| Tristeza
y esperanza
Hoy nadie me ha llamado. Ya es tarde
y ni siquiera recuerdo si la jornada de hoy ha sido diferente
a la de ayer. La mediocridad se sienta en el sofá para
burlarse de mí. Abro la ventana y espero a que el
milagro entre. Tiempo... tiempo... Nada ocurre. Tan solo
el desencanto que se posa tras el cristal. Lleva ahí toda
la tarde y no sé si está tarareando una canción
de amor o gime desgarrado de tristeza. Ni siquiera me he
parado a pensar si no será tan solo el eco de mi interior.
Tampoco me apetece pensarlo porque me da igual. Hojeo las
noticias de siempre y me pregunto lo de siempre: ¿Dónde
está la fe?, ¿Dónde está la esperanza
de un amor inocente que algún día nos absorba
hasta cegarnos de nosotros mismos? Sé que en el fondo
anda cerca. Su murmullo es inconfundible.
Me asomo a la terraza y veo una humanidad
en la calle Abominación. Es el mundo con todos dentro,
donde los viandantes llevan mochila con estatuilla dentro.
Son deidades de barro con diversidad de nombres. El de la
joven que pasa junto al bar lleva el rotulo de Familia grabado
en los píes de su Tótem. Pero de inmediato
un delgado y sinuoso individuo vestido de negro y con una
especie de guadaña roba su sueño y marcha corriendo
con el botín. La muchacha enloquece. La fragilidad
de su fuerte se revela burlona y nadie la oye. El ruido de
la calle ahoga su hundimiento.
No puedo creer lo que estoy viendo. A muchos otros les están
sustrayendo las figuras de barro portadas en la espalda. ¿Será la
maldita ola de delincuencia o son ellos mismos los que se
están robando? Muchos corren inútilmente tras
sus dioses; Trabajo… Dinero…Ocio… ¡Uf!
Son tantos y tan pequeños que apenas leo sus nombres
desde aquí… Orgullo… Quedirán… Prejuicio...
Miedo...
Es curioso observar como ahora que se han quedado sin el
peso que encorvaba sus espaldas se vean tan asustados e indefensos. ¿Pero
qué está ocurriendo? Algunos ya no pueden andar,
otros sólo ríen de forma macabra mientras miran
a los demás. Otros de repente se han quedado ciegos
como en la novela de Saramago.
Desde aquí arriba observo estupefacto este circo
de locos. Nunca antes había tenido una perspectiva
así de mi mundo. Y si no bastarán ya tantas
extrañezas, de repente me veo a mí mismo en
la calle, junto a un kiosco comprando El Marca.
Soy uno más. Pero diviso como se me acerca un extraño
hombre que ya llevaba rato tendiendo su mano a todo el que
se cruzaba en su camino ¿Es otro demente más?
Súbitamente miro desde abajo sus ojos y no sé cómo,
pero me encuentro. No sé cómo, pero sé que
me conoce desde siempre. No me habla porque no hay nada que
decir en ese momento, simplemente me produce confianza. Le
sigo. Y juntos conseguimos salir de la calle. Entramos en
otra que nada tiene que ver con la que yo conocía.
Resulta inútil describirla porque ningún adjetivo
podría representar aquella paz y majestuosidad (¡vaya! ¡adjetivé!).
Veo más calles. Ninguna tiene nombre porque allí ya
no hay diferencias. No existen las distinciones, ni tampoco
la tentación de la autodestrucción a la que
vulgarmente solemos llamar Pecado. Y lo mejor de todo es
que Él está conmigo cara a cara. Mi Yo en ÉL
y su Yo en mí. Sé que en ese momento nada me
puede hacer tambalear.
Pero de repente me reconozco en mi casa frente a la ventana
abierta, donde una caprichosa brisa acaba de esparcir todos
mis apuntes de clase por el suelo. No sé bien cómo,
pero sé que todo lo acontecido esa tarde era más
real aún que lo más auténtico. De algún
modo que no consigo explicar sé que un día
estaré en ese lugar donde las calles no tienen nombre.
Y lo mejor de todo es que vuelvo a renovar mi confianza en
un Dios que no es de arcilla ni susceptible de robo. El autor
del amor podría ser su nombre. Es curioso, mi tristeza
no se ha ido del todo, pero mi esperanza y confianza se han
hinchado como gigantes de roca. Es curioso.
Luis
Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad
Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado al
diálogo con no creyentes.
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