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Número 15 - 12 de diciembre, 2003
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César Vidal Manzanares

El Espíritu Santo, un ser personal
PNEUMATOLOGIA DEL JUDEO-CRISTIANISMO PALESTINO DEL S. I

La visión acerca del Espíritu Santo desempeñó un papel de trascendental relevancia en el judeo-cristianismo palestino. Habitualmente, sin embargo, quizá debido a la discusión que gira en torno a la figura de Jesús, el tema ha quedado excluido o minimizado del examen relativo a este movimiento. Como tendremos ocasión de ver, el mismo, sin embargo, exige una aproximación inexcusable. Para empezar, el mismo libro de los Hechos conecta el crecimiento de la comunidad jerosilimitana precisamente con un fenómeno de manifestación del Espíritu Santo (Hch 2) que se situa cronológicamente en la fiesta de Pentecostés celebrada en el mismo año de la ejecución de Jesús.

Resulta además indiscutible, a la luz del testimonio de las fuentes, que los judeo-cristianos palestinos profesaban la creencia de hallarse inmersos en un periodo histórico donde el Espíritu se manifestaba (e iba a seguir haciéndolo) de una manera especialmente amplia.

Que tal confianza se fundaba en la convicción de que Jesús había resucitado así como en una reflexión a partir del Antiguo Testamento y, más específicamente, de la profecía de Joel, es algo que se desprende asimismo de las fuentes. Con todo, no puede descartarse tampoco que arrancara de alguna enseñanza de Jesús relacionada con el tema (Lc 3, 16 y par.) que incluso pudiera tener un origen anterior. Desde luego, presenta paralelos en las obras judías que sostenían que ya no existía revelación del Espíritu Santo y que ésta quedaba reservada para los tiempos escatológicos.
EL ESPÍRITU SANTO EN EL A.T.

El concepto de Espíritu Santo (también Espíritu de Dios, Espíritu de Yahveh o simplemente Espíritu) no era nuevo en el judaísmo. De hecho, podía retrotraerse al Antiguo Testamento donde aparece â en ocasiones, como un poderoso impulso procedente de Dios (Jue 13, 25; 14, 6); pero al que, en otros casos, se le atribuyen propiedades que presuponen una clara personalidad (I Sa 10, 10; 11, 6; 19, 20), siendo incluso difícil no ver en el mismo una hipóstasis del mismo Dios (2 Sa 23, 2; Neh 9, 20; Sal 104, 30; 139, 7; Is 40, 13; Ez 8, 3; 11, 5; etc).

Haciendo un inciso puede verse que textos como éstos descalifican a cualquier versión del Antiguo Testamento en que el Espíritu Santo aparezca escrito con minúsculas como si se tratara meramente de una simple fuerza. Una traducción así indicaría una mala filología y una teología incluso peor. Lo referido al Espíritu Santo es claramente palpable en la literatura sapiencial (Job 32, 8; 33, 4; Sab 1, 7; 8, 1 y A. De hecho, es difícil saber si el libro de la Sabiduría no llega a identificar a ésta con el Espíritu.

En cualquiera de los casos, ambas realidades presentan un contenido hipostático. Tampoco eran novedosas las referencias acerca de cómo ese Espíritu se iba a derramar sobre toda carne en los últimos días extendiendo su acción a sectores inimaginables de la misma como las mujeres, los jóvenes, los ancianos o los esclavos (Jl 3), y habitando en los corazones de los fieles (Ez 36, 27; 37, 14).

Como veremos a continuación, esta últimas características aparecen también reflejadas en el judeo-cristianismo palestino, si bien ligadas a matices originales de una especial trascendencia a los que nos referi­remos oportunamente. EL E.S. EN EL N.T.

Aunque algunos pasajes de las fuentes dan la sensación de que el Espíritu Santo era contemplado como un impulso divino similar al descrito en algunos textos del Antiguo Testamento (Hch 6, 3 y 5; 7, 55; 9, 17), lo cierto es que el judeo-cristianismo palestino parece haberlo observado mucho más como un ser personal y no meramente como una fuerza.

De él se dice que impulsó el fenómeno glosolálico de Pentecostés (Hch 2, 4), que era testigo de la resurrección de Jesús (Hch 5, 32), que se comunicaba verbalmente con los fieles (Hch 10, 19) y que tomaba parte en las decisiones comunitarias (Hch 15, 28).
La carta de Santiago lo presenta también como un ser personal "que anhela a los discípulos con celos" (4, 5). En cuanto al Apocalipsis, lo describe asimismo como un ser personal que comunica revelaciones a las iglesias en la suposición de que éstas las aceptaran (Ap 2, 7, 11, 17 y 29; 3, 6, 13 y 22; 14, 13; 22, 17) y al que se presenta, en algun caso, bajo una figura séptuple (1, 4;4, 5) quizá para transmitir la idea de omnipresencia.

La teología judeo-cristiana del Cuarto Evangelio concede también un papel muy relevante al Espíritu. De hecho, las afirmaciones que sobre el mismo se hacen especialmente en los capítulos 14, 15 y 16 obligan a pensar que era concebido también como un ser personal que, procedente del Padre, enseña todo y recuerda las palabras de Jesús (Jn 14, 26); da testimonio del mismo (Jn 15, 26); guia a los discípulos a toda verdad, comunica revelaciones divinas y anuncia con antelación lo que va a suceder (Jn 16, 13); glorificando asimismo a Jesús (Jn 16, 14).
Esta visión personalizada del Espíritu que, como acabamos de ver, tiene un origen judeo-cristiano palestino, aparece también en el judeo-cristianismo extrapalestino. En él se le atribuye la inspiración de los profetas (1 Pe 1, 11 ss; 2 Pe 1, 21) y de las Escrituras (Heb 3, 7; 9, 8; 10, 15) así como la dirección de la oración (Jds 20). Se le muestra manifestándose en las reuniones de culto (Hch 13, 2) y diri­giendo la evangelización (Hch 13, 4).
Todos estos temas están presentes asimismo en los escritos paulinos pero no parece que Pablo fuera original en ello ni tampoco que aportara ninguna novedad significativa. Para él, también el Espíritu dirige la oración (Rom 8, 6 ss); habita en el creyente (Rom 5, 5; 1 Cor 3, 16; 6, 11 ss; Gál 3, 2; etc); etc. Ciertamente, los motivos aparecen dotados de más desarrollo pero incluso el relacionado con los carismas o dones pneumáticos (Rom 12, 6 ss; 1 Cor 12-4; Ef 4; etc) cuenta, como veremos, con antecedentes en el judeo-cristianismo palestino. La pneumatología
paulina es, como otras partes de su teología, clara tributaria del judeo-cristianismo palestino.

Sin embargo, el Espíritu Santo no era meramente un ser personal sino mucho más.(CONTINUARÁ)



César Vidal Manzanares es un conocido escritor, historiador y teólogo.
© C. Vidal, 2003, España.
  
 
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