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El
mensaje de la Navidad en un mundo pagano
La característica
esencial de nuestra sociedad desde el punto de vista religioso
es el paganismo. El peligro para la Iglesi hoy ya no está tanto
en el secularismo -como ha ocurrido en los últimos
50 años-, sino en un mal llamado pluralismo. Como
tal, el paganismo no es un fenómeno nuevo; basta pasear
por el Foro de Roma o leer la afirmación de Pablo
en Atenas –“en todo percibo que sois muy religiosos” -
para comprender la tendencia del ser humano a adorar a todo
tipo de divinidades desde tiempos remotos.
Lo novedoso del paganismo contemporáneo
es su forma de presentación: parece bueno, incluso
inspirado en raíces cristianas. Los valores que proclama
son la paz, el diálogo entre los hombres y la tolerancia. ¿No
son acaso estos los valores que Cristo encarnó y,
por tanto, inherentes a la ética cristiana? Esta apariencia
cristiana y sus énfasis en un mundo mejor, sin violencia
ni discriminación, lo convierten en una espiritualidad
tan atractiva que se está introduciendo en las iglesias
evangélicas como “una forma moderna de ser cristiano”.
¿Dónde está, entonces el problema?
En esencia, es uno: se pretende hacer un hombre mejor a partir
del hombre mismo. Algunos incluso proclaman sin rubor que
se puede ser religioso prescindiendo de Dios. Son creyentes
ateos, curiosa forma de describirse a sí mismos. ¿ En
qué creen? En una sociedad mejor y en la gran capacidad
del hombre para hacer esta sociedad nueva. Estas nuevas formas
de fe destilan, por tanto, un humanismo a ultranza. No importa
cuál es tu Dios si la ética que te inspira
contiene estos valores imprescindibles para hacer una sociedad
mejor. Por ello promueven el diálogo entre todas las
creencias y el desarrollo de este “ser espiritual” que
todos llevamos dentro.
Ante este planteamiento “moderno” de la fe,
surge la pregunta inevitable: ¿dónde queda
Dios? ¿ Puede el hombre regenerar al hombre sólo
con el hombre? El fracaso histórico del marxismo es
posiblemente la evidencia más reciente de esta utopía.
En este contexto histórico las iglesias evangélicas
tienen el deber y el privilegio de proclamar el mensaje de
Cristo. Los creyentes debemos retener y, cuando haga falta,
recuperar, la centralidad del mensaje de la cruz. Es, en
realidad, el mensaje de la verdadera Navidad, tan sencillo
que lo puede comprender un niño, pero tan profundo
que deja anonadado al más sabio. El mensaje de la
Navidad está centrado en el Hombre por excelencia,
Cristo, y en el significado de su nacimiento.
Cristo nace en
Belén para darnos cuatro grandes beneficios
que se corresponden con las necesidades vitales del ser humano.
Estas cuatro bendiciones las encontramos descritas en el
cántico de Zacarías (Lucas 1: 67-80):
-Salvación. “Y tú, niño, profeta
del Altísimo, serás llamado....para conocimiento
de salvación a su pueblo”. La salvación
es el eje alrededor del cual gira toda la vida de Jesús.
En realidad el nombre Jesús significa Salvador. La
salvación de Cristo no tiene un sentido social- la
liberación política del yugo romano-, ni siquiera
emocional, la capacidad para ser feliz en esta vida. Es mucho
más profunda: implica la reconciliación con
Dios y, en consecuencia, el destino eterno. Para Jesús
la salvación no consistía en erradicar los
grandes males sociales de su época –pobreza,
hambre, discriminación, violencia etc., ni tampoco
en aliviar problemas personales. Todo ello va implícito
en el mensaje del Evangelio, pero es la consecuencia de la
fe, nunca su razón de ser ni su propósito.
La salvación de Jesús es un fenómeno
personal y moral con implicaciones sociales y emocionales,
pero no a la inversa.
-Perdón. “....para perdón de sus pecados”.
En este segundo beneficio se nos explica más en qué consiste
la salvación. Cristo salva a su pueblo de sus pecados.
Para ello debe haber confesión de pecados. Esta es
una de las grandes necesidades de nuestra sociedad afecta
de una anestesia moral de trágicas consecuencias.
Los conceptos de culpa y pecado hoy han quedado obsoletos.
Nada es pecado, todo depende de la sinceridad y la intención
con que se realiza un acto. La cauterización de la
conciencia de nuestros contemporáneos les impide ver
la profundidad del pecado en que viven, pero su miopía
no los libra de responsabilidad ante Dios. Aunque no lo sientan,
necesitan perdón y salvación. Y nosotros, los
creyentes, no deberíamos contagiarnos de la “forma
de ser de este siglo”. Preocupan los signos evidentes
de “gracia barata” en algunos creyentes; la gracia
barata les hace llamar bueno a lo que es malo, justificar
el pecado con argumentos injustificables
- Luz. “Para dar luz a los que habitan en tinieblas
y en sombra de muerte”. El conocimiento de salvación –conocer
a Jesús- implica experimentar la luz de Jesús.
Es el tercer gran beneficio de la Navidad. “Yo soy
la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas”.
Al salvarnos, Jesús trae no sólo salvación
del pecado –perdón-, sino también luz.
La luz de Cristo nos hace entender nuestra pobreza moral
y nos abre una ventana nueva a la vida. Es una ventana que
contempla un paisaje con esperanza, un paisaje donde mi vida
y la Historia tienen un sentido. En la perspectiva cristiana
de la vida nada ocurre por azar, todo tiene un propósito.
Los hombres hoy buscan la luz en focos artificiales que deslumbran,
pero no alumbran. Por ello necesitamos proclamar, como el
salmista, “porque contigo está el manantial
de la vida, en tu luz veremos la luz”.
-Paz. “Para encaminar nuestros pies por camino de
paz”. El perdón siempre tiene un propósito
obvio: la paz. Es la última consecuencia de la salvación
y resultado de todo lo anterior. También aquí el
sentido de la paz de Cristo es, ante todo, moral. Como consecuencia
del perdón, se restaura nuestra relación con
Dios y, por ello, estamos en paz con Ël. Pero también
tiene implicaciones sociales y personales. Cuando uno está en
paz con Dios no puede odiar a su prójimo. La reconciliación
entre los hombres es resultado natural de la reconciliación
con Dios. Al caer los muros que nos separan de Dios, deben
caer también los muros que nos separan de otros hombres.
El Evangelio debe ser un poderoso instrumento de pacificación
en las familias, en las relaciones personales y entre los
pueblos.
Este es el verdadero mensaje de la Navidad:
Cristo nace para morir en una cruz y traernos perdón,
luz y paz. Sobre esta base sí podemos construir un
mundo mejor. Este es el mensaje que como Alianza Evangélica
Española proclamamos con vigor y con esperanza para
este Año Nuevo.
Pablo Martínez Vila es Presidente
de la Alianza Evangélica Española, y médico
psiquiatra
© P. Mnez. Vila, ProtestanteDigital.com, 2003, España.
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