| El
retorno del Rey Durante más de medio siglo
la obra de J. R. R. Tolkien ha ejercido un continuo y profundo
impacto en varias generaciones de lectores. Nadie podía
sospechar sin embargo hace tan sólo unos años,
que la fascinación que muchos sentíamos por
El Señor de los Anillos desde la adolescencia,
llegaría a ser un fenómeno social de las dimensiones
que ha llegado a tener esta trilogía, gracias a su
adaptación al cine por un director casi desconocido,
el neozelandés Peter Jackson. La extraordinaria acogida
que ha recibido estos días la tercera y última
parte de esta serie de películas, El retorno del
Rey, nos lleva a preguntarnos una vez más: ¿cuál
es el secreto de El Señor de los Anillos?,
¿cómo explicar su todavía asombrosa atracción?
y ¿donde encontramos la fe de Tolkien en esta fantástica
historia? Para entender El Señor de los Anillos tenemos que
comprender que esta novela es para Tolkien mucho más que una
historia. Su obsesión por esta obra viene de la profunda conciencia
que tiene el autor de sentirse parte de esta historia. Esta
ficción es para él mucho más que la integración de la poesía
épica y la saga heroica en la novela moderna. Tolkien entiende
que las leyendas y los mitos encierran una verdad que sólo
puede captarse de ese modo. Eso es lo que explica su continua
repetición, ya que su mensaje no puede ser aprehendido de
una sola vez. Son historias con las que tenemos que crecer,
ya que abordan toda una visión del mundo y de la vida que
implica una idea de búsqueda. El Señor de los Anillos supone
por eso una búsqueda no sólo en su redacción, que le llevó
prácticamente toda su vida, sino también para su lectura.
Es un viaje que nos lleva a la búsqueda misma del sentido
de nuestra vida. Todos sabemos en el fondo de nuestro corazón que nuestra
vida no es simplemente una realidad biológica que nos lleva
mecánicamente de la cuna a la tumba. Todos buscamos algo,
porque nuestra imaginación siempre nos lleva más allá de los
límites de lo conocido y lo evidente. Deseamos el infinito,
anhelamos la restauración y realización venideras de un paraíso
perdido, por el que no podemos dejar de sentir una continua
nostalgia. El Señor de los Anillos construye así un
puente maravilloso entre los paisajes fantásticos del ensueño
nórdico con nuestra era, la Edad de los Hombres. Su
trilogía empieza y acaba en la Comarca, un arquetipo
de la Inglaterra rural que Tolkien amaba. Desde allí empieza
una búsqueda, no para encontrar un tesoro, sino para perderlo.
El anillo de invisibilidad adquirido por Bilbo en El Hobbit,
es el Anillo de Poder forjado por el Señor Oscuro
en los fuegos del Monte del Destino. Su capacidad
de corrupción es tal que alcanzará a toda la Tierra Media,
a menos que sea destruido en el lugar donde fue creado. Frodo
emprende así su búsqueda, como Portador del Anillo,
ayudado por su sirviente Sam y sus amigos Merry y Pippin.
El Retorno del Rey lleva a esta historia al clímax
con la destrucción del Señor Oscuro y la coronación
de Aragorn como rey de los hombres. Esto es plasmado con extraordinario
poder en el final de esta serie de películas que ha hecho
Jackson. Es cierto que hay una dimensión en la novela que
el director ignora, que muestra cómo la corrupción ha alcanzado
a la Comarca, por lo que la trilogía acaba en el libro
con una especie de anticlimax, ya que su restauración es todavía
una tarea pendiente al terminar la obra. El cine pierde así
esa faceta escatológica por la que la salvación es una misión
ya cumplida, pero aún no consumada, como espera la fe cristiana
que Tolkien mantenía con su fervor de converso a la religión
católica romana. Pero por lo demás la película es un magnifico
reflejo del drama literario que Jackson ejecuta como una verdadera
sinfonía. Las adaptaciones literarias se quedan generalmente en oberturas,
pero aquí se alcanza un largo movimiento final, cuya visión
resulta tremendamente satisfactoria y fascinante. La audiencia
se ve literalmente sobrecogida por el aliento oscuro que hace
estremecer a Frodo en el valle de Morgul. La batalla de Pelennor
se desarrolla también a tal escala que desvela todo el horror
genocida de este conflicto. Es verdaderamente una "guerra
para acabar con todas las guerras". Es cierto que hay detalles
como los elefantinos mumakil un tanto exagerados, y
el tratamiento que se da por ejemplo a los barcos negros
no es tampoco el más apropiado, pero hay otros como el
enfrentamiento de Eowyn al rey brujo de Angmar, que son realmente
excepcionales. Creo además que la película deja claro que
esta historia no trata de ciudades, jinetes oscuros o inmensos
ejércitos. Para Jackson los protagonistas son los hobbits.
