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Orwell
y el Gran Hermano
Este año se ha cumplido el centenario
del nacimiento de George Orwell, autor de ensayos y novelas
indispensables para descifrar el laberinto del siglo XX. Conciencia
moral de una época atroz, este hombre entendió la libertad
como "el derecho a decir a la gente lo que la gente no quiere
oír". Libros como 1984 o Rebelión en la granja supieron
anticipar la denuncia de esa pesadilla del totalitarismo que
representa el Gran Hermano, un poder cuya fuerza va
más allá del Estado, ya que se basa en su completo dominio
del lenguaje. Orwell se convierte así en uno de los grandes
visionarios de la literatura de todos los tiempos al predecir
que habrá una tiranía mayor que la del partido único. Es el
poder de una opinión pública que hará que la verdad se mida
por los índices de audiencia.
Orwell nunca esperó tener éxito. De hecho se pasó la vida
dando por sentado su fracaso. Cuando murió de tuberculosis
a los 46 años, escribió en su cuaderno de notas: "Literalmente
no ha habido un solo día que no creyera que estaba perdiendo
el tiempo". Ascético y frugal, siempre se las ingeniaba para
elegir la peor opción para su salud y comodidad. Vivía en
casas destartaladas y húmedas, donde escribía encerrado en
heladas habitaciones, fumando constantemente, a pesar de una
grave lesión pulmonar, que le llevaría a la muerte. Llevaba
en cierto sentido el fracaso como una especie de condecoración.
Solía hablar orgulloso que de su mejor libro, que él creía
que era el que escribió sobre la guerra civil española, no
había llegado a vender ni mil ejemplares. Poco antes de venir
a España escribió un poema en que decía que podría haber sido
un vicario anglicano feliz hace doscientos años, pero que
le habían tocado vivir tiempos malignos, por lo que no podía
escapar a su maldición.
George Orwell se llamaba en realidad Eric Arthur Blair. Había
nacido en la India en 1903, donde su padre trabajaba como
funcionario británico para la supervisión del comercio del
opio que había con China. Niño solitario, reservado y distante,
tenía un espíritu algo espartano y masoquista. Aunque se esforzaba
en el colegio, no podía evitar la sensación de estar siempre
al borde del fracaso. Pasaba el tiempo rodeado de libros,
pero pronto descubre que "estaba en un mundo donde era imposible
ser bueno", porque "la vida era peor, y yo más malvado de
lo que había imaginado". En su amargura odiaba a sus "benefactores"
por hacer que se sintiera tan indigno, pero se odiaba también
a sí mismo por odiarlos. Y en su silencio, aprendió a dudar
de todo, incluso de las ideas de los escépticos que hacían
las preguntas más inteligentes, porque dudaban de todo...
Su conducta era ciertamente contradictoria, pero es como
si sintiera cómodo en la contradicción. Se proclamaba socialista,
pero nunca dejó de discutir con el pensamiento de izquierdas.
Se educó como becario en el centro aristocrático de Eton,
pero le encantaba disfrazarse de vagabundo para dormir al
raso y vivir en albergues de caridad. En 1922 se hizo policía
en Birmania, pero abandona poco después la carrera, asqueado
de todo lo que ha visto. Trabajaba como lavaplatos en París,
cuando quería ser escritor, y su tía estaba dispuesta a ayudarlo.
Se hace profesor en pequeños colegios y da clases particulares,
cuando aborrece la educación privada. Es empleado de una librería
de viejo, cuando prefiere ser tendero de ultramarinos, ya
que "a una tienda la gente viene a comprar algo, a una librería
va principalmente a molestar". Era "un revolucionario que
añoraba la vida de los tiempos anteriores a la Gran Guerra",
según su amigo Cyril Connolly. Pero sobre todo fue "un animal
político", dice. Ya que "no podía sonarse la nariz sin moralizar
sobre las condiciones de la industria de los pañuelos".
Sus sueños revolucionarios se estrellaron sin embargo en
España. Pidió una recomendación al Partido Comunista Británico
para venir a la guerra, pero a su secretario general le pareció
"poco fiable políticamente". Quiso alistarse entonces con
las Brigadas Internacionales, pero acabó en Barcelona
con el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista),
un pequeño partido trotskista, donde también llegó
a trabajar su esposa en las oficinas. El futuro de la República
le parecía entonces prometedor. Mientras paseaba por las Ramblas,
le impresionaba el espíritu igualitario que reinaba en la
ciudad. Parecía que se había fundado un auténtico Estado de
trabajadores. Destinado en el frente de Aragón, una bala le
atraviesa el cuello en 1937 y va a recuperarse en un sanatorio
del POUM al borde del Tibidabo. Pero cuando quería
ir a luchar a Madrid se encuentra de repente bajo el fuego,
ya no del enemigo fascista, sino de sus aliados de la izquierda.
No tardó en comprender que era más fácil entonces que una
bala comunista le acertará, que una fascista. La locura reina
esos primeros días de mayo en Barcelona.
Orwell siempre se había sentido confuso ante el "caleidoscopio
de partidos políticos y sindicatos de siglas interminables
(PSUC, POUM, FAI, CNT. UGT, JCI, JSU, AIT...)", ya
que "a primera vista parecía como si se hubiera abatido sobre
España una plaga de siglas". Había venido a España dispuesto
a morir en combate contra el fascismo, pero ahora sentía peligrar
su vida en medio de una absurda riña entre las distintas facciones
de la izquierda. Cuando en junio de 1937 el POUM es
declarado fuera de la ley y sus dirigentes son detenidos,
no sólo Andreu Nin es torturado y asesinado, sino que muchos
de aquellos militantes extranjeros son también encarcelados.
