| Beagle
y Dios
‘Por el Señor
son ordenados los pasos del hombre, y él aprueba su
camino.
Cuando el hombre cayere, no quedará postrado,
porque el Señor sostiene su mano.’
(Salmo 37:23-24) El intento
de la Agencia Espacial Europea de colocar un ingenio espacial
en Marte parece haber fracasado. El Beagle debería
haber amartizado el día 25 de diciembre pero hasta
el día de hoy nada se sabe de su paradero. Según
estaba previsto, a las 0 horas 20 minutos del día
de Navidad se deberían haber activado los controles
a bordo de la máquina para preparar el descenso, entrando
25 minutos más tarde en la atmósfera marciana
y amartizando a las 2 horas y 54 minutos. La primera señal
del Beagle que llegara a la Tierra se produciría unas
cuatro horas después; era la famosa sintonía
de música espacial que ansiosamente esperaban los
científicos en el observatorio de Jodrell Bank en
el Reino Unido. Tras varios intentos fallidos de establecer
comunicación con el artefacto todo indica que algo
grave falló en los momentos inmediatamente anteriores
o posteriores al amartizaje. Sin
duda una frustración para los creadores del proyecto
y un revés económico para los patrocinadores
del mismo. No obstante, como en toda carrera, esto no es
más que un obstáculo para llegar a la meta
e incluso una ocasión para aprender de los errores
del fracaso, pues el empeño y la empresa de conocer
y controlar el mundo están innatos en el corazón
del ser humano y son parte de la imagen de Dios que llevamos
impresa.
Ese conocimiento del mundo es uno de los tres grandes
a los que el ser humano puede aspirar, siendo los otros
dos el conocimiento de Dios y el conocimiento de sí mismo.
En efecto, el compendio de todo lo que se puede saber se
resume en estas tres grandes esferas: Conocimiento del
Creador, auto-conocimiento de la criatura, conocimiento
del entorno. El primero mira hacia arriba, el segundo hacia
dentro y el tercero hacia fuera. El primero es un conocimiento
de altura, de tanta altura que por nosotros mismos no podemos
abarcarlo, el segundo es un conocimiento de profundidad,
tanta como el interior del ser humano tiene, el tercero
es un conocimiento de extensión, tan amplia como
el universo es. Durante siglos, el primer y el segundo
conocimiento fueron asuntos de primer orden, quedando relegado
el tercero a una categoría insignificante, en comparación
con los otros dos. Para Agustín de Hipona (354-430) ésas
eran las dos grandes cimas a las que aspiraba: ‘¿Qué querrías
conocer? Todas las cosas por las que he orado. Resúmelas
en breve. Dios y el alma, esto es lo que deseo conocer. ¿Nada
más? Nada en absoluto… Dios, siempre el mismo,
que me conozca y te conozca.’ (Soliloquios I,2,7;
II,1,1). De esta manera la Teología y la Antropología
eran, por ese orden, las ciencias por antonomasia y durante
siglos fue así.
Pero un vuelco se produjo, ya en el Renacimiento, al sustraerse
la Antropología de la cobertura de la Teología
y otro más se produjo con la Ilustración
al desembarazarse de la Teología y embarcarse en
el descubrimiento de la Física. A partir de entonces,
tanto la Física como la Antropología ya no
tendrían que depender para nada de la Teología,
de manera que hemos llegado al punto en el que ahora estamos:
El conocimiento de Dios es, como mucho, asunto privado
sin repercusión ni influencia alguna, mientras que
el conocimiento del ser humano, en cualquiera de sus vertientes,
es autónomo, habiéndose realizado un tremendo
avance en el conocimiento de nuestro entorno. El péndulo
se ha ido al otro extremo, como suele ocurrir tantas veces
en la Historia, y la Cenicienta de ayer es la Princesa
de hoy mientras que la Princesa de ayer ahora recoge las
migajas que caen de la mesa de la antigua Cenicienta.
