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Número 20 - 30 de enero, 2004
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dLirios y troyanos
LUIS MARIÁN

Estudiantes e iglesia a examen

“Para saber hablar es preciso saber escuchar”
Plutarco

En la Universidad nos hemos metido de lleno en época de exámenes. No hace falta mirar al calendario ni a los tablones de anuncios porque el ambiente es más que expresivo. Las bibliotecas se abarrotan, y multitudes ingentes de folios esparcidos en las mesas dan cuenta de por qué el Amazonas mengua tan rápido. Los andares de la gente parecen acelerarse a causa del frío y de la tensión que produce el meterse libros en la cabeza. Las titulaciones están en juego y ahora el esfuerzo debe ser canalizado hacia las posibles preguntas que hará el profesor, pues el día de mañana del que nos hablaban los padres ya ha llegado.

Algunos de los estudiantes saben que lo tendrán poco menos que imposible para ejercer la profesión que están preparando, pero el factor de prestigio social y la titulitis también juega sus cartas psicológicas a favor del esfuerzo. En un mundo marcado por la búsqueda de sentido –nada nuevo bajo el sol- la adopción de una seudoidentidad aportada por una titulación universitaria sirve de consuelo, y si no, basta mirar el periódico para comprobar que detrás de no pocos lloros y alegrías subyace ese anhelo de determinar quien es uno. El actor Santiago Segura afirmaba en una entrevista que : “Cuando miro al espejo veo a un señor que me acompaña siempre y al que casi no conozco” . Pues eso pasa, y las charlas que se tornan entre los alumnos que van de un edificio a otro dan cuenta de esa necesidad de afirmación.

El caminar por ese hábitat te permite percibir un suceso paranormal en términos comunicativos: Muchas de las conversaciones que se escuchan no son tales, sino que se tratan de intercambios de monólogos, pues cuando uno termina de contarle al otro los puntos del temario que más se le atragantan, el compañero de caminata le responde con sus temores provenientes del derecho mercantil. Nadie expone sus verdaderos miedos ni sus angustias vitales, porque nadie quiere ser herido ni tampoco distraerse de la gran cita de las aulas. Hablar de la juerga del fin de semana o de los taconazos de Zidane pueden alternarse con los comentarios acerca de las materias de clase y de la vida universitaria común. Y ahora, en periodo de exámenes, como si de tests callejeros se tratasen, toca vomitarle al compañero los algoritmos y enciclopedistas que se nos atragantan, aunque sea a sabiendas de que somos escuchados por poco menos que por educación.

Las asignaturas compartidas sirven como excusa para el desfogue, que no siempre para el diálogo. No interesa conocerse de verdad, ni preocuparse con ahínco por los problemas del otro ¡Bastante tiene uno con lo suyo! Y el pacto no es verbal y no está escrito: Tú te desahogas y luego me toca a mí. Nadie quiere ser vulnerable ni escupir sus verdaderas miserias. Demasiado peligroso para una sociedad que pincha donde más duele, por lo que es mejor comentar trivialidades que sincerarse. Hablar de mis cosas, pero no de mí. Exponer mis problemas con el profesor o el coche, pero no los que de verdad me oprimen… pues charlar de lo superficial no te coloca en ningún brete, y todos lo asumimos así, con lo que el resultado es que uno puede compartir mesa y bocadillo durante tres o cinco años para luego, tras finalizar los estudios, almacenar la amistad en el baúl de los recuerdos.

Estos discursos a una banda traen al tapete el trascendental significado de la palabra redención: Refugio, remedio, salvación, pago… porque al final, lo que se evidencia en todo esto, es que en lo más profundo de los corazones, el mundo necesita ser escuchado y amado. Por esta razón me encanta ver como las reglas del juego tienen otras figuras en las cartas del Dios de la Biblia. Me siento orgullosos de que a la iglesia se le haya encomendado la labor de irrumpir con fuego en medio de la escarcha, por lo que me produce una sensación enorme el saber que estamos llamados a escuchar, a saber oír, a enseñarnos a ser vulnerables y a deshacernos del miedo a perder algo que ya no es nuestro. El Reino de Dios invierte las piezas, o mejor dicho, las pone del derecho, pues en el tablero del Gólgota sólo se gana cuando se pierde aquello que Jesús quita. Jaque Mate.

Es un privilegio enterarse de que el aliento de los hijos de Dios debe ir por ahí erradicando el pánico a la soledad, y entonando el mensaje que dice que todos venimos del mismo fango de enero. No puede haber mayor carta de presentación para el pueblo rescatado por Dios. Y ojalá llegue el día en que desde fuera se nos conozca por esto y no por lo que todavía queda por curar.

La iglesia se presenta también a los exámenes de febrero y lo hará a los de marzo, y a los de abril, y a los de mayo… pero no sé muy bien si con la lección aprendida y con los deberes hechos. Yo, por lo menos, adolezco de cierto retraso escolar, pues no siempre soy iglesia, no siempre soy el que escucha, acepta y se preocupa por lo que de verdad interesa de las personas. Como todos los estudiantes necesitamos silencio y saber discernir la enseñanza para poder aplicar la materia con maestría. Sin duda, la posibilidad abierta de absorber de Cristo es de por sí bastante motivación para estas pruebas que se nos presentan cada día. Saber que vivimos en continua alternativa al vacío exige nota por buen comportamiento, y de momento toca revisar los apuntes, porque me temo que todavía quedan por ahí asignaturas pendientes. Voy a ver…



Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con no creyentes.
 
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