| Globalizando la esperanza
Aunque la globalización afecta a todas las esferas de la vida: científica, política, tecnológica, cultural... y otras, a lo que más afecta es al ámbito de la economía. Por tanto, el tan usado concepto de aldea global podría dar lugar a un nuevo concepto que bien podría ser el de mercado global, en donde los gobiernos de cada país se ven cada vez más impotentes para ir marcando sus políticas económicas y cada vez se van viendo más condicionados, más dependientes o más subordinados al ritmo de los mercados internacionales, del mercado global. Y a la vez que los gobiernos van perdiendo el control sobre sus políticas económicas gubernamentales, igualmente los ciudadanos de cada país van perdiendo los hilos del control de las decisiones políticas y económicas que afectan a su presente y a su futuro. No son los ciudadanos, sino los mercados los que ejercen el poder total sin previa consulta a la voluntad popular. Lo económico se convierte en el dios ante el que todo ciudadano se convierte en súbdito humillado: “Madre, yo al oro me humillo”, decía Quevedo. Pero muchos ciudadanos, más que humillación sienten impotencia y se dejan arrastrar por las consecuencias negativas y destructivas de la globalización. ¿Podrían los cristianos buscar el reverso de esta globalización económica?.
Si el mercado global afecta negativamente al NORTE rico con paro estructural, precariedad en el empleo, marginación, exclusión social que incrementa el fuerte contraste entre los ricos y los pobres, dejando al descubierto una desigualdad social enorme, en el SUR empobrecido tiene efectos exterminadores: continentes empobrecidos, carencias flagrantes en el terreno de la educación, la salud, los alimentos y el agua potable, la infravivienda... con el agravante de las políticas de ajuste que necesita el pago de la deuda externa... el no-ser desesperanzado de los despojados del mundo. Es la consecuencia de un mercado global en donde se da el crecimiento económico, pero que no revierte en la promoción social de los hombres. Incluso se puede decir que en el NORTE rico se está dando marcha atrás en las consecuciones del llamado Estado de Bienestar Social.
¿Puede o debe ser el cristianismo crítico con estas tendencias? ¿Está globalizado o se puede globalizar el cristianismo? ¿Existe la posibilidad de la búsqueda de otra globalización desde el ángulo inverso del mercado global? Si el mercado global mira desde arriba, desde los enriquecidos y favorece a los que están en la cúspide de la acumulación desmedida de bienes, ¿se podría iniciar la globalización desde abajo? ¿Qué significaría esa globalización desde abajo, ese reverso globalizante?
La globalización que Jesús quiso hacer, partía desde abajo, desde el no-ser de la marginación, de los proscritos, de los desclasados, de los enfermos y marginados. Ni siquiera Jesús evangeliza desde los fuertes o desde las clases dominantes. Lanza sus mensajes de solidaridad con el prójimo, desde los focos de pobreza y desde los lugares de conflicto... desde abajo. Tiende a integrar y a dignificar a aquellos que se sienten excluidos, a los sobrantes de la humanidad... y eso es totalmente actual en el momento de mercado global que estamos viviendo. El cristianismo tiende a globalizar la paz, el compartir, la justicia social, la igualdad de todos los hombres, la condena global de la acumulación de bienes en las pocas manos de los poderosos de la tierra. Esa es la otra globalización. No el mercado global, sino la justicia global, la solidaridad con los excluidos de todo tipo de bien... más aún, la que globaliza el concepto de que los últimos deben ser los primeros. La globalización de la casa común, un espacio social lleno de esperanza y de utopía: es posible un mundo diferente de justicia globalizada, en donde la projimidad sea lo primero que se globalice, empezando desde abajo, desde el amor a los más débiles y necesitados.
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| El cristianismo debe difundir la globalización de la esperanza |
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El cristianismo debe difundir la globalización de
la esperanza: vivimos en un mundo, en una aldea global en
donde todos podemos tener nuestro espacio en dignidad. El
cristianismo no puede ser fatalista y tirar la toalla. Nuestro
mensaje debe comunicar que al final del túnel de la
exclusión social y del holocausto de los pobres hay
una luz, que el cristianismo, si se vive en compromiso y de
forma consecuente, puede cambiar el mundo. Que el proceso
de globalización que margina, excluye y empobrece,
basado en un crecimiento económico que sólo
beneficia a los más fuertes, puede ser cambiado, revertido,
trastornado y desmantelado. Tenemos a nuestro lado al fuerte
y al potente, al rey de reyes y señor de señores,
a Jesús de Nazaret que anduvo por el mundo haciendo
bienes. ¿Cómo no va a ser posible cambiar el
curso de la historia de la actual globalización para
globalizar la justicia, la paz y la projimidad que, en última
instancia es hermandad, sororidad, comunidad familiar. El
cristianismo es una alternativa a la actual globalización
que prioriza al hombre mismo, no a la economía. “¿No
vale más un hombre que una oveja?”, dijo Jesús.
Nosotros podríamos decir: ¿No vale más
un solo hombre en el mundo que una globalización que
endiosa a los mercados internacionales haciendo del poder
económico el altar donde sacrifica a más de
media humanidad? ¿No vale más un hombre que
la mayor multinacional? Este convencimiento es el único
que podría desdivinizar al mercado global, al capital,
y llevar la esperanza al mundo.
Juan
Simarro Fernández, licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana
de Madrid.
© J. Simarro, 2004, Madrid, España.
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