Es chocante por eso cómo Frodo empieza a dudar de Sam
a causa del poder del Anillo, hasta llegar al emocionante
momento en que se dan cuenta que ya no hay vuelta posible.
La tristeza de esta ocasión, así como la dolorosa separación
entre Merry y Pippin, transmiten realmente la impresión de
que nadie sabe cómo va a acabar esta historia. El sacrificio que implica la destrucción del Anillo va acompañado
de ese sentido de angustia que percibimos en el Evangelio
a medida que Cristo se va a acercando a la cruz. La sensación
de desolación en torno al Monte del Destino le hace
a uno sentirse verdaderamente rodeado de tinieblas. Tanto
Frodo como Portador del Anillo, a quien el Concilio
Blanco confía la misión de su destrucción, como el hombre
Trancos, al principio sólo un extranjero misterioso que guía
y acompaña a los hobbits, pero que luego se levanta
como un verdadero héroe ganando el trono de la Tierra Media,
así como el mago Gandalf son en cierta forma figuras crísticas.
Todos ellos ofrecen su vida por otros, pasando a través
de la oscuridad en una especie de muerte y resurrección. Gandalf
contra el Balrog demoníaco sobre el angosto puente
de Moría, Trancos a través de los Senderos de los Muertos
y Frodo a través de la impenetrable oscuridad de Ella
Laraña bajo Minas Morgul, sumido en una inconsciencia que
Sam no puede distinguir de la muerte. El mensaje de esta obra es que tal y como Jesús nos enseñó,
el futuro pertenece a los humildes. El Señor de los Anillos
nos muestra así como "los últimos serán los primeros",
empezando por Sam, el más humilde de todos, un siervo sin
pretensiones ni ambiciones, que por amor a Frodo deja la Comarca,
haciendo un sacrificio por el que el mal ha de ser enfrentado
y vencido. Gollum representa sin embargo la debilidad y maldad
que acechan el alma de cualquiera que esté dominado por el
poder del Anillo, símbolo de orgullo y de poder. Representa
todo lo que nos arrastra al reino del Señor Oscuro. Forma
los cimientos de nuestra Torre Oscura, por lo que debiéramos
buscar renunciar a ese Anillo, pero es algo que nos resulta
imposible sin ayuda. Ya que en cierto modo no es Frodo quien
salva la Tierra Media, y mucho menos Gollum, que le arranca
el Anillo de un mordisco, y al hacerlo se precipita en el
Fuego. Tampoco Sam, aunque haya aprendido la compasión de
Frodo. El desenlace es al final un triunfo de la Providencia
sobre el Destino. La caída del hombre ha abierto un abismo, pero Tolkien ve
en la revelación cristiana el encuentro de la Leyenda con
la Historia, presentando a Cristo como el puente que trae
la restauración anhelada. El Evangelio en ese sentido es mucho
más que un mito, porque Dios no viene para participar en una
contienda mitológica, sino para penetrar en su encarnación
como hombre en el corazón mismo de la lucha humana. El abismo
es aterradoramente real, todo lo consume y llena de oscuridad.
En él se pierde cada esperanza y expectativa. En su centro
reina la noche que hiela el alma. Nos arrebata todo consuelo,
ya que todo lo engulle y aniquila. Pero erguida en el centro
del vacío se yergue la cruz de la contradicción. Se levanta
como la promesa de una flagrante negación de la vacuidad en
la que yace empantanada. La fantasía de Tolkien nos trae así
"un lejano destello, un eco del evangelium en el mundo
real". La película comunica en ese sentido la idea de Tolkien de
que el arte ha de "encender otra vez la vieja llama" que ilumine
la oscuridad de este mundo. El retorno del Rey trae
la locura de una esperanza que triunfa sobre la desesperación.
"Los barcos han venido para llevarte a casa", canta Annie
Lennox sobre los títulos de crédito. ¿Cómo nos sentiremos
cuando nos llegué ese día?. Jackson decía hace poco en una
entrevista que él vería nuestra historia más bien como la
de un "largo fracaso", pero Tolkien concebía la vida después
de la muerte en un "lugar llamado cielo, donde el bien que
ha quedado incompleto en esta vida sea hecho completo". Y
lo cierto es "el viaje no termina aquí", como dice Gandalf.
La muerte es "sólo otro camino, que todos debemos tomar",
y "cuando se cierre la cortina gris de lluvia de este mundo,
y se vuelva como cristal plateado, entonces lo veremos". Estaremos
ante esas "costas blancas; y más allá un lejano país verde,
bajo un rápido amanecer".
José de Segovia Barrón
es periodista, teólogo y pastor en Madrid.
© J. de Segova, 2004 |