| Crónica de una muerte no anunciada
'Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?'
(Mateo 16:26)
La muerte del jugador húngaro de fútbol Miklos Feher cayendo fulminado el domingo 25 de enero en el campo de juego ha dado la vuelta al mundo. Es lo que tiene la televisión: su capacidad de comunicar en directo lo que acontece en un determinado lugar a todo el globo, y aunque es un medio que puede fabricar un mundo virtual, de fantasía, como en tantos anuncios publicitarios y películas para cuyo rodaje ha sido precisa la utilización de efectos especiales creados en una computadora, también es un medio capaz de transmitir la descarnada realidad de cada día, en la cual se sitúa, en el centro del escenario, la muerte misma. Es decir, con la televisión pasamos, en cuestión de segundos, del rosa chillón al negro azabache sin solución de continuidad; de la cucharada de azúcar almibarado a la ración de purgante más amargo que imaginarse pueda en una especie de esquizofrenia mediática que no puede engendrar sino esquizofrénicos televidentes que cabalgan a caballo entre nubes de glamour y abismos de espanto.
En la Edad Media la muerte adquirió en Europa rango de primer orden en el corazón y la mente de las gentes, presidiendo sus vidas y condicionando sus creencias y conductas. En una sociedad en la que la medicina apenas había avanzado desde los tiempos de Hipócrates y Galeno, azotada por guerras endémicas y epidemias, de las cuales la Peste Negra fue su máximo exponente, la muerte era el monarca reinante en cada una de las fases de la vida, no importara fuera uno infante, mozalbete, maduro o viejo, entrando lo mismo en una pobre cabaña de pastores que en un palacio episcopal o real. La literatura de aquel tiempo da buena prueba de ello, como muestra el poema castellano del siglo XV al que puso música hace ya 30 años ese gran compositor e investigador musical desconocido del gran público que es Joaquín Díaz, y que dice lo siguiente:
Yo me estaba reposando, durmiendo como solía
Soñaba con mis amores que en mis brazos los tenía.
Y entra una señora tan blanca aun más que la nieve fría
‘¿Por dónde has entrado amor, cómo has entrado mi vida?'
Las puertas están cerradas, ventanas y celosías.
‘No soy el amor amante, la Muerte que Dios te envía.'
‘¡Ay! Muerte tan rigurosa, déjame vivir un día.'
‘Un día no puedo darte, una hora tienes de vida.'
Endeprisa se levanta, más deprisa se vestía
Ya se va para la calle, en donde su amor vivía.
‘Ábreme la puerta Blanca, ábreme la puerta niña.'
‘¿Cómo te podré yo abrir si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio, mi madre no está dormida.'
‘Si no me abres esta noche ya no me abrirás de vida.
La Muerte me está buscando, junto a ti vida sería.'
‘Vete bajo la ventana donde labraba y cosía.
Te echaré cordón de seda para que subas arriba
Y si el cordón no alcanzare mis trenzas añadiría.'
La fina seda se rompe, la Muerte que allí venía.
‘¡Vamos el enamorado, la hora ya está cumplida!'
La súbita muerte de Miklos Feher traslada este poema a nuestro siglo XXI, pero con un realismo aun más crudo todavía porque en el caso del malogrado futbolista no ha habido ni anuncio previo ni hora concedida ¡Qué terrible! La muerte no ha respetado ni la fama, ni la juventud, ni el vigor, ni el dinero de este representante de ese nuevo Olimpo de dioses seculares que son los jugadores de fútbol. Ya habíamos superado, o eso pensábamos, las lacras de aquella Edad Oscura: sus supersticiones, su ignorancia, su crueldad, su atraso, su religiosidad... Pero la muerte sigue ahí, incambiable, indomesticable, impasible.
Y si bien hemos podido maquillar el aspecto espantoso que la muerte tiene cambiando la terminología (de funeraria a tanatorio), o la apariencia del cementerio (de lugar tétrico lleno de cruces a una especie de pradera amable), o el protocolo del sepelio (del velatorio del cadáver a la asepsia de la cremación), eso es todo lo que hemos podido conseguir, porque la realidad es que la muerte sigue ahí, golpeando con la misma crudeza de siempre, como en el caso de este futbolista, abatido sin que hubiera disparo por medio, derribado sin que hubiera mano agresora.
Miklos Feher se fue de esta vida nada más recibir una tarjeta de amonestación del árbitro del encuentro, sólo Dios sabe si además se ha ido de esta vida también con la otra tarjeta de expulsión, no de un campo de fútbol, sino de la presencia de Dios. Sí, la muerte nos pone en nuestro sitio, nos recuerda a los vivos que hemos de morir, nos sitúa en la perspectiva correcta, nos enseña qué es lo que de verdad tiene valor. Por eso la pregunta de Jesús, en el texto bíblico arriba citado, no ha perdido su vigencia y sigue siendo actual hoy, como ayer, como siempre. El destino eterno de Miklos Feher ya es irreversible, pero el tuyo está por decidir en tanto estás en esta vida. Invierte en lo que verdaderamente tiene valor. Ocúpate de tu alma como el gran asunto ante el cual todo lo demás palidece. Ven a Cristo en arrepentimiento y fe.
Wenceslao Calvo es conferenciante
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2004, Madrid, España.
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