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Número 19 - 25 de enero, 2004
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MARIO ESCOBAR

Cisneros y la Reforma (I)

Francisco Jiménez de Cisneros es a la historia de España lo mismo que Richelieu a la de Francia, en cambio no son tan abundantes las biografías y monografías sobre el cardenal español, como los estudios franceses sobre el intrigante francés. Cisneros murió el 8 de noviembre de 1517 el 31 de octubre de ese mismo año Martín Lutero clavaba sus 95 tesis en las puertas de la catedral de Wittenberg, No sabemos que hubiera opinado el cardenal de las propuestas y quejas del agustino alemán, pero si estudiamos comparativamente a los dos personajes encontraremos significativas coincidencias y diferencias.

Francisco Jiménez de Cisneros se ordenó sacerdote a petición de sus padres. Iniciado en los latines por su tío Álvaro Sacerdote en Roa, continuó sus estudios en Alcalá para luego pasar a Salamanca e ingresar en la Universidad. En dicha ciudad se hizo bachiller in utroque jure (leyes). Después viajo a Roma donde se ordenó sacerdote, terminó sus estudios de teología y trabajo como abogado en la corte del papa Calixto III. Tras su regreso a España reclamó el arciprestazgo de Uceda, pero ante la negativa del Arzobispo Carillo de darle dichos beneficios otorgados por el Papa, fue encarcelado durante varios años. Después de este tiempo se le reconocieron sus derechos, el Arzobispo Alonso le nombró vicario y alcalde de Sigüenza. Tras la muerte de su madre, Cisneros lo abandona todo y se convierte en fraile franciscano.

Martín Lutero se convirtió en agustino a pesar de la oposición de sus padres, abandonando sus estudios de derecho, completó sus estudios de teología y filosofía en Erfurt, después de su ordenación se convirtió en profesor de ética aristotélica en Wittenberg. Allí completó sus estudios de con el Bachiller Bíblico. Martín viajo también a Roma, aunque por razones diferentes, resolver una querella dentro de su orden entre. Completó sus estudios con un doctorado en teología. Aunque su deseo era vivir en santidad, alejado de la gente, luchando en su interior con las dudas y miedos que le producían el Juicio de Dios.

Habíamos dejado a Cisneros en su pobre monasterio de El Castañar, buscando en el silencio y el recogimiento a Dios, pero de allí le sacó el arzobispo Alonso, que dejaba su puesto de confesor de la reina Isabel Católica para dedicarse a la conversión de los moriscos en Granada. Cisneros no quiso aceptar convertirse en confesor de la reina, pero ante la insistencia de su superior y las presiones del arzobispo, cedió, aunque con algunas condiciones. En primer lugar mantendría sus votos y permanecería lejos de la corte, en segundo lugar no aconsejaría a la reina en temas que no fueran estrictamente espirituales y en tercer lugar, no cobraría nada a cambio. La reina accedió y Cisneros se convirtió en confesor. Al poco tiempo fue nombrado provincial de su orden y junto a un colaborador se recorrió todos los monasterios bajo su responsabilidad, animando a los monjes a adoptar una vida de piedad, pobreza y santidad. La más de las veces sufrió vejaciones, palizas o le soltaron los perros, pero Cisneros no cejaría en su empeño.

Martín Lutero por su lado, seguía dando sus clases en la universidad y buscando en la Biblia la respuesta para sus dudas y miedos. Pero algo iba a sacarlo de su letargo personal, la predicación de las indulgencias en los territorios cercanos por el dominico Juan Tetzel, enviado por el arzobispo Alberto de Brandeburgo, le movieron a pasar a la acción. Primero las publicación de sus tesis, después la discusión de Heidelberg, el encuentro con el cardenal Cayetano, la disputa de Leipzig y sus libros, le convirtieron en el personaje más conocido de Alemania y, posiblemente de toda Europa.

Francisco Jiménez de Cisneros comenzaba su reforma eclesiástica a lomos de un pollino, recorriendo los polvorientos caminos de España, Lutero varios lustros después extendía a lomos de otra cabalgadura más veloz, la imprenta, su ansia de reforma. El primero buscaba ética y moral, el segundo una reforma moral, pero que implicaba remover dogmas establecidos durante siglos. Sus caminos se cruzaban en el axioma de que toda reforma moral implica una reforma doctrinal y que nunca se puede hacer una reforma doctrinal sino va acompañada de una profunda reforma moral.

(Continuará….)

Mario Escobar Golderos es licenciado en historia y director de las revistas “Historia para el debate” y “Kerigma".
© M.E.G., ProtestanteDigital.com, 2004

 
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