Número 15 - 9 de diciembre, 2003
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Editorial

Fundamentalismo laico

No quiere el señor Chirac, y con él más o menos la mitad de los franceses, que se haga ostentación de la propia confesión religiosa, ni proselitismo en ningún lugar público, en defensa del laicismo. Sin embargo, el laicismo no es la negación de la religiosidad, sino la separación de la Iglesia(s) y el Estado, con una relación de mutuo respeto.

El laicismo de Chirac es tan fundamentalista como el de quienes querrían obligar a llevar pañuelo en la cabeza a la iraní Segirin Ebadi que recogerá el Premio Nobel de la Paz.

Unos son fundamentalistas religiosos, que imponen a una persona el vestirse de la forma que “ellos” creen que es la correcta. El otro es un fundamentalista laico, creando una indumentaria universal agnóstica, religiosamente aséptica, a la vez que lleva la separación Iglesia/Estado a la anulación de la Iglesia por parte del Estado. Porque una Iglesia, cualquier iglesia o confesión, tiene su sentido de ser en el ”proselitismo” o predicación de las propias convicciones; de la misma forma que un partido político tiene un proyecto ideológico inseparable de la meta de propagarlo cuanto más mejor, salvo que no se crea realmente en las propias ideas. Predicación o “proselitismo” entendido como el derecho a la libre expresión de las propias ideas y razones.

Desde luego, el trasfondo de la yihab o velo islámico nos parece una agresión a la dignidad de la mujer, pero hay mujeres que así lo quieren, como hay monjas y curas célibes y con hábito, o roqueros que se atraviesan a piercings y tatuajes en esa religión que es la moda, su moda; a lo cual tiene todo el derecho. Mientras las consecuencias no sean graves e irreversibles, y no se entre en lo ilegal (léase ablación genital y otras barbaridades semejantes) estamos ante la elección personal de la libertad de cada cual a escoger su mejor o peor camino.

El auténtico trasfondo es que este tipo de laicismo rígido en el fondo está cargado de una profunda antireligiosidad, que lleva a una persecución de todo lo que se parezca a una búsqueda o relación auténtica con Dios. El Papa laicista acaba gobernando -en nombre de la laicidad- la fe, la moral y su expresión pública. La Inquisición laicista termina impidiendo creer más allá de la intimidad silenciosa del alma; y las Cruzadas laicistas prohiben que se diga nada que cuestione las ideas arreligiosas de la modernidad.

Creemos en un laicismo en el que todos los seres humanos son iguales, al margen de sus creencias. Libres de expresarlas, sean o no correctas para el resto, mientras no las impongan y se limiten a vivirlas, aunque sea en público (por cierto, no estaría de más que aquellos islámicos que defienden la el uso de la yihab en Europa exijan lo mismo en cuanto a los símbolos religiosos en los países árabes, en los que se puede ir a la cárcel por poseer o regalar una Biblia).

Pedimos que el Estado legisle en bien de los ciudadanos, y que la Iglesia(s) puedan desarrollar su acción propia en la esfera espiritual en bien de sus feligreses, sin interferencias mutuas ¿Será esto posible?

© ProtestanteDigital.com, España.

 
mARTEs
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