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PNEUMATOLOGIA
DEL JUDEO-CRISTIANISMO PALESTINO DEL S. I
Manifestaciones del Espíritu Santo:
II.-
profecía
y sanidades
b) Profecía.
Otro
de los fenómenos espirituales que el judeo-cristianismo
palestino asoció con la presencia y la actividad del
Espíritu Santo fue la profecía. Al igual que
sucede con la glosolalia es esta una manifestación
que no se ha limitado históricamente a este periodo
histórico sino que cuenta con multitud de paralelos
en distintos marcos culturales y religiosos.
Con todo, su peso en el judeo-cristianismo palestino debió ser
muy considerable. Dado que existía la idea de que
habían irrumpido los últimos tiempos escatológicos
(Jl:3 y Hch 2) el ejercicio de la misma fue muy amplio y,
posiblemente, debió de animarse a la gente a buscar
libremente tal tipo de manifestaciones.
Aquello, por otro lado, implicaba un fuerte contraste con
un judaísmo que descartaba en aquellos momentos tal
posibilidad. Miembros de la comunidad judeo-cristiana de
Jerusalén, establecidos luego en otros lugares, experimentaron
este fenómeno profético (Hch 21, 9) y hay datos
que apuntan a que el peso específico (si es que no
el número) de los profetas en la comunidad de Jerusalén
debía ser relativamente relevante y que, incluso,
desarrollaban un ministerio semi-itinerante en comunidades
hermanas (Hch 11, 27 ss). Tenemos noticias de que este tipo
de manifestaciones siguieron dándose durante la década
de los cuarenta (Hch 15, 27-32), de los cincuenta (Hch 21,
10 ss) y de los sesenta (Eusebio, HE III, V, 4 ss) del siglo
I d. de C.. Según la fecha en que datemos la Didajé,
podemos ver que el fenómeno se perpetuó posteriormente,
aunque ya se aprecian abusos en el mismo (Didajé 9,
7; 11, 3-12; 13, 1-7; 15, 1-2).
El papel de la profecía fue, según las fuentes,
muy relevante. Revelaciones de tipo profético provocaron
la toma de acciones concretas incluso fuera de la misma Palestina
(Hch 11, 28-30; 15, 32). Del mismo modo, y tal como narra
Eusebio (HE III, V, 4 ss), fue un oráculo profético
también el que llevó a los judeo-cristianos
de Jerusalén a huir de la ciudad y a refugiarse en
Pella durante la guerra contra Roma, una tradición
cuya historicidad hemos examinado en la segunda parte de
esta obra.
El autor de Apocalipsis (cuyo mensaje manifiesta la pretensión
de ser aceptado por diversas iglesias) se inscribe, desde
luego, en esa misma categoría de profetas (Ap 1, 1-3;
22, 9) y ve a los mismos como parte fundamental de la comunidad
(11, 18; 16, 6; 18, 20 y 24; 22, 9), hasta el punto de que
Dios es definido como el Dios de los espíritus de
los profetas (22, 6). Los mensajes entregados a las iglesias
de Asia Menor que figuran en los capítulos 1-3 posiblemente
recogen oráculos proféticos del estilo de los
transmitidos por aquellos que eran objeto de este tipo de
manifestaciones espirituales. Con todo, el autor del libro
era consciente de que podía darse un fenómeno
de profecía que no procediera de Dios y que, presentándose
como tal, causara un daño considerable en las congregaciones
(Ap 2, 20).
Fuera de Palestina, el papel de los profetas debió ser
considerable durante bastante tiempo. Pablo, al igual que
los judeo-cristianos palestinos, consideró que tal
manifestación era un carisma del Espíritu (1
Cor 12, 28; 14, 29 ss) de especial valor, tanto que hubiera
sido deseable que todos los creyentes hubieran disfrutado
del mismo (1 Cor 14, 1 y 39). En Ef 2, 20 habla todavía
de una iglesia fundada sobre apóstoles y profetas
(a nuestro juicio, un argumento nada despreciable en favor
de la antigüedad del escrito y de la autoridad paulina
del mismo) pero, con todo, era consciente de que se necesitaba
ejercer un criterio de discernimiento sobre el fenómeno,
como pasaba en relación con la glosolalia (1 Cor 14,
29 ss).
Experiencias como la que Lucas conecta con la estancia del
apóstol en Filipos y que tuvo que ver con una medium
que ejercía la adivinación (Hch 16, 16 ss)
pudieron llevarle a la conclusión de que no toda manifestación
profética era legítima ni podía ser
aceptada en el seno de la comunidad. Una vez más,
las fuentes no nos dan constancia de que ese tipo de problema
se produjera en relación con este fenómeno
en suelo palestino pero sí resulta evidente que fue
en éste donde tuvo su origen y donde se mantuvo vigente
durante, al menos, varias décadas.
c) Curaciones o sanidades.
