| Regalos
Qué grato sabor el de
tus labios, desprendiendo toda su carga de dulzura, esperando
simplemente ser recibidos con serenidad y candidez. Qué
profundas tus manos que derrochando caricias se muestran cual
vasos impertérritos en un agitado mar de inquietos
dedos...
Cuando miro a mi alrededor, a ese cercano entorno que sólo
me concierne a mi, veo cómo se ha ido llenando de dádivas.
En ese silencio al que someto mi mente de vez en cuando, hago
inventario de todo cuanto tengo, de todas aquellas cosas que
han ido ocupando poco a poco ese espacio tan mío llamado
corazón.
Con destellos de emoción observo lo que el tiempo
ha coloreado de prestigio, matizando las aristas de las cosas
con ese valioso polvillo de pasado que lo cubre todo de una
dulce- salobre nostalgia. Aparecen ante mi las cartas recibidas
en la adolescencia, retazos de amigos que ya no están
porque no pudieron soportar el paso brutal de una etapa a
otra y quedaron encerrados en el ayer.
Aquella vieja muñeca que milagrosamente a sobrevivido
al paso del tiempo, pequeña dama que tuvo que despedirse
de sus demás amigos los juguetes, todos ellos abandonados
en un frío cubo de basura, rotos y descuartizados por
mis ávidas manos de niña curiosa. Ese viejo
suéter rojo, regalo de una muy buena vecina, que tejido
durante meses guardó con cautela, hasta que en la noche
de reyes lo depositó en una caja y ofreció diciendo
que un tal "Melchor" lo había dejado en su
casa para mi. Han pasado muchos inviernos desde aquel día
en el que recibí ese regalo, pero aún lo conservo
con sumo cariño, protegido cual joya de incalculable
valor, esperando que algún día pueda ser utilizado
por alguno de mis futuros hijos.
Las fotografías, los libros, los desusados discos
de vinilo, pequeños recuerdos que aguardan en un rincón
a que se les conceda de nuevo un poco del protagonismo que
antes tenían.
Todos somos dadores y recibidores de regalos. Nuestras vidas
están decoradas de preciadas mercancías que
a lo largo de los años se han ido depositando entorno
nuestro. Pequeños y grandes obsequios que entregados
cual ofrenda humana han dado color al término que circunda
nuestros corazones. Han encendido luces brillante, iluminando
con ellas esos espacios grises que aparecen en el caminar
diario.
Los meses se deshojan entre números de un calendario,
se vuelven viejos junto a los días marchitos de meses
pasados. Pero, cuan bueno es tener todo ese conjunto de obsequios
que la vida nos ha ido legando y que al volverlos a ver nos
devuelven trazos del ayer pintados casi siempre de una cálida
alegría.
Agradezco a cada amigo su aporte para engrosar esta valija
de objetos cargados de riquezas, de imágenes saturadas
de un perfume nostálgico y hermoso a la vez.
Agradezco que mi equipaje este lleno de tantas y tantas pequeñas
grandes ofrendas, que desprendidas de solicitas manos han
cuajado de sentido mi existencia, haciendo que ante la dificultad
de vivir me sienta importante, especial y muy querida.
Un nuevo año se despereza ante nosotros, un año
en el que casi todo está por estrenar. Es mi deseo
en esta nueva aventura que regalásemos algo más
que cosas materiales y que con entusiasmo nos comprometiésemos
a donar grandes dosis de cariño sobre todos quienes
nos rodean. Sólo así lograremos ser cada día
un poco más felices.
Yolanda Tamayo es colaboradora de la
revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2004, ProtestanteDigital.com
(España ). |