| Aborrecidos de todos por causa de su nombre (Mt 20:22)
La predicción de Jesús recogida por Mateo (10:22) no podía tener un cumplimiento más literal. Ni más amplio. Los cristianos han sido objeto de aborrecimiento y persecución en todos los tiempos, incluido el nuestro. Pero el aborrecimiento sufrido por los seguidores de Cristo hoy tiene en muchos lugares otras manifestaciones. No se les somete a violencia física, pero sí al desprecio y a una oposición tan ruda como intolerante.
La sociedad de nuestros días está dominada por el relativismo, el pluralismo, el hedonismo y la permisividad. No se reconocen ni verdades ni valores absolutos. Lo que denota ideas avanzadas es la actitud de tolerarlo todo, respetar las opiniones y los patrones de conducta que cada uno adopte en el ejercicio de una libertad casi absoluta. Algunos de estos comportamientos incluso se justifican aunque no se asuman personalmente.
Oponerse a esta mentalidad aduciendo razones religiosas es -se dice- señal inequívoca de oscurantismo, lo que provoca un alud de calificativos peyorativos. Quienes se sitúan en esa posición son retrógrados, fundamentalistas, reaccionarios, carcas, talibanes, poco más que subnormales, víctimas de una mente enfermiza. En este grupo son colocados frecuentemente los creyentes que reconocen a Cristo como Verdad absoluta y su Palabra como revelación de Dios, normativa, con plena autoridad para determinar el comportamiento ético.
Lo más grave es que esa corriente de pensamiento, a modo de quinta columna, se ha introducido en la Iglesia cristiana. En no pocos lugares ésta ha adoptado las «formas» de este mundo, contrariamente a la recomendación apostólica (Ro. 12:2). No es de extrañar que en vez de ver una Iglesia renovada se vea a menudo una Iglesia envejecida y arrugada.
La claudicación de muchos cristianos ante las presiones ideológicas de la sociedad, avasalladoramente aumentadas por los medios de comunicación, ¿no será debida a un instinto que nos lleva a huir del reproche y la humillación?
No es fácil soportar el vituperio por causa de Cristo. No lo ha sido nunca. Pero la capacidad de aguante muestra la calidad de nuestra fe.
Tenía razón Lutero cuando presentaba el Evangelio en la perspectiva de una theologia crucis, teología de la cruz, en contraste con la theologia gloriae, teología de la gloria, tan acariciada por quienes tienen una visión triunfalista de la Iglesia. En su día Moisés renunció a la gloria de la corte faraónica y escogió «ser maltratado con el pueblo de Dios» prefiriendo el sufrimiento al honor y el placer que su encumbrada posición en Egipto le proporcionaba (He. 11:24-27).
El señor Jesucristo no dejó lugar a dudas. No sólo dijo: «Seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre». Añadió sentenciosamente: «El que no toma su cruz y sigue en pos de mí no es digno de mí.» (Mt. 10:38).
José Mª Martínez, es Presidente Honorario de la Alianza Evangélica Española (AEE) .
© J.M. Mnez, Revista Idea, AEE, Editorial septiembre-diciembre 2003,
(resumen y adaptación de ProtestanteDigital.com, España). |