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Navidad:
¿noche de paz?
Navidad. Nuestro himno clásico:
Noche de Paz. La paz es uno de los temas sobre el que continuamente
deberían estar reflexionando los cristianos en todo el
mundo, siempre y a lo largo de todo el año, pero, si
se quiere, más aún en Navidad. Lamentablemente,
muchos cristianos evangélicos, y así sucede también
en España, hablamos de la paz que Dios nos da “no
como el mundo la da”. Y nos centramos casi exclusivamente
en la búsqueda de la paz interior, que difícilmente
hallamos, porque no existe posibilidad de una auténtica
paz interior vivida en la insolidaridad. Desequilibramos la
balanza. Aquí no se trata de saber qué paz es
mejor. Se trata de equilibrar nuestra paz interior con la paz
que debe reinar entre los pueblos, paz que debe estar fundamentada
en una mayor solidaridad y compromiso social con los pobres
del mundo. Esto es parte del mensaje del pesebre.
La paz interior que se encuentra de espaldas al dolor de los
pueblos, es una burla al concepto de paz en su integralidad,
y en nada se puede asemejar a la paz que Jesús nos quiere
dar... porque Él encontró su paz interior en el
compromiso y solidaridad con el hombre, fundamentalmente con
los más débiles, naciendo en pobreza y denunciando
todo tipo de opresión o exclusión, lo cual le
llevó a la cruz, lugar del Gólgota en el que también
pudo disfrutar de la paz que el mundo no le dio, la paz del
“Consumado es”, del deber cumplido, del trabajo
hecho en nuestro favor... del servicio a los débiles.
Así, la Noche de Paz, deviene en realidad final con el
Consumado es de la cruz.
Los caminos de paz que debe ir abriendo el cristiano están
en los dos niveles: Ofrecer la paz que el mundo no puede dar
y, a su vez, buscar la paz que dimana de la búsqueda
y aproximación a la justicia social, en favor de la
dignidad de los hombres. Así, crear caminos de paz
parte de un comienzo importante en nuestra andadura cristiana:
no considerar la pobreza como una fatalidad natural, sino
como un escándalo que dimana de lo injusto de los comportamientos
humanos, del egoísmo del hombre en un mundo en el que
hay recursos suficientes para todos. Tema de reflexión
para la Noche de Paz, que también es de amor y, por
ende, de solidaridad y compromiso.
El cristianismo no puede crear caminos de paz en el mundo
sin esta preocupación por más de media humanidad.
Un cristianismo insolidario con los gritos de dolor de tantos
hombres en exclusión, ni puede crear caminos de paz,
ni podrá disfrutar de la paz interior. No existe la
Navidad para él. El mensaje del pesebre se pierde en
la lejanía de los tiempos. Si nuestra paz en el mundo
la identificamos con un consumo frente al grito de nuestros
coetáneos sin alimentos, ni agua potable, ni medicinas...
ni paz, frente al grito de una tierra desordenadamente explotada,
frente al despojo de terrenos que se agotan para el consumo
desenfrenado del pequeño colectivo rico, y si las estructuras
sociales siguen creando lo antitético a la paz, que
es la violencia estructural que repercute sobre los pobres
y despojados del mundo, y si, además, seguimos pensando
en un desarrollo económico insolidario que no piensa
en el desarrollo humano de los pueblos, si todo esto ocurre,
es que los cristianos estamos asumiendo los valores antibíblicos
propios de una cultura que es contracultura en relación
con los valores que dimanan del texto bíblico. La solidaridad
navideña la hacemos una mentira y nos burlamos del
simbolismo del pesebre.
Frente a esto, yo soy un convencido de la fuerza del cristianismo,
quizás sólo con su voz, si todos los cristianos
del mundo fuéramos coherentes con el mensaje del Evangelio
de Jesús, con el espíritu de la Navidad, podríamos
abrir las vías necesarias para un desarrollo económico
con un rostro más humano, más solidario y propio
del ideal de projimidad que se nos demanda en las escrituras.
Así es como los cristianos continuaríamos abriendo
caminos de paz, interior y entre los pueblos, así como
vías de libertad y dignidad humana. Entonces sí
que podríamos dar gritos de júbilo en la celebración
de la Navidad. El mensaje y el simbolismo del pesebre nos
habría liberado.
Por tanto, se pueden abrir caminos de paz promoviendo entre
los creyentes, desde que sus hijos son pequeños, una
cultura de la solidaridad y del compromiso con los pobres,
la idea de que todos los pueblos somos iguales en dignidad
y no hay que poner barreras a nadie para que acceda a la alimentación.
Que se promueva una cultura solidaria con la tierra, que se
considere un pecado la explotación desmedida y desordenada
de sus recursos y se enseñe que el desarrollo humano
tiene que ser sostenible, con todo lo que ello implica de
cambios en los estilos de vida, en los valores y en el concepto
de fe, que se debe adecuar a la fe que en la Biblia se define
como una semilla que actúa a través del amor.
Todo esto debe ser esencial en el mensaje navideño. Que
sepamos que en el mundo no puede haber paz sólo para
unos pocos y, menos aún, para los mejor armados. Que
entremos en líneas de renuncia a favor de los otros...
es una implicación de la paz y de la liberación
completa de los pueblos oprimidos, explotados y excluidos. Y
esto no es sólo una cuestión social. Es algo que
debe dimanar de la vivencia integral de un cristianismo vivido
en compromiso con el hombre y encarnado en los avatares de la
historia. Tan encarnado como el Verbo que irrumpe en nuestra
historia en la figura de Jesús. Un Jesús que comienza
su andadura en la historia como un Jesús niño,
excluido, sin lugar donde nacer, reclinado en un pesebre sólo
digno para las bestias y que, en breve, tendrá que huir
como refugiado con la muerte pegada a los talones por la violencia
de Herodes. Si Él es nuestra paz, nosotros tenemos que
ser agentes de pacificación de un mundo en conflicto.
Si no es así, la Navidad es mentira para ti. Y cuando
cantes Noche de Paz, estarás haciendo una burla al Mensaje
del Pesebre, símbolo del compromiso con los desheredados
del mundo. Juan Simarro Fernández,
licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana
de Madrid.
© J. Simarro, 2003, Madrid, España. |
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