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Lo
decía Castelar
Discurso sobre la libertad religiosa
y la separación entre la Iglesia y el Estado
(12-IV-69) Emilio Castelar
No lo digo yo, lo decía Castelar.
Desde que lo hizo ha llovido mucho, aunque nunca suficiente
en esta seca y confusa tierra de España. El domingo
anterior se paseaba la Virgen de la Almudena bajo el palio
de Don Alberto Ruiz Gallardón, escoltado por la policía
municipal a caballo. ¿Estado aconfesional y secular?
Para nada, pero no lo digo yo, lo decía Castelar:
“¿Qué dije yo,
señores, qué dije yo entonces? Yo no ataqué ninguna
creencia, yo no ataqué el culto, yo no ataqué el
dogma. Yo dije que la Iglesia católica, organizada
como vosotros la organizáis, organizada como un poder
del Estado, no puede menos de traernos grandes perturbaciones
y grandes conflictos, porque la Iglesia católica con
su ideal de autoridad, con su ideal de infalibilidad, con
la ambición que tiene de extender estas ideas sobre
todos los pueblos, no puede menos de ser en el organismo
de los Estados libres causa de una continua perturbación
en todas las conciencias, causa de una constante amenaza
a todos los derechos”.
No pensemos que Emilio Castelar,
periodista, político
y gran orador, era antirreligioso o ateo, su madre, Maria
Antonia Ripio, era una ferviente católica que enseñó a
su hijo los principios básicos de la religión.
Su padre, Manuel Castelar, exiliado en Gibraltar por sus
ideas políticas, imprimió en Emilio su sentido
de libertad y democracia. Así respondía a un
prelado, diputado como él, para defender la libertad
de cultos en España:“Me preguntaba el Sr. Manterola si yo había estado en Roma. Sí,
he estado en Roma, he visto sus ruinas, he contemplado sus 300 cúpulas,
he asistido a las ceremonias de la Semana Santa, he mirado las grandes Sibilas
de Miguel Ángel, que parecen repetir, no ya las bendiciones, sino eternas
maldiciones sobre aquella ciudad; he visto la puesta del sol tras la basílica
de San Pedro, me he arrobado en el éxtasis que inspiran las artes con
su eterna irradiación, he querido encontrar en aquellas cenizas un átomo
de fe religiosa, y sólo he encontrado el desengaño y la duda”.
Castelar, miembro del minoritario
partido democrático en 1854, redactor
de los periódicos “El Tribuno del Pueblo” y “La Soberanía
nacional”, Catedrático de Historia Critica y Filosófica
en España, conferenciante del Ateneo de Madrid, eraº un hombre
de un gran bagaje cultural, filosófico e histórico. En las siguientes
líneas de su discurso hace un repaso histórico magistral y extemporáneo:
“Pues bien, Sres. Diputados; en aquel salón (sigue hablando del
Vaticano) se encuentran varios recuerdos, entre otros, don Fernando el Católico,
y esto con mucha justicia; pero hay un fresco en el cual está un emisario
del rey de Francia presentándole al Papa la cabeza de Coligny; había
un fresco donde están, en medio de ángeles, los verdugos, los asesinos
de la noche de San Bartolomé; de suerte que la Iglesia, no solamente acepta
aquel crimen, no solamente en la capilla Sixtina ha llamado admirable a la noche
de San Bartolomé, sino que después la ha inmortalizado junto a
los frescos de Miguel Ángel, arrojando la eterna blasfemia de semejante
apoteosis a la faz de la razón, de la justicia y de la historia”.
La Historia denuncia las injusticias y reclama la retribución, de nada
sirve pedir perdón sin restituir al agraviado. Castelar defiende estas
ideas desde el periódico “La Democracia”, fundado por él
en 1864. Sus críticas al gobierno y a la reina Isabel II le valen la
expulsión de la universidad, pero la manifestación de estudiantes
en la “Noche de San Daniel”, en la que varias personas son heridas
y muere un joven, le permiten volver a su cátedra. En 1866 tiene que
huir del país perseguido por sus ideas políticas. En el año
que pronuncia este discurso ha sido elegido diputado en las Cortes de la 1ª República.
En este periodo defiende la libertad de cultos y la separación
entre Iglesia y Estado.
“Grande es Dios en el Sinaí; el trueno le precede, el rayo le acompaña,
la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan; pero hay un
Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso
Dios del Sinaí, sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz,
herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios, y sin embargo,
diciendo: «¡Padre mío, perdónalos, perdona a mis
verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que se hacen!».
Grande es la religión del poder, pero es más grande la religión
del amor; grande es la religión de la justicia implacable, pero es más
grande la religión del perdón misericordioso; y yo, en nombre
del Evangelio, vengo aquí, a pediros que escribáis en vuestro
Código fundamental la libertad religiosa, es decir, libertad,
fraternidad, igualdad entre todos los hombres...”
El Dios del Calvario nunca estará
en la casa de los reyes, en los senados ni en las moquetas
de los poderosos. De Él es el mundo y su plenitud,
Él pone y quita gobiernos. ”...grande es
la religión del poder, pero más grande es la
religión del amor...” No lo digo yo, lo
decía Castelar.
Mario Escobar Golderos es licenciado
en historia y director de las revistas “Historia para
el debate” y “Kerigma".
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