Pero si dañino era sujetar el conocimiento del
entorno a un literalismo teológico que asfixiaba
todo deseo de conocer el mundo exterior, igualmente perjudicial
resulta hacer del conocimiento de nuestro entorno el sumum
de nuestra existencia y prueba de ello son las grandes
cuestiones morales, que en definitiva están ligadas
con la teología y la antropología, que el
desarrollo de la Ciencia ha puesto sobre el tapete y que,
tratadas autónomamente, pueden desembocar fácilmente
en una tragedia de dimensiones colosales para la humanidad
en su conjunto. Sí, sigue siendo relevante el conocer
el corazón humano y sigue siendo relevante, por
ende, el conocer al Hacedor del mismo, si no queremos que
el edificio que hemos levantado se hunda sobre nuestras
propias cabezas. Después de todo, es preciso recordar
que no somos la primera civilización tecnológica
ni científica; ya hubo otras antes de nosotros:
la sumeria, la egipcia, la china... que, tras casi tocar
el cielo con sus logros, se hundieron tal como habían
surgido.
Por eso sigue siendo pertinente el conocimiento de Dios
y el conocimiento de la criatura, que es lo que el texto
bíblico arriba citado nos enseña. En el mismo
hay tres grandes lecciones, cada vez más combatidas,
que podemos aprender sobre Dios:
1. Su soberanía. ‘Por el Señor son
ordenados los pasos del hombre.’ Cualquier idea que
nos hagamos de Dios que no contemple esta propiedad suya
de la soberanía es una idea falsa. La soberanía
quiere decir simplemente una cosa: Que Dios es Rey, no
a la manera de las monarquías modernas, como una
figura decorativa o simbólica, sino en el sentido
pleno y absoluto de la palabra, haciendo lo que quiere,
cuando quiere y como quiere sin que nada ni nadie le restrinja
o impida. El camino del hombre, sus pasos, está establecido
y fijado por él; incluso el del hombre que ha hecho
de la Física su dios. La soberanía implica
la autoridad y poder que Dios tiene para gobernarlo todo.
2. Su juicio. ‘Y él aprueba su camino.’ Esta
es otra faceta de Dios que no está de moda, pero
que sigue vigente: Dios es Juez, con una competencia
universal y entendiendo de todos los casos y materias.
Si aprueba
un camino es porque lo ha sopesado y eso significa que
lo ha juzgado. Cualquier idea que nos hagamos de Dios
que no contemple esta facultad suya de juzgar a sus criaturas
es una idea falsa. El juicio implica la verdad y justicia
por medio de las cales Dios juzga.
3. Su salvación. ‘Cuando el hombre cayere,
no quedará postrado, porque el Señor sostiene
su mano.’ Que significa la capacidad que Dios tiene
para rescatar a su criatura, no importa la profundidad
del hoyo en el que esté sumida. Esta facultad implica
el amor y la gracia de Dios para con el caído.
Pero estas tres facetas de Dios tienen su contraparte
en tres facetas de la criatura, olvidadas y combatidas
también, a saber:
1. Su limitación. El ser humano no es artífice
ni dueño de su propio destino, aunque así quiera
creerlo. Y el fracaso del Beagle es sólo un recuerdo
de ello.
2. Su responsabilidad. El hecho de que Dios es soberano
no significa que el ser humano es una marioneta movida
por hilos invisibles. El juicio justo de Dios es sobre
criaturas responsables de sus actos.
3. Su pecaminosidad. De ahí su caída y su
necesidad de salvación.
Aunque casi hemos sido capaces de colocar un artefacto
inteligente en Marte, tenemos que volver a retomar el conocimiento
de Dios y de nosotros mismos que la Biblia nos provee.
Por cierto, hubo un 25 de diciembre en el que Alguien hizo
un viaje todavía más largo que el del Beagle,
sin fallar en su llegada ni en el propósito de la
misma. ¡Gloria a Dios!.
Wenceslao Calvo es conferenciante
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2004, Madrid, España.
|