 |
Los
otros grafittis de Satán
“El mundo no está en
peligro por las malas personas
sino por aquellas que permiten
la maldad”,
Albert Einstein
El marketing del diablo es mucho
mejor que el de Dios. Si uno quiere levantar expectativas
respecto
a un poema, película, o canción, mejor poner
la palabra “Satán” en lugar del vocablo “Dios”,
o no digamos ya en el lugar de “Jesucristo”. Bueno,
si se quiere subir las ventas de la obra también se
puede usar un truco: incluir términos divinos si se
acompañan de otros del tipo “embuste” “oculto” “manipulación” u
otras palabras susceptibles de paráfrasis agnóstica.
Una pintada realizada por satanistas
en una iglesia ofrece más comentarios entre nosotros
que la noticia de la restauración de un toxicómano
por medio del Espíritu Santo. Y no es que lo de
las pintadas sea para ignorarlo, pero ante estos sucesos
muchos se olvidan de ser prácticos y empáticos
y se enganchan al morbo de enarbolar las oscuridades del
demonio provocando el deterioro espiritual de ingenuos
oyentes… con lo que la actitud se convierte en una
especie de exposición telebasuril de estilo evangelical. Los
actos vandálicos nos recuerdan de nuevo que nos
encontramos dentro de un mundo lleno de violencia, injusticias,
prejuicios y pintadas en todo tipo de fachadas físicas
y etéreas. No hay que olvidar que cuanto más
desinteresadamente nos preocupemos por los necesitados y
la sociedad en general, más propensos estaremos a
la persecución y al rechazo, e incluso puede que más
cercanos al despertar y avivamiento de la propia iglesia,
porque la realidad es que eso del ghetto es tan cómodo
como anticristiano. El caso es que nos encontramos ante una
cuestión anatómica: cuanto menos nos miremos
el ombligo más grafittis de todo tipo veremos en las
paredes de nuestras iglesias, casas y vidas en particular.
Lutero decía que si se acostaba sin haber recibido
confrontación durante un día entero es que
algo había fallado en su comportamiento. El autor
de la carta a los hebreos es aún más contundente: “Considerad
a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores
contra sí mismo, para que vuestro ánimo no
se canse hasta desmayar. Porque aún no habéis
resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado” (12,
3-5). Toma tomate.
En ocasiones los propios creyentes,
con nuestros espavientos y morbo, somos los principales
promotores de los fans de
Lucifer, somos –como se publicaba en esta revista-
los mejores relaciones públicas de Halloween, y los
que hemos visto grafittis en iglesias, no queremos hacer
de abogado (sección merchandising) del diablo.
Los cristianos sabemos -o deberíamos saber- que además
de lo que vemos con nuestros ojos existen también
entes espirituales, que además son los verdaderos
enemigos de nuestra lucha -Efesios 6,12-. Es tal la bíblica
locura de esta creencia que para muchos creyentes la demonología
está considerada un tema tabú de principio
a fin. Sin embargo, para otros cristianos, se convierte en
una fascinación enfermiza y nada bíblica de
la que ya César Vidal nos avisa en su artículo “Magia
y fe”. En ambos casos (movidos en ocasiones por contrareacciones
doctrinales más que por un estudio riguroso de la
Palabra) gana el de abajo.
Satanás tiene muchas caras, y la más llamativa
es esa de los Marilin Mason y cruces invertidas, esa es la
que emociona a muchos, pero siempre me ha asaltado una convicción:
un satanista está más cerca de conocer a Dios
que el indiferente postmoderno (muchísimo más
numerosos estos segundos), y es que el satanista tiene inquietudes
espirituales, el indiferente no; el satanista es más
susceptible a ser reorientado, el indiferente no quiere orientación;
el satanista sabe que Dios existe, al indiferente Dios da
igual; el indiferente es tibio y no frío.
A menos que los pasotas espirituales
hereden el Reino de los Cielos, el culto a Belcebú nos debe resultar tan
espantoso como la adoración al dios Nadie o a Unomismo,
y a lo que nos debe lanzar sobre todas las cosas es a velar
en oración, buscar a Dios, ver si vamos por el buen
camino, y no propagar sustos y aquelarres, que para eso ya
está Stephen King. No nos inmunicemos todavía,
recordemos que la sombra del Jesucristo sangriento y lloroso
se alarga por igual sobre todos, incluso para el que no hace
pintadas. Todos iguales, todos distintos, todos necesitados
de la redención. Ojalá pronto nos escandalicemos
también por la siguiente noticia: “Ciudadano
impasible pasa por delante de una iglesia sin prestar atención
al versículo de la puerta”. La aversión
al Cristo tiene muchas caras y todas viven en el mismo lado.
Luis Marián trabaja en
Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado
al diálogo con no creyentes.
|
|