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Ciudad
de Dios Paulo Lins nació en una favela de
Rio de Janeiro en 1958, pero llegó a ser antropólogo. Sus trabajos
con Alba Zaular entre 1986 y 1993 inspiraron la novela Ciudad
de Dios. Este libro que acaba de publicar Tusquets sirvió de
base a la impresionante película del mismo título, dirigida
por Fernando Meirelles, que ha aparecido ahora también en DVD.
Es una dura historia que describe con crudeza la delincuencia
juvenil en la ciudad más turística de Brasil. Lo que cuenta
hace tanto daño en el estomago, que nos hace olvidar la samba,
el carnaval y la chica de Ipanema. Ya que no hay forma de escuchar
el dulce arrullar de la bossa nova con tanto ruido de disparos
como hace estas bandas de niños asesinos, que recorren las
calles de los barrios periféricos de Río. Pero ¿dónde está Dios
en esta ciudad?
Esta narración es en realidad un auténtico documento sociológico,
que muestra las circunstancias atroces de la vida de un grupo
de jóvenes drogadictos, traficantes, criminales y violadores
en una favela, a lo largo de unos pocos años. La novela se
divide en tres partes, según sus protagonistas: Inferninho,
Pardalzinho y Ze Miúdo. Su tema esencial es la violencia
reiterada y la adición de unos personajes cuyas acciones
son de un horror tal que supera lo imaginable. Aquí encontramos
desde el descuartizamiento de un bebé (pág. 71) hasta el
abuso sexual en una prisión (pág. 230), pasando por los asesinatos
de niños (pág. 241). Ya que a los 19 años estos chavales
llevan a sus espaldas decenas de homicidios a sangre fría.
Son capaces de torturar hasta la muerte, con una crueldad
tal que llega hasta la brutalidad con su propia madre. Y
cuando vemos aquellos que representan la ley el orden, descubrimos
que son tan corruptos como los policías que roban y matan
delincuentes, o los carceleros que liberan asesinos por dinero
y trafican con droga en la misma cárcel.
La película, como se pueden imaginar no es el espectáculo
más apropiado para una tarde sentado delante del televisor,
cargado de palomitas. Su visión es como un puñetazo, que
te deja sin respiración. Es un film sólo apto para aquellos
capaces de soportar emociones fuertes, ya que sus imágenes
nos muestran una humanidad sin escrúpulos, pero real como
la vida misma. Co-producida por ese otro gran director que
es Walter Salles, autor de la maravillosa Estación Central
de Brasil, la película de Meirelles recurre a un centenar
de jóvenes no profesionales, en vez de actores. Uno de ellos,
Neguinho, fue detenido hace poco, cuando estaba a punto de
ser linchado, después de robar una cartera. La historia sigue
el recorrido vital de estos chavales desde finales de los
sesenta hasta principios de los ochenta, centrándose sobre
todo en la década de los setenta. Cada época tiene un tratamiento
fotográfico diferente, que acentúa los cambios de la niñez
a la adolescencia, y de la adolescencia a la juventud, en
este barrio marginal de Río de Janeiro que se llenó de realojados
después de unas inundaciones. “El primer día que visité el barrio de Ciudad de Dios”,
cuenta Meirelles, “un niño de once años trató de asaltarme
con una pistola”. Así que “para poder rodar allí, tuvimos
que pedirle permiso al jefe de los narcotraficantes que,
casualmente estaba en la cárcel”, dice el director. Pero “al
final, filmamos en un barrio muy similar, bajo la protección
de otro narcotraficante que nos obligó a contratar a su gente
y a informarle de todos nuestros movimientos”. Por eso la
película transpira autenticidad, la apabulllante verosimilitud
que surge de cada secuencia, plano y rostro, en un retrato
hiperrealista y desolador de uno de los lugares más oscuros
de nuestro mundo. Esta durísima historia es una de esas narraciones
que uno cree conocer de antemano, pero luego sigue sin parpadear,
en un estado de hipnotismo tal que uno no puede evitar envolverse
en este negrísimo cuadro, que te acaba poniendo la piel de
gallina. Repleta de hallazgos formales, esta película se permite
colocar la cámara en lugares poco corrientes (un enfrentamiento
entre bandas es captado desde arriba), juega con la velocidad
y el nerviosismo que da un aparato al hombro, al tiempo que
muestra una compleja textura. Hay una larga serie de montajes,
encadenados, alteraciones del punto de vista, además de un
peculiar empleo del flashback y repeticiones alternadas de
una misma situación, que hacen una auténtica deconstrucción
de la narración. La cámara se ralentiza, se incluyen retoques
digitales e incluso movimientos circulares al estilo Matrix.
Todo esto produce una impresión vertiginosa y torrencial,
que caracterizada por una intrépida cadencia, muestra a veces
hasta dos situaciones o aspectos diferentes al mismo tiempo,
que hace que nos sorprenda constantemente. Pero lejos de
hacer una exhibición técnica, Meirelles, que proviene del
mundo de la televisión y la publicidad, rehuye en todo momento
tanto el artificio como la especulación demagógica de tanta
denuncia social que acaba manipulando al espectador en aras
a su supuesto mensaje. Pero volviendo a la pregunta del principio: ¿dónde está Dios
en esta ciudad?. En la monumental novela de Lins, que abarca
un centenar de historias con más de trescientos personajes
en casi seiscientas páginas, sólo hay dos personas que parecen
escapar a esta espiral de violencia. Una es un carpintero,
Luis Cândido, que se proclama marxista-leninista y consigue
huir de la favela. El otro se llama Martelo. Se ha convertido
al protestantismo, pero acude una y otra vez a este mundo
a predicar a sus ex-compañeros. Esa es la diferencia que
hace el Evangelio. No nos hace escapar del mundo, pero nos
da una misión por la que el cristiano es sal y luz en un
mundo (Mateo 5: 13-16), donde debe estar todavía, aunque
ya no pertenezca a él (Juan 17: 14-18). Ese es el desafío
de la contracultura del Reino. No es casualidad por lo tanto que haya tantos marginados
que reciban este mensaje, ya que “lo necio del mundo escogió Dios,
lo débil, lo vil, lo menospreciado, lo que no es, para deshacer
lo que es” (1 Corintios 1:27-28). Y ese es el escándalo del
Evangelio, que a Dios le ha placido dar el Reino a los pobres
en espíritu, que lloran, porque tienen hambre y sed de justicia
(Mateo 5: 3-6). No es para los que viven ricamente satisfechos
de sí mismos, sino para aquellos que quebrantados de corazón
por su maldad, se ven faltos de esa justicia, sin la cual
nadie verá a Dios. Así que no son por lo tanto los que no
han robado ni matado, los que irán al Cielo, sino aquellos
que reconociendo su pecado, no tienen otra justicia que presentar
ante Dios que la que Él les ha dado en Cristo Jesús. Es entre éstos
que Dios quiere establecer su Ciudad. Pero ésta vendrá de
lo alto, y allí ya no habrá muerte ni dolor, porque Él enjugará cada
lágrima.
José de Segovia Barrón
es periodista, teólogo y pastor en Madrid.
© J. de Segova, I+CP, 2003. I+CP (www.ICP-e.org) FORO
DEL AUTOR |
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