E s p e c i a l e s
Número 17 - 9 de enero, 2004
  E D I T O R I A L

NOTICIAS

Internacional
España
Sociedad
Ciudades
España @l día

NEWS
From Spain
International
  HEMEROTECA
Especiales
Recortes de prensa
Números atrasados
Buscar

DOCUMENTOS
Históricos
Legales
Comunicados

INTERACTIV@
Tu opinión
Cartas
Libro de visitas
Chat
Foros

Recomendar

Agregar a favoritos
Página de inicio
¿Quiénes somos?
Patrocinada por:
Alianza
Evangélica
Española
miembro de:
European
Evangelical
Alliance
World
Evangelical
Alliance
La voz
César Vidal Manzanares
PNEUMATOLOGIA DEL JUDEO-CRISTIANISMO PALESTINO DEL S. I
Manifestaciones del Espíritu Santo:
II.- profecía y sanidades

b) Profecía.

Otro de los fenómenos espirituales que el judeo-cristianismo palestino asoció con la presencia y la actividad del Espíritu Santo fue la profecía. Al igual que sucede con la glosolalia es esta una manifestación que no se ha limitado históricamente a este periodo histórico sino que cuenta con multitud de paralelos en distintos marcos culturales y religiosos.

Con todo, su peso en el judeo-cristianismo palestino debió ser muy considerable. Dado que existía la idea de que habían irrumpido los últimos tiempos escatológicos (Jl:3 y Hch 2) el ejercicio de la misma fue muy amplio y, posiblemente, debió de animarse a la gente a buscar libremente tal tipo de manifestaciones.

Aquello, por otro lado, implicaba un fuerte contraste con un judaísmo que descartaba en aquellos momentos tal posibilidad. Miembros de la comunidad judeo-cristiana de Jerusalén, establecidos luego en otros lugares, experimentaron este fenómeno profético (Hch 21, 9) y hay datos que apuntan a que el peso específico (si es que no el número) de los profetas en la comunidad de Jerusalén debía ser relativamente relevante y que, incluso, desarrollaban un ministerio semi-itinerante en comunidades hermanas (Hch 11, 27 ss). Tenemos noticias de que este tipo de manifestaciones siguieron dándose durante la década de los cuarenta (Hch 15, 27-32), de los cincuenta (Hch 21, 10 ss) y de los sesenta (Eusebio, HE III, V, 4 ss) del siglo I d. de C.. Según la fecha en que datemos la Didajé, podemos ver que el fenómeno se perpetuó posteriormente, aunque ya se aprecian abusos en el mismo (Didajé 9, 7; 11, 3-12; 13, 1-7; 15, 1-2).

El papel de la profecía fue, según las fuentes, muy relevante. Revelaciones de tipo profético provocaron la toma de acciones concretas incluso fuera de la misma Palestina (Hch 11, 28-30; 15, 32). Del mismo modo, y tal como narra Eusebio (HE III, V, 4 ss), fue un oráculo profético también el que llevó a los judeo-cristianos de Jerusalén a huir de la ciudad y a refugiarse en Pella durante la guerra contra Roma, una tradición cuya historicidad hemos examinado en la segunda parte de esta obra.

El autor de Apocalipsis (cuyo mensaje manifiesta la pretensión de ser aceptado por diversas iglesias) se inscribe, desde luego, en esa misma categoría de profetas (Ap 1, 1-3; 22, 9) y ve a los mismos como parte fundamental de la comunidad (11, 18; 16, 6; 18, 20 y 24; 22, 9), hasta el punto de que Dios es definido como el Dios de los espíritus de los profetas (22, 6). Los mensajes entregados a las iglesias de Asia Menor que figuran en los capítulos 1-3 posiblemente recogen oráculos proféticos del estilo de los transmitidos por aquellos que eran objeto de este tipo de manifestaciones espirituales. Con todo, el autor del libro era consciente de que podía darse un fenómeno de profecía que no procediera de Dios y que, presentándose como tal, causara un daño considerable en las congregaciones (Ap 2, 20).

Fuera de Palestina, el papel de los profetas debió ser considerable durante bastante tiempo. Pablo, al igual que los judeo-cristianos palestinos, consideró que tal manifestación era un carisma del Espíritu (1 Cor 12, 28; 14, 29 ss) de especial valor, tanto que hubiera sido deseable que todos los creyentes hubieran disfrutado del mismo (1 Cor 14, 1 y 39). En Ef 2, 20 habla todavía de una iglesia fundada sobre apóstoles y profetas (a nuestro juicio, un argumento nada despreciable en favor de la antigüedad del escrito y de la autoridad paulina del mismo) pero, con todo, era consciente de que se necesitaba ejercer un criterio de discernimiento sobre el fenómeno, como pasaba en relación con la glosolalia (1 Cor 14, 29 ss).

Experiencias como la que Lucas conecta con la estancia del apóstol en Filipos y que tuvo que ver con una medium que ejercía la adivinación (Hch 16, 16 ss) pudieron llevarle a la conclusión de que no toda manifestación profética era legítima ni podía ser aceptada en el seno de la comunidad. Una vez más, las fuentes no nos dan constancia de que ese tipo de problema se produjera en relación con este fenómeno en suelo palestino pero sí resulta evidente que fue en éste donde tuvo su origen y donde se mantuvo vigente durante, al menos, varias décadas.

c) Curaciones o sanidades.

