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Número 20 - 1 de febrero, 2004
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SERGIO DE LIS

El paisaje en el alma (Borges)

Sorpresa y admiración me causó descubrir al Borges poeta. Pero de él tenía el mal recuerdo de “El libro de arena” y de otras narraciones fantásticas en prosa que, quizá por geniales, no había entendido muy bien. Pero, el ciego prodigioso también escribía con el corazón. Este primer, sencillísimo poema, que leí, me lo demostró:

Un patio.
Con la tarde
se cansaron los dos o tres colores del patio.
La gran franqueza de la luna llena
ya no entusiasma su habitual firmamento.
Patio, cielo encauzado.
El patio es el declive
por el cual se derrama el cielo en la casa.
Serena,
la eternidad espera en la encrucijada de estrellas.
Lindo es vivir en la amistad oscura
de un zaguán, de una parra y de un aljibe.

Seguramente, versos tan impregnados de visualidad sensual fueron escritos antes de su ceguera. Ésta le sobrevino hacia los 57 años -posiblemente, en su mejor momento creativo, aunque ya tuviera abundante y reconocida obra-, y se dice que, ante tamaño obstáculo, retornó a la poesía para poder seguir dando salida a su portentosa imaginación.

Antes, no tenía, precisamente, una visión o convicción del mundo y su creador demasiado convencional, y en absoluto cristiana; no sólo niega la realidad que conforman espacio, tiempo e identidad personal, sino que confía en un eterno retorno -como Nietzsche-, y como los gnósticos, no cree en un Dios creador sino en demonios inferiores como tales.

Parece demostrado que nuestro personaje no necesitaba demasiado la percepción visual del mundo, la tenía interiorizada pero, lo que es probable es que ese paisaje se viera decisivamente alterado por semejante invalidez. No se comprendería, si no, que nombrara a un Dios en el que no ha creído nunca (aparentemente):

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

Este comienzo de ”Poema de los dones” sugiere un espíritu menos soberbio y más convencido de nuestra limitación y de una relación indestructible -por el hombre- con Dios.

Ése y el que sigue son espléndidos, pero entristece la impresión que dejan de claudicación del poeta ante lo irreversible de la realidad...

Límites
De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido
a quien prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa,
y última vez y nunca más y olvido,
¿quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?
Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.

Hay en el Sur más de un portón gastado
con sus jarrones de mampostería
y tunas, que a mi paso está vedado
como si fuera una litografía.
Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano;
la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifronte, Jano.

Hay, entre todas tus memorias, una
que se ha perdido irreparablemente;
no te verán bajar a aquella fuente
ni el blano sol ni la amarilla luna.
No volverá tu voz a lo que el persa
dijo en su lengua de aves y de rosas,
cuando al ocaso, ante la luz dispersa,
quieras decir inolvidables cosas.

Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino,
tan perdido estará como Cartago,
que con fuego y con sal borró el latino.
Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son lo que me ha querido y olvidado;
espacio y tiempo y Borges ya me dejan.

(Publicado en Edificación Cristiana, nº 210. RESUMIDO por el autor)


© Sergio de Lis, Edificación Cristiana, ProtestanteDigital.com, 2004.

 
mARTEs
JOSÉ DE SEGOVIA
De par en par
JUAN SIMARRO
Orbayu
MANUEL LEÓN
dLirios
Luis Marián
Letra pequeña
MANUEL LÓPEZ
La voz
CESAR VIDAL
Claves
WENCESLAO CALVO
Íntimo
YOLANDA TAMAYO
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