| Gitanos de Filadelfia
Conocí la iglesia evangélica de Filadelfia en los años setenta. La había descrito ya Jesús Fernández Santos en su «Libro de las memorias de las cosas», galardonado con el Nadal de 1970. La realidad, como en tantas ocasiones, superaba a la ficción. La iglesia de Filadelfia apareció en España en un momento crucial, aquel en que la heroína y la delincuencia amenazaban con borrar del mapa a los gitanos españoles. La cárcel y la jeringuilla acabaron con decenas de millares pero no con los que un día decidieron ir al culto a gritar ¡Aleluya! y se entregaron a Cristo para que reformara sus vidas.
En aquellos días conocí a gitanos que habían dejado la droga o la prostitución, el robo o la vagancia para trabajar honradamente por la sencilla razón de que en un momento determinado la iglesia de Filadelfia había llegado hasta su existencia y la predicación de Jesús había calado en sus corazones e incluso en sus tradiciones. No deja, por ejemplo, de ser significativo que las primeras gitanas que obtuvieron el carnet de conducir fueran precisamente de la iglesia de Filadelfia.
Con la democracia, los distintos poderes públicos mostraron un enorme interés por los gitanos. Deseaban integrarlos, elevar su nivel de vida, lograr que se educaran. El gasto en semejantes esfuerzos ha sido elevadísimo a lo largo de más de dos décadas pero los frutos han resultado escasísimos.
La excepción, una vez más, era la iglesia de Filadelfia.
La semana pasada, el Ayuntamiento de Madrid decidió derribar dos lugares de culto de esta denominación en el barrio de Carabanchel. Pensando quizá que los usuarios eran gitanos, llevó a cabo un extraordinario despliegue de fuerzas policiales. Pude contemplar personalmente cómo los gitanos no elevaron la voz, se dejaron desalojar sin recibir a cambio ni siquiera un compromiso escrito de que les compensarían e incluso comenzaron a alabar a Dios ante la mirada perpleja de los agentes del orden. Quizá a Ruiz Gallardón le parezca progresista cerrar dos parroquias gitanas. Lo ignoro, pero con ello, ha privado a la barriada de dos focos de ayuda a una etnia en la que mucho se ha gastado y muy poco logrado, con la excepción de esa peculiar iglesia de Filadelfia.
C. Vidal es un conocido escritor e historiador
© C. Vidal, La Razón, 14-01-2004 (ProtestanteDigital.com, España)
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