El gobierno de la República empieza a tener para Orwell "más
puntos de semejanza con el fascismo que puntos de diferencia".
Ya que "si fascismo significa supresión de la libertad política
y la libre expresión, encarcelamiento sin juicio, etc., entonces
el régimen español es fascista". No es que "no sea mejor que
el que el Franco imponga", sino que "la diferencia es de magnitud,
no de especie".
En 1989 una estudiante británica descubrió en el Archivo
Histórico Nacional de Madrid un documento en que la policía
de seguridad de la República informa al Tribunal de Espionaje
y Alta Traición de Valencia de las actividades de esos
"conocidos trotskistas" que eran Orwell y su esposa,
ordenando su inmediata detención. Los dos logran salvar la
vida al estar Eric ausente del hotel la noche en que la policía
entra en su habitación a buscar "pruebas". Tras sobrevivir
unos días en las calles, logran escapar con salvoconducto
del consulado británico. Cuando regresan a Inglaterra, ninguno
de sus compañeros de izquierdas puede creer que hubieran pasado
semejante pesadilla. Las publicaciones para las que solía
escribir se niegan a publicar sus artículos y el libro que
escribió de Homenaje a Cataluña. La denuncia de esta
realidad ha sido tanto tiempo silenciada en círculos de izquierdas
en nuestro país, que ha tenido que ser de nuevo un director
de cine británico de simpatías trotskistas como Ken
Loach, el que haya llevado esta historia al cine en Tierra
y libertad, provocando duras críticas de comunistas como
Carrillo, que acusaron a la película de falsedad en un diario
como El País.
La experiencia de España abrió los ojos a Orwell sobre esa
realidad oscura que habita en las profundidades más ocultas
del alma humana. Si su Rebelión en la granja no era
sino una dura sátira sobre el cinismo en que se basa la pretendida
democracia de aquellos que creen que "todos los animales son
iguales, cuando algunos animales son más iguales que otros",
1984 anuncia un mundo todavía más terrible. Ya que
el Gran Hermano es alguien más que Napoleón o
Stalin. El despreciado Goldstein ya no es simplemente
Bola de Nieve/Trotski. El doble pensamiento que propugna
Goldstein en ese texto prohibido en Oceanía que es
su Teoría y práctica del colectivismo oligárquico, es
una forma de disciplina mental cuyo objetivo, deseable y necesario
para todos los miembros del partido, es ser capaz de creer
dos verdades contradictorias al mismo tiempo. Y eso no es
nada nuevo, por supuesto. Todos lo hacemos.
La suprema encarnación del doble pensamiento en la novela
es el funcionario del Partido Interior O´Brien, que
seduce y traiciona al protagonista, Winston. Cree con total
sinceridad en el régimen al que sirve, pero es a la vez un
devoto revolucionario comprometido en la lucha para derrotarlo.
Se considera una simple célula del gran organismo del Estado,
cuando lo que destaca de él es su fascinante individualidad
contradictoria. Esa disociación sale a luz con todo su dolor
y desesperación en ese lugar llamado irónicamente Ministerio
del Amor. Ese doble pensamiento es de hecho la base de
los superministerios que dirigen Oceanía: el Ministerio
de la Paz se encarga de la guerra, el de la Verdad
cuenta mentiras y el del Amor acaba torturando o matando
a todo aquel que considera una amenaza.
Estas son en definitiva las paradojas del sistema político
que caracteriza la mayor parte de nuestras democracias. Nuestros
Estados se hacen defensores de las libertades, cuando hay
cada vez menos lugar para la libertad individual. Creemos
en la tolerancia, pero cada vez somos menos tolerantes con
aquel que no acepta nuestra idea de tolerancia. La figura
de Orwell se nos antoja todavía la de un profeta sombrío,
cuando lo cierto es que la realidad ha ido más allá de sus
más oscuros vaticinios. Si él temía que nos privaran de la
información, prohibiendo los libros, puede que no haga falta,
porque sencillamente ya nadie va a querer leerlos. Si su miedo
era que la verdad se nos ocultará, lo que pasa más bien es
que se muere ahogada en un mar de trivialidades.
Vivimos en una cultura cautiva, pero no del dolor, sino del
placer. No es lo que odiamos lo que nos arruinará, sino precisamente
aquello que amamos, puesto que sufrimos la tiranía de nuestro
incansable apetito de distracción. Gracias al entretenimiento
del Gran Hermano hemos llegado a amar su opresión,
admirar su técnica y negar nuestra capacidad de pensar. 1984
nos revela el uso dictatorial de la información para controlar
las mentes, aunque la tiranía ya no la ejerce un dictador,
sino un sinfín de controles mediáticos. Vivimos en la edad
de la globalización de la información, por lo que nos creemos
libres, cuando somos más esclavos que nunca. Hace poco el
intelectual judío Steiner decía al recibir el Premio Príncipe
de Asturias, tenemos todo el conocimiento del mundo a nuestra
disposición por medio de internet, ¡ahora sólo nos
falta la sabiduría para entenderlo!.
La verdadera sabiduría sin embargo viene del conocimiento
que nos da la verdadera libertad. Jesús dice que la verdad
nos hará libres (Juan 8:32). ¿Cuál es esa verdad?.
No la opinión de la mayoría, que nos marca el Gran Hermano,
puesto que la verdad no se determina por índices
de audiencia. Jesús mismo dice que Él es el camino, la verdad
y la vida (Jn. 14:6). Esa es la libertad que reclamamos
los cristianos. "El derecho", como decía Orwell, "a decir
a la gente lo que la gente no quiere oír".
José de Segovia Barrón
es periodista, teólogo y pastor en Madrid.
© J. de Segova, I+CP, 2003. I+CP (www.ICP-e.org)
FORO
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