E s p e c i a l e s
Número 16 - 16 de diciembre, 2003
  E D I T O R I A L

NOTICIAS

Internacional
España
Sociedad
Ciudades
España @l día

NEWS
From Spain
International
  HEMEROTECA
Especiales
Recortes de prensa
Números atrasados
Buscar

DOCUMENTOS
Históricos
Legales
Comunicados

INTERACTIV@
Tu opinión
Cartas
Libro de visitas
Chat
Foros

Recomendar

Agregar a favoritos
Página de inicio
¿Quiénes somos?
Patrocinada por:
Alianza
Evangélica
Española
miembro de:
European
Evangelical
Alliance
World
Evangelical
Alliance
mARTEs
José de Segovia

El paraíso perdido de Gauguin

La figura y la obra de Paul Gauguin (1848-1903) este año ha cobrado especial relieve. No sólo ha sido el protagonista de la última novela de Marío Vargas Llosa, El paraíso en la otra esquina, sino que también se ha celebrado el centenario de su muerte. Una gran exposición en el Grand Palais de París ha recogido bajo el título El taller de los trópicos trescientas obras dispersas en diferentes museos y colecciones, que hizo al final de su vida en Tahití, la Martinica y las Islas Marquesas. Pero ¿encontró allí Gauguin de verdad el Paraíso?.

Se ha creado toda una mitología en torno al artista, de la que todavía se alimentan autores como Vargas Llosa. Según ella Gauguin era un rebelde como su abuela, Flora Tristán. Buscaba un mundo primitivo y salvaje, no contaminado por las convenciones sociales, donde poder recuperar su energía y revigorizar su arte. La realidad fue algo diferente, ya que el día que toma el velero Océanien en Marsella en 1891, lo que estaba haciendo es abandonar a su familia. Puesto que al embarcarse a los mares del sur dejaba cinco hijos y a su esposa, la danesa Mette Gad, que nunca le perdonó que dejara su carrera de agente de cambio y bolsa para dejar a su familia en la ruina, al dedicarse a esa pintura que empezó a llamarse entonces impresionista.

Se dice siempre que el artista estaba harto de Europa, donde todo estaba podrido, y había un arte cada vez más superficial e insustancial. Pero la verdad es que estaba arruinado y cansado de la vida familiar. No es la primera vez que huía de todo compromiso, como hizo cuando se fue a vivir con Van Gogh en una casa del sur de Francia, pero su convivencia se acabó convirtiendo entonces en un verdadero infierno. Desde luego que se sentía incomprendido y vacío, pero tenía más razones personales que artísticas para ello. Llegó a Tahití justo a tiempo para ver las exequias del último rey, Pomaré V, pudiendo comprobar los grandes efectos de la dominación colonial francesa sobre la cultura indígena tradicional de aquellas islas. Esa Oceanía paradisíaca, a finales del XIX ya no era la que conoció el capitán Cook. Su primera inmersión en esta cultura duró sólo dos años, pero volvió en 1895, para pasar allí los últimos años de su vida.

La muestra que está en el Grand Palais hasta el 19 de enero, reúne tanto cuadros como esculturas y objetos, obras gráficas y manuscritos, todos años realizados durante sus últimos años en la Polinesia. La estrella de esta exposición es su monumental, De dónde venimos?, ¿qué somos?, ¿a dónde vamos?. Gauguin comenzó este impresionante cuadro de 139 por 374 centímetros en 1897, durante su segunda estancia en el Pacifico, mostrándolo al año siguiente en París. Esta tela, que es propiedad de un museo de Boston, se conserva en un estado muy frágil, por lo que no había vuelto a Francia desde 1949. En torno a él se han exhibido también otras siete obras menores, que contienen fragmentos, réplicas y variaciones del mismo tema. 

Gauguin concibió este cuadro como una especie de testamento pictórico, que refleja su visión de la condición humana. Al describirlo a un amigo en una carta, lo comparó con los Evangelios. Así si lo lees de derecha a izquierda, te preguntas: ¿De dónde venimos?, y a la derecha ves un niño; ¿qué somos?, se interroga el hombre; y ¿a dónde vamos?, contemplando una anciana y un pájaro que anuncia la muerte. Y al fondo vemos algunas figuras misteriosas, que en colores algo apagados están de píe cerca del árbol del conocimiento. Al comer de él han caído en el triste destino de los hijos de Adán, pero ¿cómo conocer la verdad de las cosas?. 

