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Número 16 - 16 de diciembre, 2003
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Juan Simarro

Navidad: ¿fiesta pagana?

“¡Qué bonita Navidad! Todo el mundo alegre está”, decía una poesía navideña que recitaba una niña británica, hija de misioneros en un pueblo de la Mancha. Y no está mal que la Navidad sea bonita y que la gente esté alegre. Pero a mí, personalmente, me da la sensación que con la Navidad ha ocurrido algo similar a lo sucedido con la figura de Jesús: se ha olvidado mucho su figura histórica, su compromiso real, sus prioridades y estilos de vida, su proyecto del Reino de Dios y, por otra parte, se le ha reducido al Jesús glorificado, al Cristo de la fe y, sin que le busquemos demasiado los aspectos negativos a estas situaciones, sí debemos decir que hoy se debería enfatizar más los aspectos del Jesús histórico, sus enseñanzas, los valores del Reino, así como caminar por las líneas de sus compromisos con los débiles y proscritos del mundo. Algo similar sucede con la Navidad: la hemos idealizado, hemos glorificado el pesebre y mitificado su nacimiento en pobreza. Hemos celebrado la Navidad con el mejor champagne y, quizás, hemos perdido la autenticidad del mensaje navideño. Jesús nace sin sitio para él en un lugar digno, en pobreza, errante como muchos transeúntes de hoy, anonadándose y dispuesto al servicio y al sacrificio. Nada más lejos del consumo navideño de hoy.

La celebración del nacimiento de Jesús no tiene por qué estar exenta de alegría y de júbilo. Pero si se quiere celebrar en la línea de ejemplo de vida del Maestro, las líneas de celebración deberían ser diferentes: habría que potenciar el compromiso con los pobres, débiles y proscritos del mundo, habría que darse cuenta del sin sentido de ese consumo desmedido con que se celebra la Navidad, habría que reflexionar sobre el mensaje que se transmite por alguien excluido de un lugar digno para nacer, habría que pensar, de forma especial, en los excluidos de vivienda, los “sin techo”, en el “sinhogarismo” del que han hablado algunos. En los que están lejos de sus casas, sin hogar o hacinados en viviendas pequeñas, durmiendo sobre colchones en los pasillos de casas realquiladas, con el dolor de tener a sus hijos lejos... sin lugar para ellos en ningún mesón, como es el caso de los inmigrantes que se mueven dentro de nuestras fronteras que, en muchos casos están siendo explotados, oprimidos y presa de la xenofobia o el racismo. La Navidad debería ser un tiempo de reflexión que cambiara nuestras prioridades.

Nuestras casas y nuestros templos adornados, contrastan con la frialdad del pesebre. Nuestras mesas repletas son como la gran paradoja de la celebración del ejemplo que quiso dar Jesús con su nacimiento en pobreza. El consumo que hacemos en los grandes almacenes, no está en línea con el estilo de nacimiento que celebramos. Más parece una sinrazón, una asimilación de la fiesta del nacimiento de Jesús con las fiestas paganas de invierno, el derroche, la orgía y la abundancia de alcohol.

Sería mejor celebración de la Navidad, del nacimiento de Jesús, el comer poco y compartir mucho, llorar con los sin techo y con los niños que nacen en pobreza... pero un llanto que nos transforme en agentes de solidaridad y liberación. Sería mejor celebración de la Navidad, el unirse a la denuncia de Jesús contra los acumuladores y empobrecedores. El reclamar un techo digno para todos. Que nadie se tenga que meter en los pesebres infectos de los focos de pobreza... Así, se ve que no basta con un gesto puntual de solidaridad navideña en un momento dado. Navidad, que nos recuerda a los excluidos del mundo, a los que no tienen lugar, debe ser un estilo de vida permanente. Un compromiso estable con los desheredados del mundo. Una voz de denuncia y un grito por la dignificación de los débiles.

Al identificarnos con la pobreza del pesebre y con la exclusión que sufre Jesús en esa noche de su nacimiento, no tendremos más remedio que caminar por las líneas del compromiso sin dar la espalda al dolor de los hombres... porque es Navidad, porque el pesebre transmite un mensaje duro y de urgencia, de emergencia social que se une al grito de los desheredados del mundo.

En Navidad la Iglesia de Dios no es sólo la que está dentro de los templos. Es la que está en los pesebres, en los lugares de conflicto, allí donde se da albergue a alguien, se limpia una lágrima o se levanta una sonrisa. Allí donde la nieve se derrite por el calor de un corazón solidario. Allí donde el que tiene, se quita el pedazo de su boca, comparte y cambia, de forma definitiva, de estilo de vida. El consumo desmedido, la juerga y la comilona, es la insolidaridad propia de las fiestas paganas de invierno en honor del dios Mamón, el dios de las minorías ricas y acumuladoras que se alejan del pesebre de ejemplo de humildad, misericordia e identificación con los más débiles.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2003, Madrid, España.
  

 
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