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El
paraíso perdido de Gauguin La figura y la obra de Paul Gauguin
(1848-1903) este año ha cobrado especial relieve. No sólo ha
sido el protagonista de la última novela de Marío Vargas Llosa, El
paraíso en la otra esquina, sino que también se ha celebrado
el centenario de su muerte. Una gran exposición en el Grand
Palais de París ha recogido bajo el título El
taller de los trópicos trescientas obras dispersas en
diferentes museos y colecciones, que hizo al final de su vida
en Tahití, la Martinica y las Islas Marquesas. Pero ¿encontró allí Gauguin
de verdad el Paraíso?. Se ha creado toda una mitología en torno al artista, de
la que todavía se alimentan autores como Vargas Llosa. Según
ella Gauguin era un rebelde como su abuela, Flora Tristán.
Buscaba un mundo primitivo y salvaje, no contaminado por
las convenciones sociales, donde poder recuperar su energía
y revigorizar su arte. La realidad fue algo diferente, ya
que el día que toma el velero Océanien en Marsella
en 1891, lo que estaba haciendo es abandonar a su familia.
Puesto que al embarcarse a los mares del sur dejaba cinco
hijos y a su esposa, la danesa Mette Gad, que nunca le perdonó que
dejara su carrera de agente de cambio y bolsa para dejar
a su familia en la ruina, al dedicarse a esa pintura que
empezó a llamarse entonces impresionista. Se dice siempre que el artista estaba harto de Europa, donde
todo estaba podrido, y había un arte cada vez más superficial
e insustancial. Pero la verdad es que estaba arruinado y
cansado de la vida familiar. No es la primera vez que huía
de todo compromiso, como hizo cuando se fue a vivir con Van
Gogh en una casa del sur de Francia, pero su convivencia
se acabó convirtiendo entonces en un verdadero infierno.
Desde luego que se sentía incomprendido y vacío, pero tenía
más razones personales que artísticas para ello. Llegó a
Tahití justo a tiempo para ver las exequias del último rey,
Pomaré V, pudiendo comprobar los grandes efectos de la dominación
colonial francesa sobre la cultura indígena tradicional de
aquellas islas. Esa Oceanía paradisíaca, a finales del XIX
ya no era la que conoció el capitán Cook. Su primera inmersión
en esta cultura duró sólo dos años, pero volvió en 1895,
para pasar allí los últimos años de su vida. La muestra que está en el Grand Palais hasta el 19
de enero, reúne tanto cuadros como esculturas y objetos,
obras gráficas y manuscritos, todos años realizados durante
sus últimos años en la Polinesia. La estrella de esta exposición
es su monumental, De dónde venimos?, ¿qué somos?, ¿a dónde
vamos?. Gauguin comenzó este impresionante cuadro de
139 por 374 centímetros en 1897, durante su segunda estancia
en el Pacifico, mostrándolo al año siguiente en París. Esta
tela, que es propiedad de un museo de Boston, se conserva
en un estado muy frágil, por lo que no había vuelto a Francia
desde 1949. En torno a él se han exhibido también otras siete
obras menores, que contienen fragmentos, réplicas y variaciones
del mismo tema.  Gauguin concibió este cuadro como una especie de testamento
pictórico, que refleja su visión de la condición humana.
Al describirlo a un amigo en una carta, lo comparó con los
Evangelios. Así si lo lees de derecha a izquierda, te preguntas: ¿De
dónde venimos?, y a la derecha ves un niño; ¿qué somos?, se
interroga el hombre; y ¿a dónde vamos?, contemplando
una anciana y un pájaro que anuncia la muerte. Y al fondo
vemos algunas figuras misteriosas, que en colores algo apagados
están de píe cerca del árbol del conocimiento. Al comer de él
han caído en el triste destino de los hijos de Adán, pero ¿cómo
conocer la verdad de las cosas?. El conocimiento espiritual que viene por la fe está muy
bien reflejado en una pintura que hizo en 1888 y está ahora
en la Galería Nacional de Escocia en Edimburgo. Se
llama Visión después del Sermón, y es considerado
uno de los más claros antecedentes de su obra en el Pacifico. En
ella vemos a unas mujeres de Bretaña, que con su sencilla
fe han escuchado una predicación sobre la lucha entre Jacob
y el ángel, que han visto realmente delante de sus ojos.
