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Número 18 - 16 de enero, 2004
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Beagle y Dios

‘Por el Señor son ordenados los pasos del hombre, y él aprueba su camino.
Cuando el hombre cayere, no quedará postrado, porque el Señor sostiene su mano.’
(Salmo 37:23-24)

El intento de la Agencia Espacial Europea de colocar un ingenio espacial en Marte parece haber fracasado. El Beagle debería haber amartizado el día 25 de diciembre pero hasta el día de hoy nada se sabe de su paradero. Según estaba previsto, a las 0 horas 20 minutos del día de Navidad se deberían haber activado los controles a bordo de la máquina para preparar el descenso, entrando 25 minutos más tarde en la atmósfera marciana y amartizando a las 2 horas y 54 minutos. La primera señal del Beagle que llegara a la Tierra se produciría unas cuatro horas después; era la famosa sintonía de música espacial que ansiosamente esperaban los científicos en el observatorio de Jodrell Bank en el Reino Unido. Tras varios intentos fallidos de establecer comunicación con el artefacto todo indica que algo grave falló en los momentos inmediatamente anteriores o posteriores al amartizaje.

Sin duda una frustración para los creadores del proyecto y un revés económico para los patrocinadores del mismo. No obstante, como en toda carrera, esto no es más que un obstáculo para llegar a la meta e incluso una ocasión para aprender de los errores del fracaso, pues el empeño y la empresa de conocer y controlar el mundo están innatos en el corazón del ser humano y son parte de la imagen de Dios que llevamos impresa.

Ese conocimiento del mundo es uno de los tres grandes a los que el ser humano puede aspirar, siendo los otros dos el conocimiento de Dios y el conocimiento de sí mismo. En efecto, el compendio de todo lo que se puede saber se resume en estas tres grandes esferas: Conocimiento del Creador, auto-conocimiento de la criatura, conocimiento del entorno. El primero mira hacia arriba, el segundo hacia dentro y el tercero hacia fuera. El primero es un conocimiento de altura, de tanta altura que por nosotros mismos no podemos abarcarlo, el segundo es un conocimiento de profundidad, tanta como el interior del ser humano tiene, el tercero es un conocimiento de extensión, tan amplia como el universo es. Durante siglos, el primer y el segundo conocimiento fueron asuntos de primer orden, quedando relegado el tercero a una categoría insignificante, en comparación con los otros dos. Para Agustín de Hipona (354-430) ésas eran las dos grandes cimas a las que aspiraba: ‘¿Qué querrías conocer? Todas las cosas por las que he orado. Resúmelas en breve. Dios y el alma, esto es lo que deseo conocer. ¿Nada más? Nada en absoluto… Dios, siempre el mismo, que me conozca y te conozca.’ (Soliloquios I,2,7; II,1,1). De esta manera la Teología y la Antropología eran, por ese orden, las ciencias por antonomasia y durante siglos fue así.

Pero un vuelco se produjo, ya en el Renacimiento, al sustraerse la Antropología de la cobertura de la Teología y otro más se produjo con la Ilustración al desembarazarse de la Teología y embarcarse en el descubrimiento de la Física. A partir de entonces, tanto la Física como la Antropología ya no tendrían que depender para nada de la Teología, de manera que hemos llegado al punto en el que ahora estamos: El conocimiento de Dios es, como mucho, asunto privado sin repercusión ni influencia alguna, mientras que el conocimiento del ser humano, en cualquiera de sus vertientes, es autónomo, habiéndose realizado un tremendo avance en el conocimiento de nuestro entorno. El péndulo se ha ido al otro extremo, como suele ocurrir tantas veces en la Historia, y la Cenicienta de ayer es la Princesa de hoy mientras que la Princesa de ayer ahora recoge las migajas que caen de la mesa de la antigua Cenicienta.

Pero si dañino era sujetar el conocimiento del entorno a un literalismo teológico que asfixiaba todo deseo de conocer el mundo exterior, igualmente perjudicial resulta hacer del conocimiento de nuestro entorno el sumum de nuestra existencia y prueba de ello son las grandes cuestiones morales, que en definitiva están ligadas con la teología y la antropología, que el desarrollo de la Ciencia ha puesto sobre el tapete y que, tratadas autónomamente, pueden desembocar fácilmente en una tragedia de dimensiones colosales para la humanidad en su conjunto. Sí, sigue siendo relevante el conocer el corazón humano y sigue siendo relevante, por ende, el conocer al Hacedor del mismo, si no queremos que el edificio que hemos levantado se hunda sobre nuestras propias cabezas. Después de todo, es preciso recordar que no somos la primera civilización tecnológica ni científica; ya hubo otras antes de nosotros: la sumeria, la egipcia, la china... que, tras casi tocar el cielo con sus logros, se hundieron tal como habían surgido.

Por eso sigue siendo pertinente el conocimiento de Dios y el conocimiento de la criatura, que es lo que el texto bíblico arriba citado nos enseña. En el mismo hay tres grandes lecciones, cada vez más combatidas, que podemos aprender sobre Dios:

1. Su soberanía. ‘Por el Señor son ordenados los pasos del hombre.’ Cualquier idea que nos hagamos de Dios que no contemple esta propiedad suya de la soberanía es una idea falsa. La soberanía quiere decir simplemente una cosa: Que Dios es Rey, no a la manera de las monarquías modernas, como una figura decorativa o simbólica, sino en el sentido pleno y absoluto de la palabra, haciendo lo que quiere, cuando quiere y como quiere sin que nada ni nadie le restrinja o impida. El camino del hombre, sus pasos, está establecido y fijado por él; incluso el del hombre que ha hecho de la Física su dios. La soberanía implica la autoridad y poder que Dios tiene para gobernarlo todo.

2. Su juicio. ‘Y él aprueba su camino.’ Esta es otra faceta de Dios que no está de moda, pero que sigue vigente: Dios es Juez, con una competencia universal y entendiendo de todos los casos y materias. Si aprueba un camino es porque lo ha sopesado y eso significa que lo ha juzgado. Cualquier idea que nos hagamos de Dios que no contemple esta facultad suya de juzgar a sus criaturas es una idea falsa. El juicio implica la verdad y justicia por medio de las cales Dios juzga.

3. Su salvación. ‘Cuando el hombre cayere, no quedará postrado, porque el Señor sostiene su mano.’ Que significa la capacidad que Dios tiene para rescatar a su criatura, no importa la profundidad del hoyo en el que esté sumida. Esta facultad implica el amor y la gracia de Dios para con el caído.

Pero estas tres facetas de Dios tienen su contraparte en tres facetas de la criatura, olvidadas y combatidas también, a saber:

1. Su limitación. El ser humano no es artífice ni dueño de su propio destino, aunque así quiera creerlo. Y el fracaso del Beagle es sólo un recuerdo de ello.

2. Su responsabilidad. El hecho de que Dios es soberano no significa que el ser humano es una marioneta movida por hilos invisibles. El juicio justo de Dios es sobre criaturas responsables de sus actos.

3. Su pecaminosidad. De ahí su caída y su necesidad de salvación.

Aunque casi hemos sido capaces de colocar un artefacto inteligente en Marte, tenemos que volver a retomar el conocimiento de Dios y de nosotros mismos que la Biblia nos provee. Por cierto, hubo un 25 de diciembre en el que Alguien hizo un viaje todavía más largo que el del Beagle, sin fallar en su llegada ni en el propósito de la misma. ¡Gloria a Dios!.

Wenceslao Calvo es conferenciante y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2004, Madrid, España.
  

 

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