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Número 18 - 16 de enero, 2004
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dLirios y troyanos
LUIS MARIÁN

Spirit y Espíritu

Nos acaban de llegar imágenes de Marte, un planeta que engaña, porque aunque lo vemos rojo y desértico, lo que allí hace es un frío que pela. Pero a pesar de esas docenas de grados bajo cero hay un artefacto llamado Spirit (Espíritu) que lo está recorriendo, un robot que ya ha enviado fascinantes fotos a La Tierra a gran resolución óptica, y que nos ha permitido ver sobrecogedores paisajes extraterrestres que durante un instante hacen que el segundo versículo de la Biblia nos parezca saludar:“Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”.

Tierra desordenada y vacía, y el “Espíritu” caminando por el que se presupone que fueron “las aguas” de Marte es lo que ahora vemos, como si el ser humano estuviese jugando a ser Dios, incluso sin saberlo.

Al pararme en esta noticia, me vinieron a la cabeza ciertas preguntas que rozan, o más bien rebosan, lo surrealista. Cuando en Génesis 3, 17 se maldice a “La Tierra” a causa del pecado del hombre: ¿Incluiría esta maldición al Planeta Rojo?, ¿existirá también allí una guerra espiritual, aunque sea flojilla? Son preguntas medio en serio, medio en broma, pero sí que es cierto que en descuidadas ocasiones nos asaltan debido al misterio que nos rodea: ¿Qué estaremos haciendo eternamente en el Reino de los Cielos?, ¿adónde fue el Cristo ascendido que se perdió entre las nubes a la vista de los discípulos?, ¿qué objetivo tienen todos esos planetas y galaxias que ni siquiera vemos a simple vista?

Aunque apenas se escribe nada sobre este tipo de preguntas (¡menos mal!), lo cierto es que en las fogatas de campamento evangélico, mientras se mira al cielo en verano, siempre hay alguien que en voz alta saca estos curiosos interrogantes, como también hay quien repara en las palabras de Jesús al referirse a las moradas de la casa del Padre Celestial, para de inmediato espetar: Pero, ¿qué tipo de lugar será aquél?, ¿tendrán alguna arquitectura reconocida esas moradas?, ¿serán de estilo gótico, vanguardista quizás… barroco… mesopotámico, o no tendrá nada que ver con lo conocido?, ¿qué cultura será la común en Los Cielos; la judía, la europea, la romana, la subsahariana o una totalmente nueva e inimaginable?

Y luego vienen las preguntas sobre los ángeles, esos entes tan enigmáticos que hemos infantilizado para dibujarlos guapetones, con alas, masculinos y de aspecto anglosajón, pero, ¿y qué pasa con esos otros seres como los que están llenos de ojos por dentro (Apocalipsis 4, 8)?, ¿son metáforas, o realmente conviviremos con estas criaturas tan… ¡raras!?

Y por supuesto, tampoco faltan las cuestiones respecto al Ángel Caído, personaje de quien se escuchan divertidas, absurdas y hasta originales especulaciones sobre su origen y características menos “reveladas”, quizás provocadas por lo poco, por no decir casi nada, que cuenta de él la Biblia en cuanto a lo que le motivó a transformarse en lo que hoy es. Nos quedamos con las ganas y nuestra cabeza es tentada a llenarse de más extrañas meditaciones, pues, ¿cómo puede un ser celestial rebelarse contra el Todopoderoso y arrastrar consigo otros seres sublimes?, ¿podría volver a pasar? Siguiendo con la cuestión también están quienes quieren ver en las palabras dirigidas al príncipe de Tiro (Ezequiel 28) una especie de doble sentido que esconde una biografía de Lucifer… o algo parecido. Entiendo que hay varias razones para tener serias dudas al respecto, pero si en verdad se tratara de un relato de los inicios del Príncipe de las Tinieblas, lo que suscitaría el relato serían aún más devaneos enrevesados, tales como: ¿De quien tenía que proteger Lucifer a Dios (vs. 14)?

No sé, aunque podría seguir enumerando más interrogantes que continuarían explicando por qué esta columna recibe el nombre de “dLirios”, pero que conste que he escuchado a jóvenes y adolescentes hacerse preguntas de este tipo y de índole más rebuscada aún, sin que me atreva a transcribirlas todas… Y además, ¿para qué? Pues se tratan de esas preguntas que Dios no nos ha dado a responder, ya que aquello que no se nos ha revelado carece ahora de importancia.

“De cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio. Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales? Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo” (Juan 3, 11-13) fueron palabras de Jesús a Nicodemo. De nuevo la sabiduría del Maestro se adelanta a nuestra torpeza al no darnos más revelación sobre asuntos “celestiales” que quizás nunca se han planteado los niños de África, o que jamás surgen de la mente de aquella frágil chica que se sienta en el último banco de la iglesia sin atreverse a confesar que fue abusada sexualmente.

Ante estas realidades: ¿Importan las respuestas a preguntas que no la tienen…? A la iglesia no se le ha dado el tiempo para bloquearse a causa del sexo de los ángeles o del de los querubines. Tampoco nuestros debates se centran en si las manos se levantan en la alabanza, como tampoco estamos para darle importancia al corte de pelo del pastor, o a la forma de colocar las sillas en el local de reunión. Nuestro tiempo se nos ha dado para confiar en Dios sin tener todas las respuestas de nuestro lado, un lote de insatisfacción provisional que también incluye preocupaciones verdaderamente serias como las relacionadas con el sufrimiento humano. Pero a pesar de todo, el evangelio en su esencia sí que sacia, nos da lo que ahora necesitamos y nos enseña que nuestra responsabilidad y alegría consiste en vivir en el amor y en la fe que va y viene de Dios, en un lugar donde nuestro entorno, a diferencia del inerte hábitat marciano, debe tornarse en un lugar donde “el viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3, 7). Fe pura y confianza pura, sin distracciones innecesarias.

Y es que el Spirit de Marte apenas camina sobre la roca, como contraponiéndose al Espíritu Santo de Dios, que sí que se rodea de la llave de esa libertad proveniente de la Roca angular que es Jesucristo. El Espíritu de Dios es el viento que transforma la superficie de hielo y desierto en calidez y manantiales, por lo que es cuando exponemos nuestras dudas a Él cuando brota la pregunta más sensata: “¿Qué quieres, Oh Dios, que yo haga con mi vida?” Y ahora sí, el evangelio pasa a tener la respuesta.

Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con no creyentes.

 

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