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Spirit
y Espíritu
Nos acaban de llegar imágenes
de Marte, un planeta que engaña, porque aunque lo vemos
rojo y desértico, lo que allí hace es un frío
que pela. Pero a pesar de esas docenas de grados bajo cero
hay un artefacto llamado Spirit (Espíritu) que lo está recorriendo,
un robot que ya ha enviado fascinantes fotos a La Tierra a
gran resolución óptica, y que nos ha permitido
ver sobrecogedores paisajes extraterrestres que durante un
instante hacen que el segundo versículo de la Biblia
nos parezca saludar:“Y la tierra estaba desordenada
y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo,
y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de
las aguas”.
Tierra
desordenada y vacía,
y el “Espíritu” caminando por el que se
presupone que fueron “las aguas” de Marte es
lo que ahora vemos, como si el ser humano estuviese jugando
a
ser Dios, incluso sin saberlo.
Al pararme en esta noticia,
me vinieron a la cabeza ciertas preguntas que rozan, o más bien rebosan, lo surrealista.
Cuando en Génesis 3, 17 se maldice a “La Tierra” a
causa del pecado del hombre: ¿Incluiría esta
maldición al Planeta Rojo?, ¿existirá también
allí una guerra espiritual, aunque sea flojilla? Son
preguntas medio en serio, medio en broma, pero sí que
es cierto que en descuidadas ocasiones nos asaltan debido
al misterio que nos rodea: ¿Qué estaremos haciendo
eternamente en el Reino de los Cielos?, ¿adónde
fue el Cristo ascendido que se perdió entre las nubes
a la vista de los discípulos?, ¿qué objetivo
tienen todos esos planetas y galaxias que ni siquiera vemos
a simple vista?
Aunque apenas se escribe nada
sobre este tipo de preguntas (¡menos mal!), lo cierto es que en las fogatas de campamento
evangélico, mientras se mira al cielo en verano, siempre
hay alguien que en voz alta saca estos curiosos interrogantes,
como también hay quien repara en las palabras de Jesús
al referirse a las moradas de la casa del Padre Celestial,
para de inmediato espetar: Pero, ¿qué tipo
de lugar será aquél?, ¿tendrán
alguna arquitectura reconocida esas moradas?, ¿serán
de estilo gótico, vanguardista quizás… barroco… mesopotámico,
o no tendrá nada que ver con lo conocido?, ¿qué cultura
será la común en Los Cielos; la judía,
la europea, la romana, la subsahariana o una totalmente nueva
e inimaginable?
Y luego vienen las preguntas
sobre los ángeles, esos
entes tan enigmáticos que hemos infantilizado para
dibujarlos guapetones, con alas, masculinos y de aspecto
anglosajón, pero, ¿y qué pasa con esos
otros seres como los que están llenos de ojos por
dentro (Apocalipsis 4, 8)?, ¿son metáforas,
o realmente conviviremos con estas criaturas tan… ¡raras!?
Y por supuesto, tampoco faltan
las cuestiones respecto al Ángel
Caído, personaje de quien se escuchan divertidas,
absurdas y hasta originales especulaciones sobre su origen
y características menos “reveladas”, quizás
provocadas por lo poco, por no decir casi nada, que cuenta
de él la Biblia en cuanto a lo que le motivó a
transformarse en lo que hoy es. Nos quedamos con las ganas
y nuestra cabeza es tentada a llenarse de más extrañas
meditaciones, pues, ¿cómo puede un ser celestial
rebelarse contra el Todopoderoso y arrastrar consigo otros
seres sublimes?, ¿podría volver a pasar? Siguiendo
con la cuestión también están quienes
quieren ver en las palabras dirigidas al príncipe
de Tiro (Ezequiel 28) una especie de doble sentido que esconde
una biografía de Lucifer… o algo parecido. Entiendo
que hay varias razones para tener serias dudas al respecto,
pero si en verdad se tratara de un relato de los inicios
del Príncipe de las Tinieblas, lo que suscitaría
el relato serían aún más devaneos enrevesados,
tales como: ¿De quien tenía que proteger Lucifer
a Dios (vs. 14)?
No sé, aunque podría seguir enumerando más
interrogantes que continuarían explicando por qué esta
columna recibe el nombre de “dLirios”, pero que
conste que he escuchado a jóvenes y adolescentes hacerse
preguntas de este tipo y de índole más rebuscada
aún, sin que me atreva a transcribirlas todas… Y
además, ¿para qué? Pues se tratan de
esas preguntas que Dios no nos ha dado a responder, ya que
aquello que no se nos ha revelado carece ahora de importancia.
“De cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y
lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro
testimonio. Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo
creeréis si os dijere las celestiales? Nadie subió al
cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del
Hombre, que está en el cielo” (Juan 3, 11-13)
fueron palabras de Jesús a Nicodemo. De nuevo la sabiduría
del Maestro se adelanta a nuestra torpeza al no darnos más
revelación sobre asuntos “celestiales” que
quizás nunca se han planteado los niños de África,
o que jamás surgen de la mente de aquella frágil
chica que se sienta en el último banco de la iglesia
sin atreverse a confesar que fue abusada sexualmente.
Ante estas realidades: ¿Importan las respuestas a
preguntas que no la tienen…? A la iglesia no se le
ha dado el tiempo para bloquearse a causa del sexo de los ángeles
o del de los querubines. Tampoco nuestros debates se centran
en si las manos se levantan en la alabanza, como tampoco
estamos para darle importancia al corte de pelo del pastor,
o a la forma de colocar las sillas en el local de reunión.
Nuestro tiempo se nos ha dado para confiar en Dios sin tener
todas las respuestas de nuestro lado, un lote de insatisfacción
provisional que también incluye preocupaciones verdaderamente
serias como las relacionadas con el sufrimiento humano. Pero
a pesar de todo, el evangelio en su esencia sí que
sacia, nos da lo que ahora necesitamos y nos enseña
que nuestra responsabilidad y alegría consiste en
vivir en el amor y en la fe que va y viene de Dios, en un
lugar donde nuestro entorno, a diferencia del inerte hábitat
marciano, debe tornarse en un lugar donde “el viento
sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de
dónde viene, ni a dónde va; así es todo
aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3, 7).
Fe pura y confianza pura, sin distracciones innecesarias.
Y es que el Spirit de Marte apenas
camina sobre la roca, como contraponiéndose al Espíritu Santo de
Dios, que sí que se rodea de la llave de esa libertad
proveniente de la Roca angular que es Jesucristo. El Espíritu
de Dios es el viento que transforma la superficie de hielo
y desierto en calidez y manantiales, por lo que es cuando
exponemos nuestras dudas a Él cuando brota la pregunta
más sensata: “¿Qué quieres, Oh
Dios, que yo haga con mi vida?” Y ahora sí,
el evangelio pasa a tener la respuesta.
Luis Marián trabaja en Madrid
como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es
estudiante de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado
al diálogo con no creyentes.
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