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Número 19 - 23 de enero, 2004
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dLirios y troyanos
LUIS MARIÁN

El regreso del hijo pródigo

Podríamos organizar una peregrinación a San Petersburgo aunque sólo fuese para contemplar la evangélica escena de “El regreso del hijo prodigo” a la que Rembrandt dio vida en todos los sentidos. Gracias a esta pintura, el Museo Ermitag posee esa luz especial propia de lo auténtico y que empapa la galería rusa de un ambiente cálido y de espiritualidad tangible.

En esta sublime epístola de colores lo primero en lo que el observador se fija es en que las manos del padre se diferencian la una de la otra. La mano izquierda es fuerte y reconforta con cierta firmeza el hombro y parte de la espalda del hijo, y a pesar de su robustez, la mano se extiende transmitiendo un sinuoso y complaciente perdón incondicional. La derecha es distinta, es mano de mujer; elegante, tierna y anhelante de acariciar, escuchar, comprender y por supuesto reconfortar. Ahí está Dios, padre y madre, ternura y poder, femenino y masculino… sin sexo, absorbiendo las virtudes de los progenitores soñados.

En la obra se ilumina el rostro de un padre que nunca ha dejado de esperar. El hijo se pega con fuerza a su vientre, acaba de nacer otra vez y por eso Rembrandt le atribuye la cara de un feto casi ciego, herido, deseoso de vida y asqueado de vacío.

A la derecha del cuadro se encuentra el hermano contemplando la escena. Sus ropajes bien puestos resaltan una mirada llena de juicio. Es religioso de toda la vida, es altivo y bien podría representar a aquellos que depositan su identidad en ser “protestantes”, “católicos” o simplemente en pertenecer a una denominación respetable. Son quienes se olvidan de que “quien quiera ganar una identidad en este mundo, la perderá; y que todo el que reniegue de desear una identidad a causa de Jesús, la obtendrá de verdad”.

Este hombre destila todo aquello a lo que Cristo se enfrentó: hipocresía, religiosidad supeditada a las formas, legalismo, intransigencia… Es aquel que no puede tolerar los pecados que son diferentes a los suyos, aquel que puede cantar el domingo que todas las razas son iguales sin poder disimular que algo feo se le enciende en su interior cuando ve que los últimos visitantes de su iglesia son inmigrantes de clase social baja. El religioso también se enarbola como defensor de la humanidad en las tertulias de salón y se hace el olvidadizo con el moribundo de su calle, como si evitase que la mirada de ese corazón sufriente se pudiese tornar en burla diabólica ante quien dice ser cristiano.

Cuando veo mi cara en el hijo altivo me asusto y surge un violento deseo de volver de inmediato al regazo del padre. No siempre es fácil, pues en ocasiones hay otros miedos que superan al anterior, y son temores como el terror a despojarse de ropajes en pleno invierno, a desnudarse en lugares donde la incredulidad puede asomarse sobornante si nos fijamos en la fragilidad del feto del cuadro. Pero la única realidad es que sólo en la casa del padre tenemos a alguien a quien dirigirnos cuando nos sentimos agradecidos o cansados. Fuera yace un frío demasiado viciado para cualquier corazón necesitado de resurrección. Anhelamos calor de Dios, suspiramos por un hogar cuando nos convencemos de que nunca hemos tenido uno, y es al mirar al padre cuando entendemos que sólo él nos haces sentir únicos. Ahora nuestro espíritu se desentumece gracias al aliento de quien no se cansa de esperar, el ánima se hace libre y ya no pesa… es el calor de padre y madre, es la vida, es todo.

“Gracia es un nombre de chica, pero también algo que transformó el mundo, y cuando ella anda por la calle puedes oír las cuerdas, ella tiene tiempo para andar, lleva el mundo en sus caderas, aunque no fluye champán de sus labios, lleva una perla en perfecto estado. Lo que una vez fue herido, lo que una vez fue ficción, lo que dejó una marca… Ya no más, porque la Gracia saca belleza de lo más horrible” Grace, de U2.

Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con no creyentes.

 
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