| Navidad
y salvación
‘‘Pero
cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a
su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para
que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin
de que recibiésemos la adopción de hijos.
Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros
corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba,
Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo;
y si hijo, también heredero de Dios por medio
de Cristo.’
(Gálatas 4:4-7)
“Papá, preguntan por el
pastor”. Salí al rellano de la escalera para
esperar al visitante e instantes después apareció una
cara conocida. Se trataba de un joven emigrante que asiste
de forma esporádica a la iglesia; su rostro denotaba
que algo no iba bien. Nos sentamos y allí me abrió su
corazón: Estaba profundamente angustiado a causa de
un determinado flagelo que lo tenía subyugado. Llevaba
años, desde su adolescencia, con el problema y aun
después de ser cristiano no había podido dominarlo,
de manera que su vida consistía en un continuo levantarse
para volver a caer. Venía a pedir ayuda para salir
del hoyo en el que estaba metido. Se sentía miserable
viendo cómo su voluntad era impotente para hacer frente
a la seducción del señuelo, con el agravante
de que incluso se había endeudado para mantener su
hábito. Hablamos sobre las distintas alternativas
para atacar el problema, escogiendo la que me parecía
más apropiada. Le brindé mi apoyo y oramos. El caso de este muchacho me hizo pensar en tantos y tantos
emigrantes que llegan a España huyendo de una pesadilla
de estrecheces y penurias laborales y económicas en
sus países de origen para encontrar aquí un
mejor porvenir. Algunos de ellos lo encuentran, materialmente
hablando, pero otros, arrastrando problemas personales y
familiares no resueltos, hallan que con su venida a España
su situación, lejos de mejorar, se ha complicado aun
más: La soledad, la desorientación y el desarraigo
unidos al deslumbrante escaparate del consumismo y el materialismo
dominantes, terminan por sumirlos en un caos todavía
mayor del que querían huir. Pero la conversación con mi joven amigo emigrante
me hizo pensar en otra cosa también, pues mientras
hablábamos me di cuenta de la peligrosidad que las
ya cercanas fiestas que se avecinan tendrán para él.
El derroche, los excesos, el desmadre generalizado y la invitación
a la trasgresión estarán ahí y la fuerza
de esa vorágine se lleva por delante todo lo que pilla.
Ahí estaba mi joven amigo, con su sincero deseo de
vencer un persistente y agudo problema. Pero ahí estaba,
al mismo tiempo, amenazante e inquietante, la proximidad
de las fiestas navideñas. De manera que tuvimos que pensar en cosas prácticas
para prever y eludir las encerronas en las que, casi sin
buscarlas, puede verse envuelto dentro de unos días.
Y al ver que teníamos que tomar medidas especiales
porque se acerca la Navidad no pude reprimir un sentimiento
de estupefacción al contemplar en lo que estas fiestas
se han convertido: Exactamente en lo contrario de lo que
deberían ser, en una especie de agujero negro que
succiona todo lo que cae en su radio de acción. Las
fiestas de la fe, del amor, de la esperanza, de la luz, de
la alegría y de la piedad, se han convertido en las
fiestas de la disipación, de la iniquidad, de la desvergüenza,
de la oscuridad y de la mundanalidad. En lugar de ser la
ocasión que ayuda a los que su camino quieren enderezar
se han convertido en un tropiezo de maldad. ¡Ay Navidad! ¡No hay quien te reconozca! ¡Tú eres
la prueba palpable de lo que somos capaces de hacer los humanos
con lo bueno, lo limpio y lo sublime! Pero ¿de qué me
admiro? Si hemos sido capaces de convertir este hermoso planeta
en un estercolero moral y material no es maravilla que hayamos
podido convertir la Navidad en Vanidad. Y sin embargo, y a pesar de nosotros mismos, la realidad
de la Navidad sigue ahí, tal como nos la muestra el
texto bíblico arriba citado, con su mensaje de salvación.
Podríamos dividirlo en tres partes:
1. La planificación de la salvación: ‘cuando
vino el cumplimiento del tiempo.’ La primera Navidad
no fue un accidente de la Historia, ni una casualidad producto
del azar, sino un acontecimiento sabiamente planificado.
No se trata de una improvisación sobre la marcha,
ni de un parche, sino de algo concebido y pensado desde la
eternidad. De la misma manera que nosotros no dejamos a la
improvisación las cosas verdaderamente importantes,
así es impensable que Dios dejara el momento cumbre
de la Historia sin una ordenación por anticipado de
todos sus detalles. La frase ‘el cumplimiento del tiempo’ nos
habla de algo que ocurre en el momento preciso, en el instante
previsto, lo cual muestra el control y el poder del que lo
planeó todo para administrar su propósito.
2. La ejecución de la salvación: ‘Dios
envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la
ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley.’ Que
consiste en la Encarnación del Hijo de Dios: acto único
porque no tiene parangón con ningún otro, acto
sublime porque es la conjunción de lo divino y lo
humano en una Persona, acto indisoluble porque ni siquiera
la muerte del Hijo de Dios pudo quebrar esa conjunción.
Que consiste en la Humillación del Hijos de Dios:
su sometimiento a las demandas de la ley que él mismo
había promulgado, su ser puesto a prueba para demostrar
su categoría, su partir de cero aun siéndolo
todo. Que consiste en la Redención efectuada por el
Hijo de Dios: rescate hecho posible gracias al pago efectuado,
la sangre, esto es, la vida, del Hijo de Dios; rescate de
una condenación eterna porque la ley justa demanda
sentencia sobre los trasgresores.
3. La aplicación de la salvación: ‘a
fin de que recibiésemos la adopción de hijos.
Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones
el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba,
Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si
hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.’ Que
consiste en la adopción, es decir, en el acto de ser
declarados y reconocidos como hijos por el Padre. Que consiste
en la regeneración, esto es, en el hecho de recibir
una nueva naturaleza, que es el Espíritu de filiación,
el mismo Espíritu de Jesús, el Hijo por antonomasia.
Que consiste en una relación con el Padre, que es
cálida e íntima como la palabra Abba expresa.
Que consiste en una herencia, la más grande y valiosa
que pueda haber.
Gracias, Padre amado, porque a pesar de todo, la luz de
la Navidad sigue y seguirá brillando como faro en
medio de la noche. Que muchos perdidos en el mar de la vida
puedan ser iluminados por ella en estos días.
Wenceslao Calvo es conferenciante
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, ProtestanteDigital.com, 2003, Madrid, España.
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