| Rosalía,
esa sombra…
(II) Esa sombra innombrable
Dejando establecida su importancia
literaria, queremos finalmente concretar un poco más
a la persona, a la mujer: hay un algo, como un misterio
que la mantiene desdibujada. Quizá sea parte de
la leyenda: “Es la saudade tímida que vuela
por los camposantos, los pinares, el crepúsculo,
los viejos bosques y los templos silentes...”, dice
de ella Ramón 0. Pedrayo. Pero, lo que sospechamos,
pero no aseguramos, puede haber tenido una trascendencia
fatal para nuestra escritora.
El porqué de su dolor, de su tristeza, del confiar
y desconfiar de Dios, casi al unísono, la
sombra, su muerte prematura, todo esto nos provocaba muchas preguntas;
y lo que aparentemente carecía de importancia,
como fue su estancia en Madrid en 1856, "para pasar
una temporada en casa de unos familiares", cuando
tenía 19 ó 20 años y que no fue
explicado por ningún biógrafo, nos hizo
empezar a sospechar. ¿Vino acaso porque el aire
de Madrid es muy seco y es recomendable para enfermos
pulmonares?
Parece ser que a principios de nuestro siglo se descubrió el
remedio para combatir una terrible enfermedad, que en
ese momento afectaba al 80-
90% de nuestra población, nada menos. Era la tuberculosis,
o tisis, y los que la padecían y sus familias
hacían lo posible por ocultarla, dado que se la
consideraba vergonzante porque era causada por la falta
de alimentación, ambientes húmedos, insalubres...
por la pobreza. Y claro, la padecieron abundantemente
los artistas, casi siempre los literatos y, especialmente,
los poetas. Se la consideraba una enfermedad romántica,
quizá por el padecimiento "de por vida" y
por la muerte temprana que producía -como si se
debiera a la desesperación o a la infelicidad,
tan propias de los jóvenes-.
Si fue el caso de Rosalía, nos explicamos mucho
de su dolor y tristeza, de su ir y volver a Dios desesperado... “Por
qué, Dios piadoso,/por qué llaman crimen/ir
en busca de la muerte que tarda,/cuando a uno esta vida
le cansa y le aflige?”.
Ella, al fin y al cabo, exigía poco a la vida
pero, ni siquiera eso le daba. "¡Paz, paz
deseada!,/para mí, ¿dónde está?/Quizás
no he de tenerla... /¡ni la tuve jamás!/Sosiego,
descansos/¿dónde he de encontrarlos?/En
los males que me matan,/en el dolor que me dan./¡Paz,
paz, eres mentira./¡Para mí no la hay!".
La sombra, lo que siempre va con ella, ¿no será ese
terrible sufrimiento, ese boquear como si la falta de
aire fuera un irse la vida?
En todo estás y tú lo eres todo,
para mí y en mí misma moras,
ni me abandonarás nunca,
sombra que siempre me asombras.
(De "Negra sombra", del libro "Follas
novas")
Pero, no leamos estos versos, como de pasada, porque
fueron escritos cuando la mujer estaba siendo forjada
por el martillo del dolor para ser un poeta completo.
Y en esos momentos se está solo y nadie oye ni
los golpes, ni los ayes. Con lo que queremos decir que
los escribió para sí, como algo que es
intransferible, como el dolor que los crea. Ella misma
dice de ellos: "Gardados estaban, ben podo decir
que para sempre, estos versos, e xustamente condenados
pola súa propia índole á eterna
olvidanza, cando... vellos compromisos... obrigáronme
a xuntalos... e dalos á estampa. "¡Vaian
en boa hora, dixen entonces,... probes exendros da miña
tristura...".
(Publicado en el nº 182 de Edificación Cristiana)
RESUMIDO
© Revista Edificación
Cristiana, nº 207. Resumido por el autor.
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