| Año
nuevo... ¿vida nueva?
‘Así dijo
el Señor:
Paraos en los caminos, y mirad,
y preguntad por las sendas antiguas,
cuál
sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis
descanso para vuestra alma.’ (Jeremías
6:16))
El año nuevo ha llegado y de su
brazo viene el inseparable tópico que lo acompaña:
Año nuevo, vida nueva. Los fumadores empedernidos,
acuciados ahora por los cada vez más tétricos
mensajes en las cajas de cigarrillos, se propondrán,
una vez más, dejar de fumar. Los amigos del buen comer,
constatando que la báscula ha registrado minuciosamente
cada uno de los excesos de esta Navidad, resolverán
volver a la disciplina del severo régimen alimenticio.
Y con todos los grandes o pequeños vicios que nos
dominan determinaremos acabar con ellos, de una vez y para
siempre, al comenzar el año nuevo. La ocasión
es idónea, la fecha redonda: un inicio, un comienzo,
un ciclo en el tiempo... Algo que se acaba y algo que empieza.Y
así comenzaremos el año con renovadas ilusiones,
con remozados empeños puestos en librar la batalla,
hasta ahora inconclusa, que nos permita alzarnos con la victoria
sobre esto o aquello. Pero ¡ay! las hojas del calendario
irán cayendo y con ellas irán menguando nuestras
fuerzas, nuestra voluntad disminuyendo, para pronto descubrir
que estamos en la misma condición con la que despedimos
el año: Y nuestros viejos fantasmas seguirán
ahí: Impertérritos, desafiantes y hasta crecidos
como nunca antes.
Después de todo, si hubo una fecha redonda ésa
fue el 1 de enero de 2001: cambio de año, cambio de
siglo, cambio de milenio... ¿Puede haber más
cambios convergiendo en una sola cifra? Si la tópica
frase funcionara, era entonces cuando, por encima de todo,
debía haber funcionado porque la ‘magia’ de
aquellos dígitos daba más motivación.
Pero si los números de entonces no tuvieron la suficiente
eficacia para que el cambio se produjera ¿Qué podemos
esperar ahora, que las cifras ya han perdido aquella redondez
perfecta, aquel brillo singular?. De manera que todo indica
que estamos abocados a un vitalicio estado de buenas resoluciones
y perturbadores tropezones. Aunque ¡claro! siempre
encontraremos un consuelo, aunque sea engañoso: ‘La
próxima vez será la definitiva’; o ‘Después
de todo no soy el único al que esto sucede’;
hasta hallaremos alguna frase oportuna que justifique nuestro
fracaso: ‘La mejor manera de vencer la tentación
es caer en ella.’ Y así, ajada ya aquella juvenil
determinación del 1 de enero, claudicaremos, tal vez
ya en febrero, ante la tozuda realidad.
¿Es esto todo lo que podemos esperar? ¿No
hay manera de salir de este círculo de idealismo de
pompas de jabón que estallan a la primera de cambio,
dejándonos decepcionados, como los niños que
dejan de serlo para siempre, al descubrir que los Reyes Magos
son los padres? ¿Es la vida un conjunto de ilusiones
que están más allá de nuestro alcance
y que, aun así, necesitamos creer que las vamos a
alcanzar, como ocurre con el asno al que el jinete pone la
zanahoria por delante para que ande? Si es así, tarde
o temprano acabaremos en el nicho del cinismo, en el hoyo
del resentimiento o en la fosa del sarcasmo.
Y sin embargo, el pasaje bíblico arriba citado sí habla
de un nuevo comienzo. Pero se trata de un nuevo comienzo
que tiene unos condicionantes sin los cuales nunca se producirá.
Son los siguientes:
1. Pararse. En un mundo agitado y frenético como
el que vivimos que gira a velocidad de vértigo, detenerse
parece una pérdida. Y sin embargo, el mandato de Dios
en ese texto es precisamente ése.
¿
Cuándo hemos de pararnos? Cuando estamos perdidos
y no sabemos donde estamos. O cuando estamos desorientados
y no sabemos hacia donde vamos. O cuando damos vueltas y
vueltas en círculos sin sentido. O cuando simplemente
andamos por andar. O cuando andamos por sendas peligrosas,
por despeñaderos abruptos. En definitiva, cuando
andamos en nuestros propios caminos. Entonces, es imprescindible
saber pararse.
¿
Por qué hemos de pararnos? Porque podemos malgastar
toda nuestra vida, todo nuestro tiempo y toda nuestra energía
en caminos que, en el mejor de los casos, no llevan a ninguna
parte.
2. Mirar. Mirar es mirar adentro, o sea reflexionar,
pensar, evaluar y hacer balance. Significa un ejercicio
de introspección,
de examen de conciencia. No es fácil esto e incluso
puede ser doloroso, al descubrir que nuestra vida en conjunto
no pasa el examen. Tal vez el suspenso es global porque no
hay ni una sola asignatura que hemos aprobado. O tal vez
el suspenso es parcial, en una sola, pero siempre la misma,
la eterna, la pendiente asignatura que nos trae de cabeza.
De la misma manera que los marinos en la antigüedad
echaban la sonda para comprobar la profundidad de las aguas
por las que estaban navegando no fueran a encallar o embarrancar,
así es necesario sondear nuestra conciencia no sea
que naufraguemos en el mar de la vida.
3. Preguntar. Preguntar
es un ejercicio de humildad, porque es un reconocimiento
de la propia ignorancia, de la propia
limitación. Y es la admisión de que hay otros
que saben lo que yo ignoro. Pero lo mismo que ocurre cuando
estamos perdidos en una gran ciudad, que muchos no saben
o incluso dan una indicación equivocada, así acontece
con los asuntos de la vida: No todo al que preguntemos está cualificado
para dar la respuesta correcta; por eso hay muchos ciegos
guiando a ciegos. Es decir, además de preguntar hay
que saber a quién preguntar. Hay un sitio al que podemos
ir a preguntar porque es infalible con la verdadera infalibilidad
y ese sitio no es otro que la misma Palabra de Dios. Pero
preguntar exige también saber hacer las preguntas
correctas pues sólo aquel que sabe hacer las preguntas
correctas obtendrá las respuestas correctas. En el
pasaje citado se habla de preguntar por las sendas antiguas,
o sea, eternas. La senda del arrepentimiento, la senda de
la conversión a Dios, la senda de la santidad, la
senda del temor de Dios, la senda de la consagración,
la senda del servicio. Esas son las sendas por las que hemos
de preguntar. También se habla de el buen camino;
nótese el artículo determinado en singular.
Es decir, que a pesar de Machado sí hay camino y
no un camino cualquiera sino el camino por excelencia,
el camino
por antonomasia.
4. Andar. Una vez que hemos encontrado
la respuesta a nuestra pregunta, hemos de ponernos en movimiento,
en marcha. La
fe especulativa es una fe muerta, la fe que no se traduce
en acción ni siquiera es fe, de la misma manera que
un cadáver ya no es una persona.
Como resultado de todo ello hay una promesa: Descanso para
nuestra alma. Eso es exactamente lo mismo que prometió Jesús.
Por eso, ahora que estamos comenzando un nuevo año
tal vez es preciso hacer un alto en el camino, mirar, preguntar
y andar para poder descansar.
Wenceslao Calvo es conferenciante
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, ProtestanteDigital.com, 2003, Madrid, España.
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