo” (Solid Rock). “Satanás te susurra: / Bueno no quiero que te aburras, /
cuando estés cansado de esa señorita / tengo otra mujer para
ti”, canta en Inquietud en la mente (Trouble in
Mind). Estos son probablemente algunos de los versos
más reveladores que ha hecho Dylan en toda su vida. Aquí vemos
la realidad de su problema, que de una forma evidente se
muestra en su difícil relación con el sexo. Es eso de lo
que “estás todo el tiempo defendiéndote, / que no puedes
nunca justificar, / dices que todo el mundo lo hace / así que
piensas, no puede estar mal”. Aquí están todos sus miedos,
dudas y miserias, entre los que se debate a lo largo de todos
estos últimos años. Su biografía nos muestra cómo va de una
a otra relación, esperando que una mujer le redima de esa
angustia, que le hace clamar a Dios: “Señor, quita esta inquietud
de mi mente”. “Aquí viene Satanás, / el príncipe de la potestad del aire,
/ él te va a hacer una ley para ti, / construir un nido de
pájaros en tu pelo, / y adormecer tu conciencia / hasta que
adores la obra de tus manos, / y estés sirviendo a extraños,
/ en una tierra lejana y vacía.” No puedo escuchar estas
palabras de Inquietud en la mente sin pensar en Dylan
ahora, solo y aislado. Es por eso que algunos seguimos rogando
a Dios por Bob, para que encuentre la paz que todavía no
ha encontrado. Porque como él bien sabe, ya que es una de
sus canciones preferidas: “Tienes que servir a alguien, /
puede ser al diablo, / o puede ser al Señor, / pero tienes
que servir a alguien” (Gotta serve somebody).
José de
Segovia Barrón es periodista, teólogo y pastor
en Madrid.
© J. de Segova, I+CP, 2003. I+CP (www.ICP-e.org)
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