| Conservadores ‘Y este día os será en
memoria, y lo celebraréis como fiesta solemne para el
Señor durante vuestras generaciones; por estatuto perpetuo
lo celebraréis.’ (Éxodo 12:14) ‘Entonces se acercaron a Jesús ciertos escribas
y fariseos de Jerusalén, diciendo: ¿Por qué tus
discípulos quebrantan la tradición de los ancianos?
Porque no se lavan las manos cuando comen pan.’ (Mateo
15:1-2) Uno de los debates que la posguerra en Irak ha levantado
concierne a la manera de referirse a los iraquíes
que están haciendo frente a las tropas extranjeras
allí desplegadas. ¿Son terroristas? ¿Son
resistentes? ¿Son guerrilleros? ¿Son combatientes? ¿Son
insurgentes? Depende a quien escuchemos, así oiremos
un término u otro. Si habla alguno de los dirigentes
de la coalición internacional el calificativo con
el que los denominarán será unívoco:
Son terroristas a todas luces; pero si leemos la prensa entonces
las denominaciones pueden variar, aunque en España
la preferida suele ser la de resistentes. Es evidente que
no es lo mismo nombrar a alguien como terrorista que hacerlo
como resistente, lo primero ya lleva aparejada implícitamente
una condena moral y un rechazo de fines y medios, lo segundo
despierta comprensión y hasta simpatías, especialmente
cuando se trata de la lucha del pequeño ante el gigante. Y no digamos si el calificativo es el de guerrillero, al
que inmediatamente se une toda una aureola mítica
de héroe estilo Robin Hood que roba a los ricos para
darle a los pobres o de Che Guevara, que lucha en las selvas
perdidas de Sudamérica contra los gobiernos corruptos
y dictatoriales de toda índole. Pero como el vocablo
guerrillero -de claro origen hispánico- no es usual
para describir a insurgentes en un contexto musulmán
pues ha quedado asociado, precisamente por el Che Guevara,
con los grupos que pelean en Latinoamérica, se usa
otro de claro origen árabe: Mujahidin, esto es, combatiente
o guerrero. Esta palabra procede de jihad, la famosa palabra
que significa ‘guerra santa’ en árabe,
con lo cual alcanzamos con este calificativo el pináculo
semántico, pues estamos nada menos que, para un musulmán,
ante algo no sólo no reprobable y ni siquiera humanamente
admirable sino ante algo que trasciende todo eso pues tiene
la aprobación del mismo Dios. De manera que desde
terrorista hasta mujahidin hay todo un abanico de términos,
cargados todos ellos de importantes connotaciones morales. Por eso una de las cuestiones más importantes en
conflictos abiertos es el de ganar la guerra de la terminología,
pues muchas de las simpatías o antipatías de
los espectadores se inclinarán hacia uno u otro lado
dependiendo de la consistencia que tengan las palabras que
se usen para describir al adversario. De ahí la suprema
importancia que adquiere en los conflictos bélicos
modernos el papel de la propaganda, que en la Segunda Guerra
Mundial ya adquirió carta de primerísima categoría,
tanto por parte de los nazis, con Goebbels como artífice,
como por parte de los aliados. Pero a estas alturas, comienzos
del siglo XXI, y con una tecnología y unos medios
de comunicación que ni el mismísimo Goebbels
hubiera soñado, el poder de la propaganda ha alcanzado
niveles tales de sublimación que hasta la propia idea
de propaganda ha quedado sumida en el concepto de comunicación,
de manera que los poderes de turno comunican su propaganda
con el ropaje de una comunicación supuestamente objetiva. Pero ¿Quién tiene razón, por ejemplo,
en la denominación para referirse a Viriato? Viriato
fue aquel pastor lusitano que aparecía en la sección
de Historia de la Enciclopedia Álvarez, que era el
libro de texto en España cuando éramos niños
los que ahora rondamos los 50 años. Era el prototipo
de héroe ibérico: Valiente, osado, inteligente,
organizador y, por encima de todo, patriota hasta los tuétanos,
hasta el punto de enfrentarse al mismísimo Imperio
Romano. La propaganda estatal, que aleccionaba nuestras infantiles
mentes por medio de su interpretación de la Historia
de España, nos lo presentaba como el héroe
anticipo de toda una saga de héroes posteriores, ya
fueran el Cid Campeador o El Empecinado, personajes llenos
de bravura, luchando por una causa justa en contra de un
poder superior opresor. La evaluación sobre Viriato
no dejaba lugar a dudas: En él teníamos un
resumen de las virtudes de lo que debe ser un buen español.
El problema de esa visión del personaje era que procedía
sólo de una parte y nunca se nos dijo qué pensaba
la otra parte sobre él. Seguramente para Roma, Viriato
no era más que un bandido, una especie de malhechor
que puso en jaque a sus legiones muchas veces, ocasionando
cuantioso sufrimiento y muertes. Seguramente para Roma, Viriato
era cualquier cosa menos un héroe; un villano, un
canalla procedente de una cultura atrasada y renuente a aceptar
una civilización desarrollada y avanzada, como era
la romana. Sí, dependiendo de las palabras que usemos podemos
hundir o levantar a un personaje o a una causa. Si para los
españoles Francis Drake no fue más que un pirata
asaltador de galeones y buques españoles durante el
reinado de Felipe II, para los ingleses es uno de sus héroes
nacionales, con el título de Sir incluido. La terminología
es lo que hace la diferencia. Si se gana la guerra de la
terminología se habrá ganado una buena parte
de la misma, pero si se pierde es posible que la guerra misma
esté perdida. Por eso ETA tiene perdida desde hace
tiempo una buena parte de su guerra porque hace tiempo que
perdió la batalla de la terminología: Salvo
algunos miles de simpatizantes que los catalogan como gudaris
(soldados) para el resto no son más que vulgares terroristas. Una de las palabras con las que se define, para denigrar
o para enaltecer, a determinadas personas en ambientes políticos
o eclesiásticos es conservador. Para unos, conservador
es sinónimo de gruta o caverna, para otros, de moderación
y sobriedad. Pues bien, en mi opinión hay una clase
de conservadurismo que es un obstáculo total a los
planes de Dios y que hay que desechar cuanto antes, pero
hay otro tipo de conservadurismo que es la voluntad perfecta
de Dios. Los textos bíblicos arriba citados nos muestran
un ejemplo de ambos: el primero, con la frase ‘estatuto
perpetuo’, habla de algo inamovible e inmutable, el
segundo, con la expresión ‘tradición
de los ancianos’ de algo puramente humano y por lo
tanto sin autoridad legítima. Que Dios nos ayude a
distinguir lo que hemos de conservar y lo que hemos de desdeñar.
Que seamos conservad
.
Wenceslao Calvo es conferenciante
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2003, Madrid, España.
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