| 1 año: 1 paso hacia la muerte Si a lo largo de la historia de la humanidad, la presencia de la muerte ha sido uno de los temas clave en la filosofía, en la poesía, en las manifestaciones artísticas y en la reflexión de todas las religiones, hoy en día, en nuestro aquí y en nuestro ahora, existe como un acto de negación ante el hecho de pensar la muerte, con lo que se acalla una función específica de toda nuestra vida espiritual. Ante el paso de un año y la llegada de otro, las personas pensarán en alcanzar las cumbres de su propio ser en el tener, en el poseer más, en encumbrarse aunque sea a costa de los otros... pero la reflexión sobre la muerte se obvia, se calla. Sólo se mueren los otros, nos hemos acostumbrado a ver la muerte como espectáculo lo más diferido posible y cuando es inevitable observarla desde la pequeña pantalla de nuestros televisores. En nuestra sociedad de culto al cuerpo y a todo lo que es joven y fuerte, morir parece una ofensa a la sensibilidad. Así, la alejamos, la sacamos de nuestras habitaciones, intentamos abolir su presencia... y pocos poetas son los que la cantan. Pero "nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir", como diría el gran poeta Jorge Manrique. Y la muerte de un año y el nacimiento de otro, nos está comunicando que avanzamos hacia ese mar, hacia el morir, a donde "van los señoríos derechos a se acabar y consumir". Pero tanto la reflexión cristiana como la más humana, nos dice que es cuando pensamos en nuestra propia muerte es cuando nos podemos ir dando cuenta del valor de nuestra vida, que tenemos que vivir este tiempo corto con intensidad, que vivir es un regalo de Dios y que hemos nacido con un propósito. Esto se capta mejor desde la reflexión ante la cercanía de nuestra propia muerte. El 2004 se llenará más de sentido desde esta reflexión. Ya el filósofo alemán en su obra "Ser y tiempo", hablaba del ser para la muerte. Esta frase que podría parecer sumamente triste, debería activar necesariamente muchas preguntas y reflexiones sobre nuestra propia existencia y sobre el hecho de si todo culmina en tierra y en nada, o la muerte es sólo un paso hacia la auténtica vida plena y en abundancia. Muchos hablan de la muerte como un misterio, lo desconocido o lo que nos trasciende y es imposible de conocer. Pero también es un misterio la vida. Ambas, la vida y la muerte caminan juntas. Por lo tanto es de necios evadir el pensar sobre la muerte. Si evadimos este pensamiento, caminamos a la pata coja, nos falta la otra mitad de la vida. Porque si la vida es un tema humano, también lo es la muerte.
 |
Porque si la vida es un tema humano, también lo es la muerte ...
... porque nada humano nos debe ser ajeno. |
|
 |
|
 |
|
 |
Así, si al inicio del año sólo pensamos en el culto a un cuerpo que queremos pensar como eterno, y desearíamos que eternamente joven, vamos caminando en necedad, apagando el espíritu y no tendremos una auténtica vivencia de la vida. La vivencia plena de la vida se da ante la reflexión sobre la muerte. Si luchamos por apagar esta vivencia interior, estaremos eliminando algo profundamente humano. Porque la reflexión sobre la muerte no es solamente un tema para los filósofos, ni exclusivo de los poetas... es un tema de todos, de los hombres, porque nada humano nos debe ser ejeno. "Aprendamos a contar nuestros días, para traer al corazón sabiduría", diría el texto bíblico. Y es que la reflexión sobre el paso del tiempo, sobre la muerte, es lo que nos va a hacer vivir sabiamente la vida, porque el pensar la muerte nos va a llevar a plantearnos las preguntas esenciales en torno a la vida, las preguntas por el sentido de nuestra existencia que va a saltar del estrecho ámbito de nuestro aquí y nuestro ahora, al ámbito de las preguntas por el destino último del hombre. Y quizás el plantearnos de dónde venimos y a dónde vamos es lo que nos puede acercar a las preguntas por nuestro creador, por Dios, para así no enfrentarnos a algo que ha ocurrido en nuestra cultura occidental: el horror a la muerte, el verla como una maldición desde Adán hasta nuestros días, una maldición a la que el hombre debe conjurar y expulsar evadiéndola de nuestras vidas. Esta es la gran evasión que busca el hombre de nuestros días. Pero, en el fondo, es imposible esta evasión. Es verdad que algunos dicen que mientras que yo esté vivo, no está la muerte, y cuando yo muera, ya no voy a estar yo. Así intentan consolarse, pensando en que ya no estarán cuando la muerte llegue. Pero cuando la muerte ya no nos pasa en diferido a través de la pantalla o pensando que sólo se mueren los otros, y toca al tú de la persona amada, al tú único, cuando parece que me quedo irremediablemente solo, cuando hay el corte de una relación afectiva por la muerte de la persona amada, de la esposa, del hijo... ya dejamos de verla en diferido y nos afecta, altera nuestra vivencia de la propia vida y comenzamos a vivir la muerte. Por tanto la muerte no se puede evadir fácilmente. Quizás sea mejor, en este principio de año, reflexionar sobre ella, vivirla como parte integrante de la vida, hacerla nuestra amiga, tener con ella una relación de familiaridad. Sólo así viviremos sabiamente. Y para el cristiano que cree, la muerte ha sido vencida. "Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?", diría el Apóstol Pablo pensando en la resurrección de Jesús, que la ve como primicia de nuestra propia resurrección. La muerte no destruye nuestra esperanza, sino que nos abre las puertas de la auténtica vida. Así, la muerte del tú-amado, es sólo un hasta luego. Nos asentamos sobre la esperanza de vida eterna y abundante. Sólo desde esta perspectiva podremos decir con pleno sentido: ¡Feliz 2004! Juan
Simarro Fernández, licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana
de Madrid.
© J. Simarro, 2004, Madrid, España.
|