El conocimiento espiritual que viene por la fe está muy bien reflejado en una pintura que hizo en 1888 y está ahora en la Galería Nacional de Escocia en Edimburgo. Se llama Visión después del Sermón, y es considerado uno de los más claros antecedentes de su obra en el Pacifico. En ella vemos a unas mujeres de Bretaña, que con su sencilla fe han escuchado una predicación sobre la lucha entre Jacob y el ángel, que han visto realmente delante de sus ojos. Ya que aunque la hierba aparezca de color rojo, para aquellas mujeres la historia de Jacob es tan verdadera como sus vacas. Está en el mismo plano de realidad en que ellas viven. Gauguin siente así el misterio y el enigma de una vida que alcanza más allá de lo que vemos con nuestros ojos. Hace entonces varias imágenes de la cruz, como su famoso Cristo amarillo de 1889 en medio de una campo de Bretaña, con unas campesinas arrodilladas a sus píes, así como otro verde y una escena de él en el huerto de los Olivos.

En 1901 dejó Tahití y se instaló en su último refugio en las Islas Marquesas, donde murió dos años más tarde, cuando iba a cumplir 55 años. Abandonado por sus jóvenes amantes, con una pierna rota, enfermo de sífilis y consumido por el alcohol, Gauguin no pudo volver a París, como quería. Su último cuadro es una casa del sur de Francia, que pinta rodeado de reproducciones de artistas como Rafael o Durero, ya que arruinado, su marchante le dice que es mejor para las ventas que se quede en aquellos parajes exóticos, donde acabará siendo víctima de su propia leyenda. Afectado por la muerte de uno de sus hijos, piensa ya en el suicidio y tras un intento fallido de morir envenenado, fallece de lo que parece un ataque de corazón, solo y desesperado.

Un siglo después de su muerte el mesianismo utópico de Gauguin continúa atrayéndonos y fascinándonos. Su explosión de colorido nos muestra un paraíso que se nos antoja parcialmente intacto. Pero lo que más nos sorprende es cómo en su lejano exilio de la isla de Hivaoa le vemos consagrado a la religión laica de su propio arte. Así esas supuestas vírgenes con mirada y aura de María, no son en realidad más que sus propios modelos y amantes, como Teha’amaba, una chica que apenas tenía trece años cuando Gauguin la encuentra en Mataiea, una aldea al sur del Papeete. Los desnudos que llenaban su Casa del Gozar en Atuona fueron de hecho purgados por Monseñor Martin, que hizo quemar todo aquello que le pareció indecente, antes de darle finalmente católica sepultura. Su fe por eso nos resulta a veces poco más que una inmensa parodia, pero nos habla sin embargo de ese anhelo de redención, por el que el hombre todavía suspira, esperando la restauración de las relaciones rotas entre el hombre y la creación.

El artista buscaba ya con Van Gogh la luminosidad de esa espiritualidad invisible que intuyeron aquellos días en los campos de la Provenza. La religiosidad que llena la obra de Gauguin a partir de su encuentro con la sencilla piedad de las mujeres de Bretaña nos revela algo de “lo que de Dios se conoce, pues Dios lo manifestó”. Porque como dice el apóstol Pablo a los Romanos, “las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas” (1:19-20). La tragedia del hombre es que “habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido” (21).

Sólo así entendemos el orgullo con el que Gauguin habla de sí mismo como un profeta, que ve como su obra como algo sagrado. Contempla de hecho no sólo su vida, sino también su muerte, al estilo de una ofrenda religiosa, ya que no está dispuesto a  consumirse en “la eterna lucha contra los imbéciles”. Es la locura, por la que los hombres “profesando ser sabios se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por semejanza de imagen de hombre corruptible” (Ro. 1:22-23). “Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador” (24-25).

El problema es que anhelamos todavía ese paraíso perdido, que sólo en Cristo puede ser recobrado. Nos preguntamos de dónde venimos, qué somos, y a dónde vamos, cuando Él sólo es el camino, la verdad y la vida. “Un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, sale de su trono”, pero en Apocalipsis esa nueva creación ya no es un huerto, sino una ciudad. La solución no está por lo tanto en volver al campo, sino en que “el que tiene sed, venga, y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (22:17). Porque sólo así recuperaremos algo más que el Edén.         

José de Segovia Barrón es periodista, teólogo y pastor en Madrid.
© J. de Segova, I+CP, 2003. I+CP (www.ICP-e.org)

FORO DEL AUTOR

 

 
mARTEs
JOSÉ DE SEGOVIA
De par en par
JUAN SIMARRO
Orbayu
MANUEL LEÓN
dLirios
Luis Marián
Letra pequeña
MANUEL LÓPEZ
La voz
CESAR VIDAL
Claves
WENCESLAO CALVO
Íntimo
YOLANDA TAMAYO
. PUBLICIDAD


© 2003 Protestante Digital, España.
Las opiniones vertidas por nuestros colaboradores se realizan a nivel personal, pudiendo coincidir o no con la postura de la dirección.
Colabora: