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Número 19 - 18 de enreo, 2004
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MANUEL SuÁrez

Compostela: el año santo prisciliano

Juan Carlos I presidió el pasado 30 de diciembre en la catedral de Santiago el acto de conmemoración de la traslación de los restos del Apóstol Santiago, una ceremonia católico-romana cuyo origen se remonta al siglo XII y que se basa en la identidad de la persona enterrada en la catedral de Santiago de Compostela. Una cuestión que, como protestantes, nos toca muy de cerca, y pronto explicaré por qué. Muchos datos indican que éste es un nuevo ejemplo de la vieja estrategia de la Iglesia Católica de suplantar un pesonaje, un ritual previo o un lugar de significación religiosa, para integrarlo tapándolo en vez de eliminarlo.

Antes de la batalla de Clavijo, con la "milagrosa" aparición de Santiago apóstol degollando sarracenos, Santiago de Compostela era un lugar de enterramiento, en el que durante siglos muchos gallegos pidieron ser sepultados; con toda seguridad querían hacerlo al lado de un personaje aparentemente desconocido, pero muy relevante; en su memoria sólo una persona podía ocupar ese lugar: Prisciliano, el que más huella había dejado en su alma colectiva desde el s. IV; fue la primera persona ejecutada por orden de la Iglesia de Roma, por sus creencias -una innumerable lista le seguiría en siglos posteriores-; fue decapitado con dos discípulos en Tréveris (hoy Trier, en Alemania) y sus seguidores recogieron sus cuerpos y los trasladaron por Francia hasta Galicia; no es difícil percibir la suplantación posterior con el camino de Santiago. Es de destacar la reflexión de un representante de la Iglesia Católica: "aunque sea Prisciliano quien esté enterrado en Santiago de Compostela, la fe de tantos peregrinos durante tantos siglos habrá hecho el milagro de convertir esos huesos en los del apóstol Santiago".

Pero ahora no me interesa ahondar en las evidencias históricas de que es Prisciliano quien está sepultado en Santiago. Quiero destacar algo poco conocido sobre él: por muchos años, se pensó que era un hereje que pretendía purificar la Iglesia, pero que sus reuniones eran orgías sexuales y su práctica religiosa estaba impregnada de ritos paganos celtas; las fuentes utilizadas eran los escritos de sus acusadores, que querían justificar la necesidad de ejecutarle; no parecen unas fuentes fiables. No fue hasta hace poco que se descubrieron los escritos de Prisciliano, que permitieron tener una visión más objetiva. En Prisciliano descubrimos un cristiano que denunciaba con rigor la corrupción de la Iglesia oficial y de sus obispos, que reclamaba con energía una vuelta al cristianismo primitivo, y en esa labor consideraba esencial volver a colocar la Biblia en su lugar central; fue de hecho él el primero en dividir el texto bíblico en porciones (no aún capítulos y versículos) para facilitar su manejo; su texto preferido era "donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad" (2ªCo 3.16).

La reacción de la Iglesia oficial fue perseguirle. En una ocasión le convocaron a Ávila para dar cuenta de su fe; después de escuchar feroces ataques y calumnias, se levantó de madrugada, escribió sus tesis, las clavó en la puerta de la iglesia, y se volvió a Galicia. Era una práctica habitual, pero ¿estás pensando lo mismo que yo? No eres el primero: en el s. XIX, Paret, del Instituto Teológico de Tubingen escribió una obra de título significativo: "Prisciliano: ¿un reformador del siglo IV?" Prisciliano sería otro antecesor más de los reformadores del s. XVI, como lo fueron los valdenses, Wycliff o Jan Huss.

Tendría más que gracia que en Santiago de Compostela tuviésemos enterrado a un protestante. Un día, en el cielo, lo confirmaremos.

Manuel Suárez es médico, escritor y miembro de la Junta Directiva del Consell Evanxélico Galego.
© Manuel Suárez, ProtestanteDigital.com, 2004.
 
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