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Número 16 - 19 de diciembre, 2003
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Luis Marián

Supernova en Belén

La bandera de Israel se hace inconfundible gracias a su estrella formada por dos triángulos equiláteros superpuestos de forma antagónica. El que apunta hacia el suelo bien podría representar a Dios acercándose al ser humano. El otro triángulo mira al cielo y somos cada uno de nosotros, escudriñando el firmamento como el enamorado de verano busca su estrella fugaz. El símbolo de la nación israelita, la estrella de David, es un abrazo cósmico donde Dios se acerca al hombre y el hombre se cobija en los brazos de la divinidad. La metáfora de la fusión de las dos galaxias pone, por fin, el primer gran paso de orden en el caótico Universo, y es que desde el violentísimo Big Bang se anhelaba el no menos convulso descendimiento del Mesías… ¡Y ya llegó!, hace dos milenios que el Creador, a modo de hombrecillo pisando Palestina se postra para alterar el devenir de la historia, y desde entonces, hemos inventado eufemismos que esconden lo pesadumbroso de la vida del Ungido, por lo que hemos decidido dibujar simpáticas postalillas navideñas para recordar que hubo alguien que absorbió nuestra culpa colapsando la injusticia sobre sí mismo a modo de supernova.

El Cristo no descendió de forma agresiva como muchos esperaban. No, no era un asteroide sino una aurora boreal llenando de esperanza la fría y oscura nada. Aquel bendito exclamó oraciones que no fueron contestadas (“pasé de mí esta copa…”), y se sintió sólo y temeroso ante el abandono de sus amigos. Era un destino que los crismas de Belén disimulan, casi hasta la ironía, ya que en las tarjetas de purpurina no se intuye la tragedia que señala el desconcertante camino al Calvario.

Hay a quien le gusta la Navidad y a quien no. Simpatías que dependen en gran medida de experiencias de la infancia o de la soledad de cada cual. Desde el punto de vista de la fe hay quien se manifiesta en contra de esta fiesta a causa de su origen pagano. El veinticinco de diciembre era la celebración romana dedicada a la deidad solar hasta que el cristianismo se institucionalizó para cambiar la devoción al Sol por la de alguien realmente estelar: Jesús, nuestro Lucero del Alba. El argumento de rechazo a la conmemoración de la Navidad puede sonar piadoso, pero la Biblia entiende el purismo de otro modo: La Escritura nos presenta al mismo Yavé concediendo a Israel la adopción de la fiesta pagana de los tabernáculos a condición de consagrarla al Señor. Me alegro entonces de que el Dios de la Biblia ofrezca una libertad que exime de miedos a oscuridades ajenas y caducas, como evocando la manifestación neotestamentaria de “cuando te maldigan responde con bendición”. Simplemente se trata de confiar en quien hace puros todos los alimentos, incluido el pavo de nochebuena.

La Navidad merece celebrarse porque es una tregua que permite una mayor permeabilidad del evangelio en nuestros semejantes, y eso hoy día no se paga ni con todo el oro de Melchor. Las iglesias locales celebran eventos a los que acuden personas que no vendrían en ninguna otra fecha. Y tampoco entristece el hecho de que incrédulos e indiferentes vivan las fiestas dejando al niño del portal de lado, es más, resulta absurdo que quienes no siguen al Maestro hagan alusiones simpáticas a Cristo, porque como decía C. S. Lewis, Jesús sólo podía haber sido el Hijo de Dios, un mentiroso, o un loco, sin cuarta opción.

Pero para nosotros la Navidad debería ser motivo de jolgorio, de villancicos mesiánicos y de felicitaciones ante una festividad que se deleita en el tercer acontecimiento más valioso para la historia de la humanidad (después de la muerte y resurrección del mismo protagonista). Nada mejor que elevarse para observar como el horizonte ya ha encumbrado a La Estrella de la Mañana, recordar y festejar que el baile del cosmos comienza a ser armonioso porque un niño nos es nacido y nuestras vidas lo han recibido. Ahora se acelera, a velocidad de la luz, el quebrantamiento de la ligadura que ata a la creación con el infierno… De momento la lluvia de estrellas ya ha comenzado, ¡A Belén pastores!
  

Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con no creyentes.

 
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