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Origen doméstico de la violencia (II)
La violencia doméstica está dirigida generalmente hacia los miembros más vulnerables de la familia, como son las mujeres y los niños (ver artículo anterior), si bien también hay casos de hombres víctimas de sus mujeres y de padres víctimas de sus hijos.
La violencia hacia la mujer con la que el hombre mantiene un intenso vínculo de afecto (noviazgo, matrimonio estable, matrimonio en proceso de separación y divorcio, pareja de hecho) se denomina violencia de género y se atribuye popularmente a diversas alteraciones tales como alcoholismo (“la pega cuando llega bebido a casa”) o trastornos de personalidad relacionados con el déficit en el control de los impulsos y la agresividad (“la pega porque es violento y no sabe controlarse”).
No obstante, y si bien es cierto que la casuística puede ser variada, la violencia de género no es en sí misma un trastorno mental o de personalidad como comúnmente se cree. La violencia de género es en esencia un problema ideológico de desequilibrio de poder, por el que el hombre maltratador se cree superior a la mujer y debe demostrar esa superioridad humillando y degradando a su pareja, de forma física, mental y/o sexualmente . En efecto, el maltratador sabe lo que hace con una capacidad moral intacta para distinguir el bien del mal. No obstante, no siente honestamente lo que hace, con un nivel de empatía bajo mínimos, de ponerse en el lugar del sufrimiento del otro (si bien puede mostrar ocasionalmente una apariencia de arrepentimiento para así perpetuar el desequilibrio de poder).
Por esta creencia en la propia superioridad, el objetivo fundamental de la violencia de género sería el socavar la voluntad de la mujer, obligándola de forma sistemática y persistente a hacer cosas en contra de sus deseos. Tenerla bajo control, vencer su resistencia moral a decir no ante propuestas poco razonables, logrando al fin su sumisión y la dependencia psicológica. La violencia sería por tanto un recurso de dominación directa y ejemplar.
Estamos ante un problema insidioso de difícil detección al comienzo, ya que en muchas ocasiones se enmascara tras una apariencia de trato amoroso. Aquí aparecen las conductas restrictivas, controladoras, de dependencia y aislamiento del entorno. Ejemplo de ello son los celos enfermizos. Así mismo, la violencia de género es un problema difícil de abordar, ya que el maltratador sigue una conducta por fases en lo que se ha llamado el ciclo de la violencia doméstica: tensión, agresión, conciliación y arrepentimiento o “luna de miel”. Continuará.
Referencias bibliográficas: “La atención sociosanitaria ante la violencia contra las mujeres”. Instituto de la Mujer. Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Madrid, 2001.
Francisco Gómez Moreno es
licenciado en psicología y profesor de consejería del Centro de Estudios Teológicos CET-CARISMA .
© Francisco Gómez Moreno, ProtestanteDigital.com, 2004. |
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