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Número 15 - 9 de diciembre, 2003
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Juan Simarro

Jesús, el ritual religioso y el amor

Jesús fue un poco desconcertante para los que basan su religiosidad en la práctica del ritual, en la observancia de los signos externos. Cuando miramos los posicionamientos de Jesús ante la Ley, se podría decir, quizás con acierto, que Jesús pasa del amor a la Ley a la ley del Amor. Los grupos religiosos del momento, fariseos, saduceos, esenios y otros estaban obsesionados por la interpretación y el cumplimiento de la ley y todos y cada uno de los aspectos de la religión y de la vida se articulaban a través de la Ley. Y Jesús tuvo que moverse en un ambiente totalmente trenzado y vertebrado por el cumplimiento de la Ley. Allí estaban los diferentes grupos que, en muchas ocasiones, le criticarán e incluso le pondrán ciertas trampas o dificultades de las que Jesús tendría que salir victorioso. Pero lo que está fuera de toda duda es que Jesús no se alinea con ninguno de los grupos intérpretes y cumplidores de la Ley.

Así, Jesús choca, por ejemplo, con la cuestión del sábado. ¿Qué es el sábado para Jesús? El sábado estaba unido a la Ley y al rito. Era el símbolo de una religión ritualista, una religión que se apoyaba de forma muy fuerte sobre la observancia de una simbología externa, de unos signos visibles y tangibles que no era lo más importante para Jesús. Para Jesús lo más importante es el hombre. Este es el lugar sagrado por excelencia, por encima del templo, del ritual y el cumplimiento de fiestas y solemnidades. Cualquier parte del ritual no es lo absolutamente importante. Por encima de todo está el hombre y todo ha sido hecho para él: “El sábado se ha hecho para el hombre y no el hombre para el sábado”. De ahí que para Jesús, lo absoluto no sea el rito, sino que lo total y único absoluto es el amor. Al amor se debe subordinar todo lo demás. De ahí que cuando está fallando el amor al prójimo y le oprimimos, lo despojamos o somos insolidarios con su sufrimiento o su pobreza, no vale para nada el ritual. Dios lo rechaza y cierra sus oídos a todo acto religioso y de culto.

Así, no es de extrañar que el valor del templo, de la ofrenda y del altar queden subordinados al amor al prójimo: “... si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mateo 5:23-24). Lo mismo pasa con el sábado y con otros cumplimientos. Ya Dios a los profetas les había mostrado esta línea. Por eso en muchos pasajes de los profetas se muestra a un Dios que no se goza en el ritual porque su pueblo oprime a los trabajadores y no es solidario con el huérfano y la viuda. Así, Dios, hablando por boca de los profetas dice: “¿Es tal el ayuno que yo escogí, que de día aflija el hombre su alma, que incline su cabeza como junco y haga cama de cilicio y de ceniza?” Hacían este ritual, pero oprimían a los trabajadores. Las inclinaciones y genuflexiones, los cilicios y toda parte del ritual externo, quedan supeditados al amor.

Jesús lleva toda esta línea profética hasta el extremo. Más importante que los cumplimientos del sábado o cualquier otra parte del ritual, es el salvar al hombre, amarle, servir a la vida. Pero Jesús no deroga la Ley, sino que le da una luz especial viéndola a través del prisma del amor, de la justicia y de la vida abundante.

No es que Jesús elimine el rito, sino que no lo absolutiza, lo relativiza en comparación con la fuerza del amor. El rito lo puedes cumplir, puedes ayunar o cumplir con el día de reposo. Pero siempre que cumplas un requisito previo: no pasar de largo ante el dolor o necesidad de tu prójimo. Por tanto no es que el amor te exima del ritual, sino que el amor está a la base de toda relación con Dios y, sin él, el ritual suena ante Dios como “metal que resuena o címbalo que retiñe” molestando a los oídos de Dios mismo.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2003, Madrid, España.
  

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