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Número 14 - 5 de diciembre, 2003
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Sergio de LIs

Rosalía, esa sombra…
(II) Esa sombra innombrable

Ben F. Stahl


Dejando establecida su importancia literaria, queremos finalmente concretar un poco más a la persona, a la mujer: hay un algo, como un misterio que la mantiene desdibujada. Quizá sea parte de la leyenda: “Es la saudade tímida que vuela por los camposantos, los pinares, el crepúsculo, los viejos bosques y los templos silentes...”, dice de ella Ramón 0. Pedrayo. Pero, lo que sospechamos, pero no aseguramos, puede haber tenido una trascendencia fatal para nuestra escritora.

El porqué de su dolor, de su tristeza, del confiar y desconfiar de Dios, casi al unísono, la sombra, su muerte prematura, todo esto nos provocaba muchas preguntas; y lo que aparentemente carecía de importancia, como fue su estancia en Madrid en 1856, "para pasar una temporada en casa de unos familiares", cuando tenía 19 ó 20 años y que no fue explicado por ningún biógrafo, nos hizo empezar a sospechar. ¿Vino acaso porque el aire de Madrid es muy seco y es recomendable para enfermos pulmonares?
Parece ser que a principios de nuestro siglo se descubrió el remedio para combatir una terrible enfermedad, que en ese momento afectaba al 80-
90% de nuestra población, nada menos. Era la tuberculosis, o tisis, y los que la padecían y sus familias hacían lo posible por ocultarla, dado que se la consideraba vergonzante porque era causada por la falta de alimentación, ambientes húmedos, insalubres... por la pobreza. Y claro, la padecieron abundantemente los artistas, casi siempre los literatos y, especialmente, los poetas. Se la consideraba una enfermedad romántica, quizá por el padecimiento "de por vida" y por la muerte temprana que producía -como si se debiera a la desesperación o a la infelicidad, tan propias de los jóvenes-.

Si fue el caso de Rosalía, nos explicamos mucho de su dolor y tristeza, de su ir y volver a Dios desesperado... “Por qué, Dios piadoso,/por qué llaman crimen/ir en busca de la muerte que tarda,/cuando a uno esta vida le cansa y le aflige?”.

Ella, al fin y al cabo, exigía poco a la vida pero, ni siquiera eso le daba. "¡Paz, paz deseada!,/para mí, ¿dónde está?/Quizás no he de tenerla... /¡ni la tuve jamás!/Sosiego, descansos/¿dónde he de encontrarlos?/En los males que me matan,/en el dolor que me dan./¡Paz, paz, eres mentira./¡Para mí no la hay!".

La sombra, lo que siempre va con ella, ¿no será ese terrible sufrimiento, ese boquear como si la falta de aire fuera un irse la vida?

En todo estás y tú lo eres todo,
para mí y en mí misma moras,
ni me abandonarás nunca,
sombra que siempre me asombras.
(De "Negra sombra", del libro "Follas novas")

Pero, no leamos estos versos, como de pasada, porque fueron escritos cuando la mujer estaba siendo forjada por el martillo del dolor para ser un poeta completo. Y en esos momentos se está solo y nadie oye ni los golpes, ni los ayes. Con lo que queremos decir que los escribió para sí, como algo que es intransferible, como el dolor que los crea. Ella misma dice de ellos: "Gardados estaban, ben podo decir que para sempre, estos versos, e xustamente condenados pola súa propia índole á eterna olvidanza, cando... vellos compromisos... obrigáronme a xuntalos... e dalos á estampa. "¡Vaian en boa hora, dixen entonces,... probes exendros da miña tristura...".

(Publicado en el nº 182 de Edificación Cristiana) RESUMIDO

© Revista Edificación Cristiana, nº 207. Resumido por el autor.

 
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