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Supernova
en Belén
La bandera de Israel se hace inconfundible
gracias a su estrella formada por dos triángulos
equiláteros superpuestos de forma antagónica.
El que apunta hacia el suelo bien podría representar
a Dios acercándose al ser humano. El otro triángulo
mira al cielo y somos cada uno de nosotros, escudriñando
el firmamento como el enamorado de verano busca su estrella
fugaz. El símbolo de la nación israelita,
la estrella de David, es un abrazo cósmico donde
Dios se acerca al hombre y el hombre se cobija en los brazos
de la divinidad. La metáfora de la fusión
de las dos galaxias pone, por fin, el primer gran paso
de orden en el caótico Universo, y es que desde
el violentísimo Big Bang se anhelaba el no menos
convulso descendimiento del Mesías… ¡Y
ya llegó!, hace dos milenios que el Creador, a modo
de hombrecillo pisando Palestina se postra para alterar
el devenir de la historia, y desde entonces, hemos inventado
eufemismos que esconden lo pesadumbroso de la vida del
Ungido, por lo que hemos decidido dibujar simpáticas
postalillas navideñas para recordar que hubo alguien
que absorbió nuestra culpa colapsando la injusticia
sobre sí mismo a modo de supernova.
El Cristo no descendió de forma
agresiva como muchos esperaban. No, no era un asteroide sino
una aurora boreal llenando de esperanza la fría y
oscura nada. Aquel bendito exclamó oraciones que no
fueron contestadas (“pasé de mí esta
copa…”), y se sintió sólo y temeroso
ante el abandono de sus amigos. Era un destino que los crismas
de Belén disimulan, casi hasta la ironía, ya
que en las tarjetas de purpurina no se intuye la tragedia
que señala el desconcertante camino al Calvario.
Hay
a quien le gusta la Navidad y a quien no. Simpatías
que dependen en gran medida de experiencias de la infancia
o de la soledad de cada cual. Desde el punto de vista de
la fe hay quien se manifiesta en contra de esta fiesta a
causa de su origen pagano. El veinticinco de diciembre era
la celebración romana dedicada a la deidad solar hasta
que el cristianismo se institucionalizó para cambiar
la devoción al Sol por la de alguien realmente estelar:
Jesús, nuestro Lucero del Alba. El argumento de rechazo
a la conmemoración de la Navidad puede sonar piadoso,
pero la Biblia entiende el purismo de otro modo: La Escritura
nos presenta al mismo Yavé concediendo a Israel la
adopción de la fiesta pagana de los tabernáculos
a condición de consagrarla al Señor. Me alegro
entonces de que el Dios de la Biblia ofrezca una libertad
que exime de miedos a oscuridades ajenas y caducas, como
evocando la manifestación neotestamentaria de “cuando
te maldigan responde con bendición”. Simplemente
se trata de confiar en quien hace puros todos los alimentos,
incluido el pavo de nochebuena.
La Navidad merece celebrarse
porque es una tregua que permite una mayor permeabilidad
del evangelio en nuestros semejantes,
y eso hoy día no se paga ni con todo el oro de Melchor.
Las iglesias locales celebran eventos a los que acuden personas
que no vendrían en ninguna otra fecha. Y tampoco entristece
el hecho de que incrédulos e indiferentes vivan las
fiestas dejando al niño del portal de lado, es más,
resulta absurdo que quienes no siguen al Maestro hagan alusiones
simpáticas a Cristo, porque como decía C. S.
Lewis, Jesús sólo podía haber sido el
Hijo de Dios, un mentiroso, o un loco, sin cuarta opción.
Pero para nosotros la Navidad debería ser motivo
de jolgorio, de villancicos mesiánicos y de felicitaciones
ante una festividad que se deleita en el tercer acontecimiento
más valioso para la historia de la humanidad (después
de la muerte y resurrección del mismo protagonista).
Nada mejor que elevarse para observar como el horizonte ya
ha encumbrado a La Estrella de la Mañana, recordar
y festejar que el baile del cosmos comienza a ser armonioso
porque un niño nos es nacido y nuestras vidas lo han
recibido. Ahora se acelera, a velocidad de la luz, el quebrantamiento
de la ligadura que ata a la creación con el infierno… De
momento la lluvia de estrellas ya ha comenzado, ¡A
Belén pastores!
Luis Marián trabaja en
Madrid como documentalista en la Universidad Carlos
III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado
al diálogo con no creyentes. |
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