Otro fenómeno que debió afianzar más
a los judeo-cristianos en su impresión de estar viviendo
en una auténtica era del Espíritu fue el de
las sanidades o curaciones. Los relatos de las mismas abundan
en las fuentes judeo-cristianas palestinas (Hch 3, 9, 32-5;
9, 36-43, etc).
A juzgar por lo señalado en Sant 5, 14 ss, era práctica
habitual ungir a los enfermos con aceite a la espera de que
tal acto, unido a la fe y a la oración, obtendría
como resultado la sanidad de los mismos. Un resto arqueológico
conocido como la "laminilla del óleo de la fe" testifica,
desde luego, de que la práctica se mantuvo durante
décadas y de que obtenía resultados a jJuzgar,
desde luego, por la oración reproducida en Hch 4,
30, la comunidad suplicaba a Dios la concesión de
curaciones en el nombre de Jesús, consciente de que
tales hechos provocarían un impacto considerable en
las personas a las que deseaban ganar para la nueva fe.
El fenómeno fue conocido también el cristianismo
paulino ya que Pablo encuadra las curaciones entre las manifestaciones
del Espíritu Santo (1 Cor 12, 9, 28 y 30). Muy posiblemente,
el texto de 2 Cor 12, 12 implica una autoatribución
de este tipo de fenómenos lo que resultaría
inverosímil (sobre todo dada la tirantez de la carta)
si no se sustentara en algun hecho concreto, similar a los
referidos por Lc en la segunda parte de los Hch (28, 8, etc).
Aún aceptando la dificultad de abordar este tema,
no se puede caer en el reduccionismo de rechazar como meramente
legendario todo lo que las fuentes nos dicen al respecto
ni tampoco aceptar el riesgo de equipararlo sin más
con los relatos rabínicos y helénicos de milagros.
El estudio de L. Sabourin sobre el mismo puso ya en su día
de manifiesto que "ninguno de los hechos maravillosos
de la documentación helenística y rabínica
presenta una garantía suficiente de autenticidad para
que se puedan reconocer en él los rasgos de un solo
milagro verdadero", que los relatos de milagros atribuidos
a rabinos no surgen hasta un siglo después de los
relacionados con Jesús y que los atribuidos a éste
poseen un carácter único de historicidad. Aún
cuando no se acepte una afirmación tan categórica
como la de Sabourin, no puede obviarse el hecho de que las
fuentes rabínicas no sólo no negaron sino que
aceptaron el hecho de que Jesús, un claro enemigo,
obraba milagros aunque, lógicamente, los atribuyeron
a hechicería (Tos, Shab 11, 15; 104b; Tos, Sanh 10,
11).
Tal afirmación se hizo extensible a sus seguidores.
Todavía en el s. III, los rabinos consideraban tan
posible que los judeo-cristianos palestinos realizaran curaciones
invocando el nombre de Jesús que guardaron testimonio
de algunas de ellas y, lo que no resulta extraño,
prohibieron de forma tajante recurrir a aquellos porque resultaba
preferible vivir sólo una hora a ser sanado por los
mismos (Tos,Jul, 2, 22-3; TalPal Shab 14d; TalPal A. Zar.
40d-41a; A. Zar 27b; Midrash Qohelet Rabbah 1, 8; TalPal
Shab. 14 d; Midrash Qohelet Rabbah, 10, 5; TalPal. Sanh 25d)
Los hechos resultaban inaceptables por venir de herejes
considerados peligrosos pero, a diferencia de los juicios
emitidos sobre las interpretaciones bíblicas de los
judeo-cristianos, jamás se cuestionó su veracidad.
Precisamente por que eran reales y se conocían testimonios
de ello, lo mejor era recurrir a la prohibición de
acudir a ellos. Si esto sucedía en plena decadencia
del movimiento, ya apartado de manera definitiva de la sinagoga
y condenado de manera codificada, podemos imaginarnos el
poder de atracción que debió de desempeñar
en una época en que todavía podía abarcar
con su poder de sugestión a sus compatriotas y añadir
a estos hechos no sólo una poderosa vitalidad, sino
también el empuje de algunos de sus dirigentes y el
testimonio de varios centenares de personas que afirmaban
haber visto con sus propios ojos a Jesús resucitado
(1 Cor 15, 3-8). Tampoco es extraño que los componentes
del mismo se sintieran inmersos en una era marcada por la
presencia del Espíritu.
César Vidal Manzanares
es un conocido escritor, historiador y teólogo.
© C. Vidal, 2003, España. |
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