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Navidad: ¿fiesta
pagana? “¡Qué bonita Navidad!
Todo el mundo alegre está”, decía una poesía
navideña que recitaba una niña británica,
hija de misioneros en un pueblo de la Mancha. Y no está mal
que la Navidad sea bonita y que la gente esté alegre.
Pero a mí, personalmente, me da la sensación
que con la Navidad ha ocurrido algo similar a lo sucedido con
la figura de Jesús: se ha olvidado mucho su figura histórica,
su compromiso real, sus prioridades y estilos de vida, su proyecto
del Reino de Dios y, por otra parte, se le ha reducido al Jesús
glorificado, al Cristo de la fe y, sin que le busquemos demasiado
los aspectos negativos a estas situaciones, sí debemos
decir que hoy se debería enfatizar más los aspectos
del Jesús histórico, sus enseñanzas, los
valores del Reino, así como caminar por las líneas
de sus compromisos con los débiles y proscritos del
mundo. Algo similar sucede con la Navidad: la hemos idealizado,
hemos glorificado el pesebre y mitificado su nacimiento en
pobreza. Hemos celebrado la Navidad con el mejor champagne
y, quizás, hemos perdido la autenticidad del mensaje
navideño. Jesús nace sin sitio para él
en un lugar digno, en pobreza, errante como muchos transeúntes
de hoy, anonadándose y dispuesto al servicio y al sacrificio.
Nada más lejos del consumo navideño de hoy. La celebración del nacimiento
de Jesús no tiene por qué estar exenta de alegría
y de júbilo. Pero si se quiere celebrar en la línea
de ejemplo de vida del Maestro, las líneas de celebración
deberían ser diferentes: habría que potenciar
el compromiso con los pobres, débiles y proscritos del
mundo, habría que darse cuenta del sin sentido de ese
consumo desmedido con que se celebra la Navidad, habría
que reflexionar sobre el mensaje que se transmite por alguien
excluido de un lugar digno para nacer, habría que pensar,
de forma especial, en los excluidos de vivienda, los “sin
techo”, en el “sinhogarismo” del que han
hablado algunos. En los que están lejos de sus casas,
sin hogar o hacinados en viviendas pequeñas, durmiendo
sobre colchones en los pasillos de casas realquiladas, con
el dolor de tener a sus hijos lejos... sin lugar para ellos
en ningún mesón, como es el caso de los inmigrantes
que se mueven dentro de nuestras fronteras que, en muchos casos
están siendo explotados, oprimidos y presa de la xenofobia
o el racismo. La Navidad debería ser un tiempo de reflexión
que cambiara nuestras prioridades. Nuestras casas y nuestros templos adornados, contrastan
con la frialdad del pesebre. Nuestras mesas repletas son
como la gran paradoja de la celebración del ejemplo
que quiso dar Jesús con su nacimiento en pobreza.
El consumo que hacemos en los grandes almacenes, no está en
línea con el estilo de nacimiento que celebramos.
Más parece una sinrazón, una asimilación
de la fiesta del nacimiento de Jesús con las fiestas
paganas de invierno, el derroche, la orgía y la abundancia
de alcohol. Sería mejor celebración de la Navidad, del
nacimiento de Jesús, el comer poco y compartir mucho,
llorar con los sin techo y con los niños que nacen
en pobreza... pero un llanto que nos transforme en agentes
de solidaridad y liberación. Sería mejor celebración
de la Navidad, el unirse a la denuncia de Jesús contra
los acumuladores y empobrecedores. El reclamar un techo digno
para todos. Que nadie se tenga que meter en los pesebres
infectos de los focos de pobreza... Así, se ve que
no basta con un gesto puntual de solidaridad navideña
en un momento dado. Navidad, que nos recuerda a los excluidos
del mundo, a los que no tienen lugar, debe ser un estilo
de vida permanente. Un compromiso estable con los desheredados
del mundo. Una voz de denuncia y un grito por la dignificación
de los débiles. Al identificarnos con la pobreza del pesebre y con la exclusión
que sufre Jesús en esa noche de su nacimiento, no
tendremos más remedio que caminar por las líneas
del compromiso sin dar la espalda al dolor de los hombres...
porque es Navidad, porque el pesebre transmite un mensaje
duro y de urgencia, de emergencia social que se une al grito
de los desheredados del mundo. En Navidad la Iglesia de Dios no es sólo la que está dentro
de los templos. Es la que está en los pesebres, en
los lugares de conflicto, allí donde se da albergue
a alguien, se limpia una lágrima o se levanta una
sonrisa. Allí donde la nieve se derrite por el calor
de un corazón solidario. Allí donde el que
tiene, se quita el pedazo de su boca, comparte y cambia,
de forma definitiva, de estilo de vida. El consumo desmedido,
la juerga y la comilona, es la insolidaridad propia de las
fiestas paganas de invierno en honor del dios Mamón,
el dios de las minorías ricas y acumuladoras que se
alejan del pesebre de ejemplo de humildad, misericordia e
identificación con los más débiles.
Juan Simarro Fernández,
licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana
de Madrid.
© J. Simarro, 2003, Madrid, España. |
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