Ya que aunque la hierba aparezca de color rojo, para aquellas
mujeres la historia de Jacob es tan verdadera como sus vacas.
Está en el mismo plano de realidad en que ellas viven. Gauguin
siente así el misterio y el enigma de una vida que alcanza
más allá de lo que vemos con nuestros ojos. Hace entonces
varias imágenes de la cruz, como su famoso Cristo amarillo de
1889 en medio de una campo de Bretaña, con unas campesinas
arrodilladas a sus píes, así como otro verde y una escena
de él en el huerto de los Olivos. En 1901 dejó Tahití y se instaló en su último refugio en
las Islas Marquesas, donde murió dos años más tarde, cuando
iba a cumplir 55 años. Abandonado por sus jóvenes amantes,
con una pierna rota, enfermo de sífilis y consumido por el
alcohol, Gauguin no pudo volver a París, como quería. Su último
cuadro es una casa del sur de Francia, que pinta rodeado
de reproducciones de artistas como Rafael o Durero, ya que
arruinado, su marchante le dice que es mejor para las ventas
que se quede en aquellos parajes exóticos, donde acabará siendo
víctima de su propia leyenda. Afectado por la muerte de uno
de sus hijos, piensa ya en el suicidio y tras un intento
fallido de morir envenenado, fallece de lo que parece un
ataque de corazón, solo y desesperado. Un siglo después de su muerte el mesianismo utópico de Gauguin
continúa atrayéndonos y fascinándonos. Su explosión de colorido
nos muestra un paraíso que se nos antoja parcialmente intacto.
Pero lo que más nos sorprende es cómo en su lejano exilio
de la isla de Hivaoa le vemos consagrado a la religión laica
de su propio arte. Así esas supuestas vírgenes con mirada
y aura de María, no son en realidad más que sus propios modelos
y amantes, como Teha’amaba, una chica que apenas tenía trece
años cuando Gauguin la encuentra en Mataiea, una aldea al
sur del Papeete. Los desnudos que llenaban su Casa del
Gozar en Atuona fueron de hecho purgados por Monseñor
Martin, que hizo quemar todo aquello que le pareció indecente,
antes de darle finalmente católica sepultura. Su fe por eso
nos resulta a veces poco más que una inmensa parodia, pero
nos habla sin embargo de ese anhelo de redención, por el
que el hombre todavía suspira, esperando la restauración
de las relaciones rotas entre el hombre y la creación. El artista buscaba ya con Van Gogh la luminosidad de esa
espiritualidad invisible que intuyeron aquellos días en los
campos de la Provenza. La religiosidad que llena la obra
de Gauguin a partir de su encuentro con la sencilla piedad
de las mujeres de Bretaña nos revela algo de “lo que de Dios
se conoce, pues Dios lo manifestó”. Porque como dice el apóstol
Pablo a los Romanos, “las cosas invisibles de él,
su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde
la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las
cosas hechas” (1:19-20). La tragedia del hombre es que “habiendo
conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron
gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y
su necio corazón fue entenebrecido” (21). Sólo así entendemos el orgullo con el que Gauguin habla
de sí mismo como un profeta, que ve como su obra como algo
sagrado. Contempla de hecho no sólo su vida, sino también
su muerte, al estilo de una ofrenda religiosa, ya que no
está dispuesto a consumirse en “la eterna lucha contra los
imbéciles”. Es la locura, por la que los hombres “profesando
ser sabios se hicieron necios, y cambiaron la gloria del
Dios incorruptible por semejanza de imagen de hombre corruptible” (Ro. 1:22-23). “Por
lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las
concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron
entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad
de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas
antes que al Creador” (24-25). El problema es que anhelamos todavía ese paraíso perdido,
que sólo en Cristo puede ser recobrado. Nos preguntamos de
dónde venimos, qué somos, y a dónde vamos, cuando Él sólo
es el camino, la verdad y la vida. “Un río limpio de agua
de vida, resplandeciente como cristal, sale de su trono”,
pero en Apocalipsis esa nueva creación ya no es un
huerto, sino una ciudad. La solución no está por lo tanto
en volver al campo, sino en que “el que tiene sed, venga,
y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (22:17).
Porque sólo así recuperaremos algo más que el Edén.
José de Segovia Barrón
es periodista, teólogo y pastor en Madrid.
© J. de Segova, I+CP, 2003. I+CP (www.ICP-e.org) FORO
DEL AUTOR |
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