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Número 17 - 23 de diciembre, 2003
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Juan Simarro

Navidad: ¿noche de paz?

Navidad. Nuestro himno clásico: Noche de Paz. La paz es uno de los temas sobre el que continuamente deberían estar reflexionando los cristianos en todo el mundo, siempre y a lo largo de todo el año, pero, si se quiere, más aún en Navidad. Lamentablemente, muchos cristianos evangélicos, y así sucede también en España, hablamos de la paz que Dios nos da “no como el mundo la da”. Y nos centramos casi exclusivamente en la búsqueda de la paz interior, que difícilmente hallamos, porque no existe posibilidad de una auténtica paz interior vivida en la insolidaridad. Desequilibramos la balanza. Aquí no se trata de saber qué paz es mejor. Se trata de equilibrar nuestra paz interior con la paz que debe reinar entre los pueblos, paz que debe estar fundamentada en una mayor solidaridad y compromiso social con los pobres del mundo. Esto es parte del mensaje del pesebre.

La paz interior que se encuentra de espaldas al dolor de los pueblos, es una burla al concepto de paz en su integralidad, y en nada se puede asemejar a la paz que Jesús nos quiere dar... porque Él encontró su paz interior en el compromiso y solidaridad con el hombre, fundamentalmente con los más débiles, naciendo en pobreza y denunciando todo tipo de opresión o exclusión, lo cual le llevó a la cruz, lugar del Gólgota en el que también pudo disfrutar de la paz que el mundo no le dio, la paz del “Consumado es”, del deber cumplido, del trabajo hecho en nuestro favor... del servicio a los débiles. Así, la Noche de Paz, deviene en realidad final con el Consumado es de la cruz.

Los caminos de paz que debe ir abriendo el cristiano están en los dos niveles: Ofrecer la paz que el mundo no puede dar y, a su vez, buscar la paz que dimana de la búsqueda y aproximación a la justicia social, en favor de la dignidad de los hombres. Así, crear caminos de paz parte de un comienzo importante en nuestra andadura cristiana: no considerar la pobreza como una fatalidad natural, sino como un escándalo que dimana de lo injusto de los comportamientos humanos, del egoísmo del hombre en un mundo en el que hay recursos suficientes para todos. Tema de reflexión para la Noche de Paz, que también es de amor y, por ende, de solidaridad y compromiso.

El cristianismo no puede crear caminos de paz en el mundo sin esta preocupación por más de media humanidad. Un cristianismo insolidario con los gritos de dolor de tantos hombres en exclusión, ni puede crear caminos de paz, ni podrá disfrutar de la paz interior. No existe la Navidad para él. El mensaje del pesebre se pierde en la lejanía de los tiempos. Si nuestra paz en el mundo la identificamos con un consumo frente al grito de nuestros coetáneos sin alimentos, ni agua potable, ni medicinas... ni paz, frente al grito de una tierra desordenadamente explotada, frente al despojo de terrenos que se agotan para el consumo desenfrenado del pequeño colectivo rico, y si las estructuras sociales siguen creando lo antitético a la paz, que es la violencia estructural que repercute sobre los pobres y despojados del mundo, y si, además, seguimos pensando en un desarrollo económico insolidario que no piensa en el desarrollo humano de los pueblos, si todo esto ocurre, es que los cristianos estamos asumiendo los valores antibíblicos propios de una cultura que es contracultura en relación con los valores que dimanan del texto bíblico. La solidaridad navideña la hacemos una mentira y nos burlamos del simbolismo del pesebre.

Frente a esto, yo soy un convencido de la fuerza del cristianismo, quizás sólo con su voz, si todos los cristianos del mundo fuéramos coherentes con el mensaje del Evangelio de Jesús, con el espíritu de la Navidad, podríamos abrir las vías necesarias para un desarrollo económico con un rostro más humano, más solidario y propio del ideal de projimidad que se nos demanda en las escrituras. Así es como los cristianos continuaríamos abriendo caminos de paz, interior y entre los pueblos, así como vías de libertad y dignidad humana. Entonces sí que podríamos dar gritos de júbilo en la celebración de la Navidad. El mensaje y el simbolismo del pesebre nos habría liberado.

Por tanto, se pueden abrir caminos de paz promoviendo entre los creyentes, desde que sus hijos son pequeños, una cultura de la solidaridad y del compromiso con los pobres, la idea de que todos los pueblos somos iguales en dignidad y no hay que poner barreras a nadie para que acceda a la alimentación. Que se promueva una cultura solidaria con la tierra, que se considere un pecado la explotación desmedida y desordenada de sus recursos y se enseñe que el desarrollo humano tiene que ser sostenible, con todo lo que ello implica de cambios en los estilos de vida, en los valores y en el concepto de fe, que se debe adecuar a la fe que en la Biblia se define como una semilla que actúa a través del amor.

Todo esto debe ser esencial en el mensaje navideño. Que sepamos que en el mundo no puede haber paz sólo para unos pocos y, menos aún, para los mejor armados. Que entremos en líneas de renuncia a favor de los otros... es una implicación de la paz y de la liberación completa de los pueblos oprimidos, explotados y excluidos. Y esto no es sólo una cuestión social. Es algo que debe dimanar de la vivencia integral de un cristianismo vivido en compromiso con el hombre y encarnado en los avatares de la historia. Tan encarnado como el Verbo que irrumpe en nuestra historia en la figura de Jesús. Un Jesús que comienza su andadura en la historia como un Jesús niño, excluido, sin lugar donde nacer, reclinado en un pesebre sólo digno para las bestias y que, en breve, tendrá que huir como refugiado con la muerte pegada a los talones por la violencia de Herodes. Si Él es nuestra paz, nosotros tenemos que ser agentes de pacificación de un mundo en conflicto. Si no es así, la Navidad es mentira para ti. Y cuando cantes Noche de Paz, estarás haciendo una burla al Mensaje del Pesebre, símbolo del compromiso con los desheredados del mundo.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2003, Madrid, España.
 
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