Otro fenómeno que debió afianzar más a los judeo-cristianos en su impresión de estar viviendo en una auténtica era del Espíritu fue el de las sanidades o curaciones. Los relatos de las mismas abundan en las fuentes judeo-cristianas palestinas (Hch 3, 9, 32-5; 9, 36-43, etc).

A juzgar por lo señalado en Sant 5, 14 ss, era práctica habitual ungir a los enfermos con aceite a la espera de que tal acto, unido a la fe y a la oración, obtendría como resultado la sanidad de los mismos. Un resto arqueológico conocido como la "laminilla del óleo de la fe" testifica, desde luego, de que la práctica se mantuvo durante décadas y de que obtenía resultados a jJuzgar, desde luego, por la oración reproducida en Hch 4, 30, la comunidad suplicaba a Dios la concesión de curaciones en el nombre de Jesús, consciente de que tales hechos provocarían un impacto considerable en las personas a las que deseaban ganar para la nueva fe.

El fenómeno fue conocido también el cristianismo paulino ya que Pablo encuadra las curaciones entre las manifestaciones del Espíritu Santo (1 Cor 12, 9, 28 y 30). Muy posiblemente, el texto de 2 Cor 12, 12 implica una autoatribución de este tipo de fenómenos lo que resultaría inverosímil (sobre todo dada la tirantez de la carta) si no se sustentara en algun hecho concreto, similar a los referidos por Lc en la segunda parte de los Hch (28, 8, etc). Aún aceptando la dificultad de abordar este tema, no se puede caer en el reduccionismo de rechazar como meramente legendario todo lo que las fuentes nos dicen al respecto ni tampoco aceptar el riesgo de equipararlo sin más con los relatos rabínicos y helénicos de milagros.

El estudio de L. Sabourin sobre el mismo puso ya en su día de manifiesto que "ninguno de los hechos maravillosos de la documentación helenística y rabínica presenta una garantía suficiente de autenticidad para que se puedan reconocer en él los rasgos de un solo milagro verdadero", que los relatos de milagros atribuidos a rabinos no surgen hasta un siglo después de los relacionados con Jesús y que los atribuidos a éste poseen un carácter único de historicidad. Aún cuando no se acepte una afirmación tan categórica como la de Sabourin, no puede obviarse el hecho de que las fuentes rabínicas no sólo no negaron sino que aceptaron el hecho de que Jesús, un claro enemigo, obraba milagros aunque, lógicamente, los atribuyeron a hechicería (Tos, Shab 11, 15; 104b; Tos, Sanh 10, 11).

Tal afirmación se hizo extensible a sus seguidores. Todavía en el s. III, los rabinos consideraban tan posible que los judeo-cristianos palestinos realizaran curaciones invocando el nombre de Jesús que guardaron testimonio de algunas de ellas y, lo que no resulta extraño, prohibieron de forma tajante recurrir a aquellos porque resultaba preferible vivir sólo una hora a ser sanado por los mismos (Tos,Jul, 2, 22-3; TalPal Shab 14d; TalPal A. Zar. 40d-41a; A. Zar 27b; Midrash Qohelet Rabbah 1, 8; TalPal Shab. 14 d; Midrash Qohelet Rabbah, 10, 5; TalPal. Sanh 25d)

Los hechos resultaban inaceptables por venir de herejes considerados peligrosos pero, a diferencia de los juicios emitidos sobre las interpretaciones bíblicas de los judeo-cristianos, jamás se cuestionó su veracidad. Precisamente por que eran reales y se conocían testimonios de ello, lo mejor era recurrir a la prohibición de acudir a ellos. Si esto sucedía en plena decadencia del movimiento, ya apartado de manera definitiva de la sinagoga y condenado de manera codificada, podemos imaginarnos el poder de atracción que debió de desempeñar en una época en que todavía podía abarcar con su poder de sugestión a sus compatriotas y añadir a estos hechos no sólo una poderosa vitalidad, sino también el empuje de algunos de sus dirigentes y el testimonio de varios centenares de personas que afirmaban haber visto con sus propios ojos a Jesús resucitado (1 Cor 15, 3-8). Tampoco es extraño que los componentes del mismo se sintieran inmersos en una era marcada por la presencia del Espíritu.


César Vidal Manzanares es un conocido escritor, historiador y teólogo.
© C. Vidal, 2003, España.

 
mARTEs
JOSÉ DE SEGOVIA
De par en par
JUAN SIMARRO
Orbayu
MANUEL LEÓN
dLirios
Luis Marián
Letra pequeña
MANUEL LÓPEZ
La voz
CESAR VIDAL
Claves
WENCESLAO CALVO
Íntimo
YOLANDA TAMAYO
. PUBLICIDAD


© 2003 Protestante Digital, España.
Las opiniones vertidas por nuestros colaboradores se realizan a nivel personal, pudiendo coincidir o no con la postura de la dirección.
Colabora: