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El
Espíritu Santo, un ser personal
PNEUMATOLOGIA DEL JUDEO-CRISTIANISMO PALESTINO DEL S. I La visión acerca del Espíritu
Santo desempeñó un papel de trascendental relevancia
en el judeo-cristianismo palestino. Habitualmente, sin embargo,
quizá debido a la discusión que gira en torno
a la figura de Jesús, el tema ha quedado excluido o
minimizado del examen relativo a este movimiento. Como tendremos
ocasión de ver, el mismo, sin embargo, exige una aproximación
inexcusable. Para empezar, el mismo libro de los Hechos conecta
el crecimiento de la comunidad jerosilimitana precisamente
con un fenómeno de manifestación del Espíritu
Santo (Hch 2) que se situa cronológicamente en la fiesta
de Pentecostés celebrada en el mismo año de la
ejecución de Jesús. Resulta además indiscutible,
a la luz del testimonio de las fuentes, que los judeo-cristianos
palestinos profesaban la creencia de hallarse inmersos en un
periodo histórico donde el Espíritu se manifestaba
(e iba a seguir haciéndolo) de una manera especialmente
amplia. Que tal confianza se fundaba en la convicción de
que Jesús había resucitado así como
en una reflexión a partir del Antiguo Testamento y,
más específicamente, de la profecía
de Joel, es algo que se desprende asimismo de las fuentes.
Con todo, no puede descartarse tampoco que arrancara de alguna
enseñanza de Jesús relacionada con el tema
(Lc 3, 16 y par.) que incluso pudiera tener un origen anterior.
Desde luego, presenta paralelos en las obras judías
que sostenían que ya no existía revelación
del Espíritu Santo y que ésta quedaba reservada
para los tiempos escatológicos.
EL ESPÍRITU SANTO EN EL A.T. El concepto de Espíritu Santo (también Espíritu
de Dios, Espíritu de Yahveh o simplemente Espíritu)
no era nuevo en el judaísmo. De hecho, podía
retrotraerse al Antiguo Testamento donde aparece â en
ocasiones, como un poderoso impulso procedente de Dios (Jue
13, 25; 14, 6); pero al que, en otros casos, se le atribuyen
propiedades que presuponen una clara personalidad (I Sa 10,
10; 11, 6; 19, 20), siendo incluso difícil no ver
en el mismo una hipóstasis del mismo Dios (2 Sa 23,
2; Neh 9, 20; Sal 104, 30; 139, 7; Is 40, 13; Ez 8, 3; 11,
5; etc). Haciendo un inciso puede verse que textos como éstos
descalifican a cualquier versión del Antiguo Testamento
en que el Espíritu Santo aparezca escrito con minúsculas
como si se tratara meramente de una simple fuerza. Una traducción
así indicaría una mala filología y una
teología incluso peor. Lo referido al Espíritu
Santo es claramente palpable en la literatura sapiencial
(Job 32, 8; 33, 4; Sab 1, 7; 8, 1 y A. De hecho, es difícil
saber si el libro de la Sabiduría no llega a identificar
a ésta con el Espíritu. En cualquiera de los casos, ambas realidades presentan un
contenido hipostático. Tampoco eran novedosas las
referencias acerca de cómo ese Espíritu se
iba a derramar sobre toda carne en los últimos días
extendiendo su acción a sectores inimaginables de
la misma como las mujeres, los jóvenes, los ancianos
o los esclavos (Jl 3), y habitando en los corazones de los
fieles (Ez 36, 27; 37, 14). Como veremos a continuación, esta últimas
características aparecen también reflejadas
en el judeo-cristianismo palestino, si bien ligadas a matices
originales de una especial trascendencia a los que nos referiremos
oportunamente. EL E.S. EN EL N.T. Aunque algunos pasajes de las fuentes dan la sensación
de que el Espíritu Santo era contemplado como un impulso
divino similar al descrito en algunos textos del Antiguo
Testamento (Hch 6, 3 y 5; 7, 55; 9, 17), lo cierto es que
el judeo-cristianismo palestino parece haberlo observado
mucho más como un ser personal y no meramente como
una fuerza. De él se dice que impulsó el fenómeno
glosolálico de Pentecostés (Hch 2, 4), que
era testigo de la resurrección de Jesús (Hch
5, 32), que se comunicaba verbalmente con los fieles (Hch
10, 19) y que tomaba parte en las decisiones comunitarias
(Hch 15, 28).
La carta de Santiago lo presenta también como un ser
personal "que anhela a los discípulos con celos" (4,
5). En cuanto al Apocalipsis, lo describe asimismo como un
ser personal que comunica revelaciones a las iglesias en
la suposición de que éstas las aceptaran (Ap
2, 7, 11, 17 y 29; 3, 6, 13 y 22; 14, 13; 22, 17) y al que
se presenta, en algun caso, bajo una figura séptuple
(1, 4;4, 5) quizá para transmitir la idea de omnipresencia. La teología judeo-cristiana del Cuarto Evangelio
concede también un papel muy relevante al Espíritu.
De hecho, las afirmaciones que sobre el mismo se hacen especialmente
en los capítulos 14, 15 y 16 obligan a pensar que
era concebido también como un ser personal que, procedente
del Padre, enseña todo y recuerda las palabras de
Jesús (Jn 14, 26); da testimonio del mismo (Jn 15,
26); guia a los discípulos a toda verdad, comunica
revelaciones divinas y anuncia con antelación lo que
va a suceder (Jn 16, 13); glorificando asimismo a Jesús
(Jn 16, 14).
Esta visión personalizada del Espíritu que,
como acabamos de ver, tiene un origen judeo-cristiano palestino,
aparece también en el judeo-cristianismo extrapalestino.
En él se le atribuye la inspiración de los
profetas (1 Pe 1, 11 ss; 2 Pe 1, 21) y de las Escrituras
(Heb 3, 7; 9, 8; 10, 15) así como la dirección
de la oración (Jds 20). Se le muestra manifestándose
en las reuniones de culto (Hch 13, 2) y dirigiendo la
evangelización (Hch 13, 4).
Todos estos temas están presentes asimismo en los
escritos paulinos pero no parece que Pablo fuera original
en ello ni tampoco que aportara ninguna novedad significativa.
Para él, también el Espíritu dirige
la oración (Rom 8, 6 ss); habita en el creyente (Rom
5, 5; 1 Cor 3, 16; 6, 11 ss; Gál 3, 2; etc); etc.
Ciertamente, los motivos aparecen dotados de más desarrollo
pero incluso el relacionado con los carismas o dones pneumáticos
(Rom 12, 6 ss; 1 Cor 12-4; Ef 4; etc) cuenta, como veremos,
con antecedentes en el judeo-cristianismo palestino. La pneumatología
paulina es, como otras partes de su teología, clara
tributaria del judeo-cristianismo palestino. Sin embargo, el Espíritu Santo no era meramente un
ser personal sino mucho más.(CONTINUARÁ)
César Vidal Manzanares
es un conocido escritor, historiador y teólogo.
© C. Vidal, 2003, España.
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